No somos un pueblo de tragedias

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Brian Frojmowicz. Licenciado en Ciencia Política (UCEMA). Ha cursado estudios en Yad Vashem, el Instituto Herzog (programa Rimonim) y la Universidad Torcuato Di Tella. Se desempeña como docente en la Escuela Martín Buber, en ORT Argentina y en la Escuela Scholem Aleijem. Reside en Buenos Aires. 

No somos un pueblo de tragedias: por qué la educación judía debe cambiar

Como alguna vez dijo Hegel, famoso filósofo alemán: “El búho de Minerva solo alza vuelo al anochecer”. Su idea era que solo podíamos entender los hechos una vez que habían sucedido, es decir, a posteriori, y no elaborar conjeturas filosóficas a priori que intentaran explicar la realidad. Sin embargo, frente a acontecimientos que parecen repetirse en la historia judía, creo que somos capaces de prever conclusiones con cierto grado de veracidad.

En este caso, frente a un “revival” que muchos entendieron que se vivía en la identidad judía luego del 7 de octubre de 2023, algunos —quizás en soledad, frente a una ola que decía lo opuesto— sosteníamos que el aumento de la participación en “actividades judías” tras la masacre de Hamás era temporal y que de ninguna forma era posible anclarnos en esa idea. No lo decíamos (ni lo decimos) porque tengamos la varita mágica, sino porque es simplemente inaudito querer reducir la identidad judía a una suma de tragedias que nos darían sentido para continuar con el judaísmo. Dicho de otra forma, esa construcción identitaria siempre es reactiva, siempre en función del antisemitismo, y no logra rescatar la milenaria tradición positiva del judaísmo, que es mucho más que dolor y sufrimiento. En ese sentido argumentábamos en una edición pasada de Milta[1].

El gran historiador judío Salo Baron ya sostenía en 1963: “Durante toda mi vida he estado luchando contra la hasta ahora dominante ‘concepción lacrimosa de la historia judía’ —un término que he estado utilizando durante más de cuarenta años— porque he sentido que, al sobredimensionar exclusivamente los sufrimientos judíos, distorsionaba el panorama total de la evolución histórica del pueblo judío y, al mismo tiempo, servía mal a una generación que se había vuelto impaciente con la ‘pesadilla’ de una persecución interminable”.[2]

Como siempre sostengo, si creemos que nuestra generación —y la de sus hijos (y los hijos de estos)— va a ser más judía por los sucesos del 7/10/2023, entonces nuestros jóvenes deberían tener una identidad más fuerte (siguiendo el criterio de las tragedias) por masacres como las de los cosacos en Ucrania, que dejaron muchos más muertos que las de Hamás. Podrán contraargumentar que hoy contamos con mucha más información y material audiovisual. Sin embargo, sobre la Shoá (o sobre la AMIA) tenemos suficiente material y testimonios para generar atracción emocional, y créanme que eso está lejos de ser un freno a la asimilación. En un par de siglos, la masacre del 7 de octubre será para los estudiantes judíos lo que para nosotros representan las de Bogdán Jmelnitsky: una de tantas tragedias en la historia judía.

El problema radica en que no estamos planteando, seriamente, una educación superadora del 7 de octubre, que no es otra cosa que volver a las raíces de nuestras mekorot y de nuestra identidad.

Tenemos numerosas fuentes judías que nos enseñan cómo trascender las experiencias negativas y potenciar un camino de vida, un derej jaim que constituya el núcleo del pueblo judío. En Bereshit 32:29, tras enfrentarse al ángel, Hashem le modifica el nombre a Iaacov: “Dijo: no más Iaacov será llamado tu nombre, sino Israel, pues has contendido ante Elohim y con los hombres y has prevalecido”.[3]

Según muchos comentaristas, entre ellos el rabino Sacks[4], la transformación de Iaacov no fue meramente nominal, sino esencial. De ser una persona subordinada a su hermano desde el nacimiento, llegando incluso a huir por temor, se transforma en alguien que logra afirmarse por sí mismo. De aquí aprendemos que no podemos elegir algo externo —en este caso el antisemitismo— para forjar nuestra vinculación con las tradiciones judías.

En el libro de Vaikrá, capítulo 18, versículo 5, leemos: “Observaréis Mis leyes y Mis mandamientos, los cuales habrá de cumplir la persona, para que viva con ellos”.[5] De aquí vemos que la práctica de la tradición implica una práctica de vida, no una referencia a la muerte. No se nos dice que cumplamos mitzvot para vengarnos de Amalec, primer pueblo que atacó a Am Israel en el desierto. Es cierto que existen preceptos específicos sobre Amalec, pero de ninguna forma constituyen la esencia de nuestra vida como judíos. Sobre este versículo, el Talmud, en Yomá 85b, afirma: “Y vivirá por ellos — y no que muera por ellos”[6].

Estos ejemplos son solo algunos de tantos que podemos hallar en nuestros textos fundacionales. Entonces debemos preguntarnos: ¿por qué enseñar sobre las masacres de Hamás tiene que tener prioridad sobre cuestiones como las lecciones de las mitzvot de Purim o Pésaj? ¿Por qué no podemos hacer un acto de Iom HaShoá sin referirnos a la catástrofe que vivimos en 2023? O, peor aún, ¿por qué nos duele que nuestros estudiantes sean poco sionistas, pero no nos remueve —al mismo nivel— que no sepan los pasos del Séder o por qué a Mordejai se lo llama “iehudí” y no “ivri”? (Como Ioná, que responde en el barco que él era hebreo). 

Hace pocos días tuve clases introductorias de Historia Judía con dos cursos de primer año. Sus últimos años de primaria estuvieron atravesados por los hechos en Medinat Israel, y noté que su marco de referencia identitario estaba mayormente definido por ello. Incluso, al preguntarles por hechos de la historia judía, mencionaron en un 70% eventos negativos. Me preocupa —y me ocupa— que nuestros jóvenes vean su judaísmo de esa forma trágica: es una estafa identitaria porque reduce a una mínima parte lo que realmente somos. Tomen cualquier mitzvá, y sea que la quieran enfocar desde una visión más observante o desde una postura más laica, encontrarán elementos de vida que hacen al judaísmo algo mucho más sólido que forjar “judíos de catástrofes”. 

¿Cumplimos exitosamente nuestra tarea como educadores si los jóvenes judíos conocen las causas del 7 de octubre pero no saben cuáles son los cinco libros de la Torá? Según mi experiencia, un niño judío conoce más de los últimos tres años que de los últimos tres mil. Es habitual que los jóvenes judíos, por lo menos en la Argentina, realicen la ceremonia de Bar Mitzvá y luego nunca vuelvan a pisar una sinagoga. O que valoren más la fiesta que sucede a la ceremonia religiosa, que los valores que han adquirido para sí en la experiencia del Bar/Bat mitzvá. Asimismo, no son pocos los jóvenes judíos que se identifican más con la “comida judía” que con la identidad. Pequeños ejemplos que grafican la imposibilidad de garantizar continuidad sin raíces sólidas. 

Algunos pueden sostener que debemos priorizar el camino de la actualidad porque a los jóvenes les resulta más interesante y relevante —y cuánto sabemos los morim lo difícil que es captar día a día la atención de los talmidim—. No niego dicho punto, y es cierto que a mí también me resulta más sencillo enseñar sobre el conflicto árabe-israelí que sobre el reinado de Israel. Sin embargo, sea que esté enseñando sobre los reyes de Israel o sobre los orígenes del sionismo, nunca dejo de tener en mi ser y en mis palabras la convicción de que yo educo jóvenes que quieran el día de mañana llegar a la jupá, formar familias judías y que la imagen que se tienen que llevar de la Historia Judía no es lacrimosa sino vital, resiliente y constructiva.

¿Por qué no retomar el camino que nos trazó Shlomo Artzi?[7] 

De repente un hombre se levanta por la mañana, siente que él es un pueblo y comienza a caminar. Y ve que la primavera ha regresado de nuevo y el árbol volvió a reverdecer…”

Am Israel es ese hombre que se levanta y reconoce una conciencia milenaria que da sentido a su presente. A pesar de las tragedias, la primavera regresa y el árbol vuelve a reverdecer.

Es menester que propongamos una educación que supere el 7 de octubre. De lo contrario, repetiremos errores que afectan la continuidad del pueblo judío y debilitan nuestra esencia como morim: ser constructores de identidad y transmisión.

  1. https://revistamilta.org/por-que-seguir-siendo-judios-el-pensamiento-del-rav-jonathan-sacks-un-faro-para-nuestros-dias/
  2. Baron, S. W. (1963). Newer emphases in Jewish history. Jewish Social Studies, 25(4), 235–248. https://www.jstor.org/stable/4466044 
  3.  Bereshit 32:29

  4. https://rabbisacks.org/covenant-conversation/vayishlach/no-longer-shall-you-be-called-jacob/
  5.  Vaikrá 18:5

  6.  Yomá 85b

  7.  Si bien Artzi fue el cantante, la letra pertenece a Amir Guilboa. 

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