¿Todo tiempo pasado fue mejor?

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Ethel Barylka. Directora y fundadora de la Revista Milta. Profesional en el área de la educación judía. Profesora en el Centro Melton de Educación Judía de la Universidad Hebrea de Jerusalén y del Centro Académico Herzog. Fue coordinadora y directora de diversos proyectos educativos en el ámbito judío latinoamericano. Creadora y directora del proyecto «Mujer y Judaísmo» – www.mujeryjudaismo.com. Es autora de: Judaísmo en Femenino (2018), Apuntes sobre la identidad judía postmoderna (2002) y El desafío de la Realización – Historia del Hanoar Hatzioni (1989). 

Hay una pregunta que vuelve una y otra vez en los pasillos, en las reuniones de equipo y en las conversaciones informales entre educadores: “¿Por qué antes funcionaba y ahora no?” Esa cuestión revela mucho más que una preocupación pedagógica. Es el síntoma de una tensión profunda entre nuestra memoria y nuestra capacidad de leer el presente. No preguntamos realmente por el pasado; preguntamos por nuestra dificultad para comprender un mundo que ya no responde a las categorías con las que aprendimos a interpretarlo.

Y, sin darnos siquiera cuenta, volvemos a eso de que “todo tiempo pasado fue mejor”. 

He llamado así a este artículo porque quisiera proponer, de una vez por todas, que nos liberemos de la nostalgia del pasado. Las cosas no solo no vuelven para atrás, sino que no necesariamente fueron mejores. Si todo fue mejor, ¿cómo es que estamos como estamos? 

Tenemos que reconocer la tendencia que tenemos los seres humanos a valorar y recordar los acontecimientos pasados de una manera favorable, feliz e idílica. Esto provoca que aumente nuestra nostalgia cuando recordamos estos hechos. Este sesgo de retrospección idílica es uno de los muchos sesgos cognitivos que tenemos y que nos impiden mirar la realidad. 

Daniel Kahneman lo describe como la tiranía del ‘yo que recuerda’[1]: “El yo que recuerda es un narrador de historias. Y eso se inicia realmente como una respuesta inmediata a nuestros recuerdos, se inicia automáticamente. No sólo contamos historias, cuando nos disponemos a contar historias. Nuestra memoria nos cuenta historias, es decir, lo que nos queda para recordar de nuestras experiencias es una historia”.[2]

Podríamos decir que el ‘yo que recuerda’ recoge las experiencias y las organiza en una narrativa coherente, pero a menudo lo hace a costa de la precisión. Nuestra memoria no es una cámara que registra lo que pasó, sino una editora que decide qué fragmentos conservar para que el pasado parezca tener un sentido que, en el momento, no tenía.

“A diferencia del yo que experimenta, el yo que recuerda es relativamente estable y permanente. Es un hecho básico de la condición humana que los recuerdos son lo que podemos conservar de nuestra experiencia, y la única perspectiva que podemos adoptar al pensar en nuestras vidas es, por lo tanto, la del yo que recuerda.”[3] 

Pero más aún, “el yo que recuerda hace más que recordar y contar historias. En realidad, es el que toma las decisiones. En realidad, no elegimos entre experiencias. Elegimos entre los recuerdos de experiencias”.[4]

Es una especie de filtro que colorea las cosas: «antes teníamos un excelente nivel de hebreo»; «antes los papás…»; «antes los maestros…«. No niego que tal vez en parte sea cierto, pero, ¿de qué nos sirve?

Por otro lado, el «antes» del que yo hablo son los años 70; pero el «antes» de algunos de ustedes es tal vez el 2000, cuando desde mi perspectiva ya estábamos mal. 

Nos aferramos a esos hitos porque nos cuesta aceptar que lo que estamos viviendo no es una crisis pasajera, sino un cambio de civilización. Estamos en una metamorfosis estructural donde se han quebrado tres pilares fundamentales:
  1. Se quebró la autoridad: El viejo contrato donde la escuela era el centro soberano de la educación ha muerto. Por eso nos sentimos victimizados; nos cuesta aceptar que hoy la autoridad es horizontal y que, sin el hogar, la escuela es solo un edificio.
  2. Se quebró la realidad sólida: La realidad sólida ha dado paso a lo que Bauman define como modernidad líquida. Nuestros alumnos se mueven en un entorno donde las identidades y los vínculos se transforman constantemente, haciendo que nuestras viejas categorías de ‘pertenencia’ resulten insuficientes para su realidad fragmentada. La tecnología y la digitalización han fragmentado la atención y la identidad de nuestros alumnos. Viven en la fluidez de un mundo que ya no valida lo binario ni lo estático[5].
  3. Se quebró el sentido: Las respuestas que dábamos hace veinte años ya no alimentan las mentes de hoy. El cambio de civilización nos ha dejado con lenguajes viejos para problemas nuevos.
El poeta español Jorge Manrique popularizó la frase en sus Coplas a la muerte de su padre cuando dice:  «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando; cuán presto se va el placer; cómo después de acordado da dolor; cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor — Jorge Manrique, 1477 Sin duda inspirado en Kohelet 7:10 אַל תֹּאמַר מֶה הָיָה שֶׁהַיָּמִים הָרִאשֹׁנִים הָיוּ טוֹבִים מֵאֵלֶּה כִּי לֹא מֵחָכְמָה שָׁאַלְתָּ עַל זֶה. Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría. Pero no solo tenemos nostalgia e idealizamos el pasado, sino que tenemos Memoria Selectiva y solemos recordar más lo positivo que lo negativo, como ya lo vemos en Bamidbar 11:5 y en el comentario de Rashí:   זָכַרְנוּ, אֶת־הַדָּגָה, אֲשֶׁר־נֹאכַל בְּמִצְרַיִם, חִנָּם; אֵת הַקִּשֻּׁאִים, וְאֵת הָאֲבַטִּחִים, וְאֶת־הֶחָצִיר וְאֶת־הַבְּצָלִים, וְאֶת־הַשּׁוּמִים. ¡Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, así como de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos! Y explica Rashí: Aun cuando dice: «que comíamos en Egipto gratis»… ¿Acaso los egipcios les daban peces gratis? Si ni siquiera les daban paja gratis (como dice en Éxodo 5), ¿les darían peces gratis? Entonces, ¿qué significa «gratis»? Gratis de las mitzvot (Sifrei). Rashí nos advierte: no eran gratis de dinero (pues ni paja les daban), eran «gratis de mitzvot». Preferían la esclavitud sin responsabilidad que la libertad con compromiso. Por eso, en lugar de idealizar el pasado, sería importante analizar qué es lo que ha cambiado y cuáles son las modificaciones que tal vez deberíamos hacer. Ya que no solo ha cambiado la educación; y no es como algunos sostienen, que los padres prioricen el inglés o que no les importe lo judío. Es más complejo que eso.  Abramos cuatro claraboyas: 
  1. La responsabilidad por la educación: Los responsables son los padres; así lo plantean nuestras fuentes y la psicología moderna. Sin embargo, los colegios siguen empeñados en pensarse como los artífices principales. Frases como “si no lo hacen en el colegio, no lo harán nunca” se escuchan incluso en comunidades donde la mayor parte de los hogares están vinculados a las tradiciones judías. Esa afirmación, que parece pragmática, en realidad revela una incomodidad más profunda: la dificultad de aceptar que la escuela ya no es —y quizás nunca fue— el centro soberano de la vida judía. ¿Y por qué debería serlo?
Es cómodo el lugar victimizado: «no podemos hacerlo solos», pero en realidad no estamos abriendo las puertas ni damos los espacios para hacerlo juntos. La escuela se queja de la ausencia de los padres, pero rara vez se pregunta si ha construido espacios reales para que los adultos participen, aprendan, se involucren o incluso se equivoquen. Animarse a pensar el colegio como comunidad, y no como institución, implica asumir el riesgo del trabajo con los adultos; dejar de ver a los padres como “usuarios” o “clientes” y verlos como socios educativos, como portadores de una tradición que no puede tercerizarse. Ellos son los que lideran el hogar y el judaísmo necesita del hogar. Tal vez debamos hacer un acto de humildad institucional: reconocer que la educación judía no se juega en el aula, sino en la mesa de Shabat, en las conversaciones familiares, en los gestos que los niños ven y repiten. Y la escuela puede y debe aportar a quienes conducen ese espacio. 
  1. La pueblitud: Seguimos manejando un discurso de fragmentación sin entender que esa mirada binaria –seculares/religiosos, derechas-izquierdas, tradicional/moderno– no corresponde a la realidad de nuestros jóvenes en un mundo líquido. Ellos no viven en compartimentos estancos; habitan identidades múltiples, simultáneas, híbridas. Para ellos, la pertenencia no es un casillero, es un mapa en movimiento.
¿Qué pasaría si nos animáramos a un entramado permanente en lugar de experiencias aisladas? ¿Qué pasaría si dejáramos de ofrecer experiencias judías: un evento, una semana temática, una actividad especial, y pensáramos que la pueblitud no se construye con momentos aislados, sino con un entramado permanente? La pregunta no es cómo sumar más actividades, sino cómo generar un tejido donde lo judío no sea un departamento escolar, sino un lenguaje compartido en comunidad.   ¿Qué pasaría si los maestros dejaran de verse como empleados y se vieran como líderes y promotores de un diálogo que está haciendo falta? Es hora de que los docentes se reconozcan como líderes culturales, como portadores de una voz necesaria, como mediadores entre mundos. Como personas capaces de convocar, de tejer, de sostener conversaciones que hoy nadie está teniendo.  La pueblitud no es un proyecto escolar. Y quizá sea el puente que necesitamos para que nuestros jóvenes no solo aprendan judaísmo, sino que se reconozcan parte de un nosotros.
  1. Educación en entornos mayoritariamente no judíos: ¿Cómo judaizar la escuela cuando la mayor parte del día los alumnos están expuestos a la cultura general y no a los lenguajes, textos o prácticas judíos? ¿Cuando el tiempo dedicado a lo judío es mínimo? 
No se trata de competir con el entorno, sino de cómo habitarlo desde la mirada y el lenguaje propio. Recordando que el judaísmo es universal en cuanto que su mensaje y misión es la corrección del mundo, de todo el mundo, pero que posee su propio lenguaje. Para que ese universalismo no se convierta en disolución y el judaísmo no sea reducido, necesita anclajes: textos, prácticas, marcos éticos, experiencias comunitarias que permitan que el alumno no solo “sepa” judaísmo, sino que piense desde el judaísmo para poder vivirlo. No se trata de “insertar judaísmo” como si fuera un suplemento, un agregado, un contenido más.  La pregunta entonces cambia: ¿cómo hacer que la escuela piense, respire y narre el mundo desde categorías judías? Aun cuando la mayor parte del personal no es judío, la ética debe pensarse y actuarse desde las fuentes propias, lo mismo que las normas de convivencia cotidiana y las pautas de conducta. La vida escolar debería estar atravesada por rituales, símbolos y prácticas que no sean las superfluas ni simulacros, sino la vida misma. El judaísmo en la escuela judía no es un apartado sino el corazón de esta y un marco interpretativo y de vida. 
  1. Los docentes: ¿Quiénes son los docentes? Son los mismos adultos que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Pero hay algo más; como adultos, habitamos lo que Byung-Chul Han denomina la “sociedad del cansancio”[6]. Estamos inmersos en una cultura del rendimiento y la autoexplotación que nos deja agotados no solo físicamente, sino espiritualmente. No se trata de estar ocupado, sino de estar desbordado. “El cansancio del yo es un cansancio solitario, que aísla y paraliza[7]. Los docentes —como cualquier adulto contemporáneo— no están por fuera de esta lógica. Llegan a la escuela con la energía fragmentada, con la atención dispersa, con la sensación de que nunca alcanzan. En ese estado, la tarea educativa corre el riesgo de volverse mecánica, reactiva, centrada en cumplir, no en enseñar. La capacidad de presencia, de escucha y de profundidad se ve erosionada aún cuando no lo queramos. 
A este escenario se suma la creciente dificultad de encontrar y formar docentes que puedan equilibrar una sólida base de conocimiento judaico con las competencias pedagógicas que exige el mundo actual. Lo que acentúa más el hecho de que gran parte del judaísmo en las escuelas es infantil y superfluo, más de carácter ritualista y externo que de carácter significativo, al que le cuesta tocar los corazones y ser relevante para la vida. Decía Levinas que “para que los valores permanentes del judaísmo, contenidos en los grandes textos de la Biblia, el Talmud y sus comentadores, puedan nutrir las almas, es preciso que una vez más alimenten los cerebros”[8].  Para tocar los corazones hay que alimentar las mentes. Y hacer eso en un mundo donde predominan el cansancio y el hartazgo, y donde no hay tiempo para la contemplación y la profundidad, es un verdadero desafío. El hacer ocupa el lugar del ser, también en nuestras escuelas, que deberían poder pensarse más como islas del ser que como modeladoras del hacer No estoy diciendo que hacemos las cosas mal, sino que las podemos y debemos hacer mejor. Liberarnos de la nostalgia no es olvidar el pasado, sino dejar de usarlo como refugio. Kohélet nos prohíbe preguntar por qué el pasado fue mejor porque esa pregunta nace del miedo, no de la sabiduría. Los invito a que no busquemos restaurar lo que fue, sino sembrar lo que debe ser. Dejemos de ser espectadores de una supuesta «época dorada» y convirtámonos en los arquitectos de un presente que valga la pena vivir. Empecemos.

