Entrega literaria

Comparte el artículo

Kordon, Bernardo. 1988. “La Biblia y yo”. NOAJ 3, no. 3: 30–32

La Biblia y yo

Confieso que de la Biblia tuve poco tránsito y ninguna permanencia. Sin duda la aprecié, dada mi condición de judío. En tal sentido lo soy y nunca traté de ocultarlo. Esa pertenencia al judaísmo deriva de mi abuelo materno, que se llamó Isaac Piterbarg. Era cantor de sinagoga y por ese motivo fue invitado a cantar en Buenos Aires. Se embarcó en compañía de familiares hasta este Río de la Plata donde nunca vio el menor ápice de plata, ni de oro (hubiera sido un consuelo). Aquí don Isaac sufrió varios contratiempos y algunas satisfacciones; entre éstas seguramente figuraron mostrarme la Biblia, la recuerdo bien porque era una edición ilustrada, que puso en mis manos, hecho muy importante dada mi condición circunstancial de niño iletrado. Con esa Biblia mi abuelo me marcó: el libro señalaba el camino de mi pueblo y señalaba mi propio camino. Mi abuelo me marcó el camino a los cinco años, marcó mi destino. Nunca olvidé el canto de mi abuelo Isaac.

Debo aclarar que mi padre era “progresista”, seguramente socialista. Por eso no me inició en la religión, ni en las costumbres e idiomas judíos. A mi hermano menor, por ejemplo, lo gratificaron con el nombre de Jean Jaurès. Pero un día con mis padres fuimos a la sinagoga, porque allí cantaba mi abuelo. Nunca pude olvidar su canción: algo fúnebre… un kadish.

A mi alrededor los niños continuaron sus juegos, pero la impresión que a mí me produjo el canto de mi abuelo fue tremenda. Vuelvo a sentir lo mismo cuando escucho el cante-jondo o los actores y cantores hacen sentir sus desgarradas melodías en las óperas chinas. Desde el comienzo, quiero decir desde ese canto de mi abuelo escuchado a los cuatro o cinco años, el hedonismo nada tiene que ver conmigo. Lo que no me desgarra, o me estremece, no lo sentía y no lo siento como arte.

No olvidé el ambiente del caserón del Pasaje del Carmen donde fue trasplantado mi abuelo y toda su familia, lo más parecido a un patio de sainete de Vaccarezza.

A los inmigrantes les costaba dejar las características traídas de todo el mundo, hasta formar esa mezcla que comienza a clarificarse medio siglo después. Ya no era el mundo estático entre idn y goim de Ucrania, sino que este supuesto nuevo mundo consistía en un hervidero de razas y naciones que convertían a todos los inmigrantes en especies de judíos, que si no se peleaban abiertamente, al menos se despreciaban y ridiculizaban mutuamente.

En especial el idioma confundía a mi abuelo: “Aquí todo se dice lo mismo” —reflexionaba—. “Esto”—señalaba su cara— “es caro, y es caro lo que no es barato, y también es caro el carro que transita por la calle”. Pero yo no me reía, nunca me reí de esas dificultades idiomáticas de los inmigrantes: por el contrario, me provocan lástima y solidaridad.

Por supuesto a mi abuelo no lo consideraba un extranjero. En especial su canto era tan profundo y misterioso como nuestro pasado y nuestro porvenir. Su canto era yo mismo. En verdad aspiro a que mi pobre literatura resulte algo parecida al canto de mi abuelo.

A mi abuelo lo entendí cabalmente en ese gesto de ensoñación que acompañaba sus cánticos y plegarias. En ese su contagioso estado de ensoñación aprendí a sentirme judío. Mi abuelo soñaba con la gloria de su religión y también soñaba en convertirse en un próspero comerciante. Un buen día concretó el sueño de instalar un taller de confección de ojalillos de camisas de seda. Uno de mis tíos, aún niño, fue el encargado de entregar la mercadería elaborada. Salió el tío Elías con su paquetón de camisas de seda y una cuadra después lo detuvo un tipo: “¿Querés pibe ganarte veinte guitas? Aquí están: te los pago adelantado. Solamente tenés que subir al segundo piso y le entregás esta carta a una mujer que se llama Tita, así como dice el sobre. Ah, me olvidaba decirte que del paquete no te preocupes: te lo cuido yo”. La tal Tita no vivía en el segundo ni en ningún otro piso. Cuando mi tío Elías volvió a la calle tampoco encontró al hombre del recado, y menos el paquete de camisas de seda. Hubo que pagarlas al fabricante, sin contar el descrédito del confeccionista que comienza dejándose robar la mercadería. Contratiempo que acentuó la dedicación de mi abuelo a sus cánticos. Las mejores jeremiadas no son dictadas por el ritual, sino por la vida.