Bibliografía

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Barylka, E. (s.f.). Jewish peoplehood and education. En Peoplehood Papers, 32.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Kahneman, D. (2011). Pensar rápido, pensar despacio (Thinking, fast and slow). Debate.

Levinas, E. (2004). Reflexiones sobre la educación judía. En Difícil libertad: Ensayos sobre el judaísmo (p. 240). Fineo.

Mitchell, T. R., & Thompson, L. (1994). A theory of temporal adjustments of the evaluation of events: Rosy prospection & rosy retrospection. En Advances in managerial cognition and strategy.

  1. Daniel Kahneman – TED – The Riddle of Experience vs. Memory
    https://www.ted.com/talks/daniel_kahneman_the_riddle_of_experience_vs_memory

  2. Ídem.
  3. Kahneman, D., & Riis, J. (2005). Living, and Thinking About It: Two Perspectives on Life. In F. A. Huppert, N. Baylis, & B. Keverne (Eds.), The Science of Well-Being (pp. 285–304). Oxford University Press.

  4. Kahanman https://www.youtube.com/watch?v=XgRlrBl-7Yg 

  5.  Ver: Latin American Jewish Peoplehood, https://b691fba2-dce8-452d-a319-55d0b7dfb8c2.filesusr.com/ugd/64e1e9_a7d88b6ad9794020b6bb562da787639e.pdf
  6.  Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trad.). Herder.
  7.  Ídem, pp.22.  

  8.  Levinas, E. (2004). Reflexiones sobre la educación judía. En Difícil libertad: Ensayos sobre el judaísmo (p. 240). Ed. Fineo

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