En realidad la Biblia la conocí por mi abuelo y la viví en su canto. No estudié, debo confesar que tuve que conformarme con estudiar Buenos Aires. Lo que no ocurrió con mi abuelo, hablo la lengua de Buenos Aires, inclusive la escribo. Ya lo confesé en un cuento: al hablar su idioma trato de disimular mi condición de extranjero. Extranjero, por identificación con mi abuelo: todo se dice lo mismo.

Cuando su imprenta y sus hijos crecieron, mi viejo se mudó al caserón de la calle Potosí, al lado de los fondos del Hospital Italiano. En el jardín había varias palmeras y un par de rejas: allí me mantuve quieto como un pequeño preso, mirando la calle todo el día, desde entonces mi ocupación favorita. Después comenzaron mis peregrinaciones por el barrio, por la ciudad, y de algún modo Buenos Aires fue la Biblia soñada por mi abuelo Isaac Piterbarg.

De esa Biblia recuerdo especialmente una minerva traída por mi padre de New York, que me hacía evocar el máximo misterio. La platina saliente, y curvada como una panza de mujer, se volcaba sobre el padrón, con el movimiento de dos vientres que se aproximan y se alejan para volver a unirse con el pedaleo rítmico del minervista de gorra de apache. Todo el tiempo silbaba los primeros tangos que escuché. Representaba lo dionisíaco, el misterio y la aventura que brindaba la vida fuera de casa. Algo comparable al canto de mi abuelo y su “vino para niño” (vino rebajado y azucarado) que nos hacía probar en Peisaj.

Detrás de la minerva, trabajaba mi padre en la tipografía. No silbaba ni usaba como el minervista un clavel en la oreja. En actitud meditativa juntaba tipos en un aparato rectangular que mantenía en la mano izquierda: formaba palabras tipográficas en esa bandeja que se llama componedor. Lo hacía con una gravedad que contrastaba con los chiflidos canyengues del minervista (silbidos que rescaté en los viejos tangos de flauta y guitarras que escuché en las viejas grabaciones de Juan Maglio “Pacho”, y otras orquestas que coleccioné antes que los libros).

Componer palabras como lo hacía mi padre era un ejercicio que requería concentración, algo parecido a las oraciones de mi abuelo. Me parecía algo aburrido, mientras que el firuleteado silbido del tango me traía toda la fascinación de la calle Potosí que fue mi primer libro leído de A hasta Z antes de conocer una sola letra, por cierto un libro profusamente ilustrado a todo color; fue un río que me arrastró con su perpetuo torrente de autos, carros y mateos a la exploración de otras calles del barrio de Almagro. ¡Y no lo hacía por temerario! Las calles sin conocer me daban mucho miedo, pero resultaba más fuerte la ansiedad por conocerlas. Primero fue la esquina de Pringles, después la más alejada de Gascón, y recorriendo el pasaje King (que se abría frente a casa) llegué a la avenida Díaz Vélez, con dobles vías de tranvías. Más allá se extendía la maravillosa región ferroviaria: corrían bajo nivel los trenes del ferrocarril Oeste. Temblando de emoción llegué un día a lo alto del puente de la calle Bustamante: las locomotoras jadeaban a mis pies y me envolvían en nubes de vapor.

Pero esa manía ambulatoria, que nunca me abandonaría, no me aportaba sólo placer. Alejarme de casa significaba ser extranjero en siniestros territorios enemigos. De los inquilinatos que llenaban el barrio surgían salvajes de mi edad, y aún más grandes, que me atacaban con saña. Apretando el culo echaba a correr al acelerado compás de mi corazón sobresaltado. Aprendí entonces lo que habían descubierto Stanley, Livingstone y Cía. en el África Misteriosa: que los salvajes no persiguen a los exploradores fuera de los límites de sus territorios. Y así pude yo también continuar mis exploraciones por el barrio de Almagro: un cachorro vagabundo dando las primeras vueltas en el rincón que me tocó vivir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio