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Alexánder Hincapié García es doctor en Educación, magíster en Estudios Judaicos y magíster en Psicología, con estudios de pregrado en Psicología y Filosofía. Se desempeña como profesor en la Facultad de Educación de la Universidad de San Buenaventura (Medellín) y es integrante del Grupo Interdisciplinario de Estudios Pedagógicos (GIDEP). Reconocido como Investigador Senior por Minciencias, cuenta con diversas publicaciones en su área de especialidad, entre las que destaca su libro Pedagogía anómala. Educación, formación y pos-antropología (Aula de Humanidades, 2024).
Introducción
Sarah Kofman (1934-1994) es hija de Bereck Kofman, rabino jasídico que emigró de Polonia para asentarse en Francia. El 16 de julio de 1942, el rabino oyó las murmuraciones sobre una redada que preveía la policía francesa (Redada del Velódromo de Invierno), para capturar judíos. Abandona su trabajo, corre y avisa a su esposa e hijos para que emprendan la huida e intenten salvarse. Mientras tanto, él se queda en casa a la espera de la policía, aspira a que por su entrega la policía desista de la búsqueda del resto de su familia. Para Walter Benjamin (2016), el resto es la singularidad del acontecimiento total, el resto es lo que falta a la historia. Tras la captura el rabino es deportado a Auschwitz. A golpes, un kapo le profiere la muerte por su negación a trabajar en Shabat. Este acontecimiento, quizá como ningún otro, explica el esfuerzo de Sarah por soportar la dureza de la verdad a secas. Soportar la dureza de la vida y la muerte en la escritura (Espinoza Lolas et al., 2026). Lo que no significa usarla como terapia, sino hacer de la escritura un modo de vida o aquello por lo que se vive.
Con toda probabilidad, Sarah Kofman es una de las filósofas más destacadas de la escena intelectual francesa. Esto no se juzga a partir de la recepción de sus libros, que en castellano es bastante escasa, sino por la profundidad de sus ideas y por la fuerza que imprime a sus argumentos. Leer a Kofman es confrontarse con la incapacidad de leer sin gazmoñería ni prejuicios. Leer a Kofman es la experiencia de leer la miseria personal en el espejo: la falta de risa, la falsa delicadeza y la hipocresía de las causas amadas. Como pocos intelectuales, Kofman conoce a Nietzsche y Freud; Derrida (2005) afirma que nadie los ha amado tanto, pero nadie ha sido más implacable en su crítica hacia ellos que la propia Kofman. En dos de sus máximos referentes intelectuales pone el amor y la crítica que aumentan la voluntad de escribir.
Para Kofman ([1976] 2020) toda autobiografía presupone que el autor tiene una vida y un estilo. No hay autor que no posea y no se distinga por su garra, esto es, la voluntad de perturbar la tranquilidad, la indelicadeza del gato que araña. Sus dos últimos libros publicados en vida, Calle Ordener y calle Labat (Rue Ordener, rue Labat) y El desprecio de los judíos. Nietzsche, los judíos, el antisemitismo (Le mépris des Juifs. Nietzsche, les juifs, l’antisémitisme), pueden leerse como su testamento biográfico narrativo, sin que esto suponga la caída de Kofman en el insulso e insufrible culto a la subjetividad. Esa que Benjamin (2016) destaca como caída en el infierno o el abigarrado y estúpido sentimiento del yo que presume abarcarlo todo, sin poder salir de su círculo.
El odio de San Pablo
En Autobioarañazos del gato Murr, Kofman ([1976] 2020) plantea una de las más arriesgadas teorías de la interpretación. Interroga si la búsqueda de un texto detrás del texto es en realidad la búsqueda por borrarlo. O, peor, suplantarlo por otro que represente un mejor acceso a la verdad. Como si lo escrito no fuera la exposición de la verdad en su propia modalidad afectiva y estilística. O, como si el texto sufriera de una carencia que solo se suple con la interpretación que ponga lo que debió ponerse. Sin duda alguna, el texto muestra y oculta, pero esta paralipsis insuperable no admite la cobardía de la suplantación interpretativa, la falta de honestidad intelectual. La suplantación obliga el texto a decir lo que no encuentra en él o falsear lo que este manifiesta. Mientras tanto, desplaza su “contenido de verdad”, esto es, su núcleo filosófico.
Abrirse a los efectos de la lectura de un texto significa vencer el resentimiento, amar lo que el texto muestra. Kofman no protesta contra la interpretación en todas sus formas, protesta contra la interpretación que suplanta el texto que le resulta insoportable. Esto es, Kofman se enfrenta a la interpretación débil, aquella que suplanta el texto donde se muestra la brutalidad de la vida robusta y fuerte.
Sarah Kofman (1934-1994)
Apréciese, Kofman no acusa, protesta (afirma Derrida, 2005). Esto puede asociarse con que toda acusación busca la destrucción de lo acusado. La protesta, en cambio, es el ejercicio in situ del arte de perturbar. En este caso, conservar la verdad del texto suplantado, no admite que el lector aspire a leer con tranquilidad. En una alusión que evoca la profundidad psicológica de Nietzsche, Kofman dirá que la suplantación es una manía humana, demasiado humana. Entiéndase bien, manía aquí significa una forma de delirio que oculta el deseo de imponer una “verdad otra”. Al contrario de lo que pueda presumirse, esta manía no es el bien intencionado, pero fallido, esfuerzo por dar pluralidad al texto, sino la voluntad resentida que trabaja por negar la verdad de su diferencia.
El problema indicado vuelve y aparece en uno de los últimos ensayos de Kofman ([1994] 2003a), El desprecio de los judíos. Nietzsche, los judíos y el antisemitismo. En este señala a san Pablo como el verdadero inventor del cristianismo. Qué quería conseguir san Pablo al inventarlo. Kofman responde que no solo acabar con el sufrimiento carnal, la contrariedad con la ley, que le inflige su impulso homoerótico; también satisfacer su voluntad de dominio por la que todo límite es inválido, ninguno puede interponerse a sus ansias de vencer la muerte, resucitar a la otra vida y unirse con Cristo: convertirse en el otro hijo de Dios. La obscena transmutación del deseo de hacerse uno con el hijo de Dios, en una orgía celestial ajena a la «carne» y la ley. “El odio hacia lo judío tal como lo descifra Nietzsche paradigmáticamente en San Pablo, el primer cristiano, es inseparable de un odio hacia la «carne» y hacia la ley” (Kofman, [1994] 2003a: 29).
Considérese lo que Kofman vuelve y señala. Nietzsche no descubre en san Pablo una cualidad exclusiva, la que solo lo describe a él; por el contrario, lo que Nietzsche descubre es la manía paradigmática de los seres humanos, el delirio orgiástico con el que todo texto se suplanta por un texto otro que exima del sufrimiento. Dígase de manera inversa: odiar la «carne» y la ley es odiar lo judío, su malsana voluntad aferrada a la vida y la escritura, a pesar del sufrimiento. El odio por lo judío instituye la suplantación, el resorte con el que se busca destruir su diferencia.
Imagínese lo siguiente, el judaísmo es el gran texto que testifica la verdad atormentada de la distancia inconmensurable entre D-os y el hombre. San Pablo suplanta este texto con un texto otro, busca borrarlo al invocar un éxtasis místico que ya nada quiere saber de la «carne» (ni de su carácter perecedero y transitorio), tampoco de la ley (ni de su carácter de letra fijada en piedra). De cierto modo, san Pablo suplanta el texto judío porque este lo ha derrotado por anticipado; san Pablo no soporta la inconmensurable distancia que lo separa de D-os (lo que exacerba la vulnerabilidad de la carne), tampoco soporta el vínculo de los judíos con la ley (lo que es el amor infinito por la letra). San Pablo busca cómo destruir esta verdad, suplanta el texto que testifica la irremediable sujeción del ser humano a todo lo que se le escapa. Propone un extasiado texto otro donde no haya verdad en la vida ni en la letra, sino en la fe de poderlas superar.
La ciencia humana y la dominación de la verdad
La ciencia humana, por supuesto, no es ajena a la suplantación. Podría incluso decirse que esta refina los métodos y las técnicas para suplantar los textos, lo que significa ocupar su lugar, reescribirlos. Su experticia consiste en hacer que la suplantación apenas sea perceptible. Los hallazgos que el investigador descubre, con mucho tacto, él mismo los ha puesto en el lugar donde dice haberlos descubierto. Sin duda puede ver lo que dice ver porque el conocimiento no es más que una decisión tomada por anticipado.
Un ejemplo de cómo la ciencia humana refina sus métodos y técnicas de suplantación, se halla en el análisis político. Piénsese en la mala conciencia de los investigadores progresistas. El movimiento de resistencia Islámica (Hamás), en su carta fundacional de 1988, declara entre otras cosas que no habrá descanso hasta que el último judío desaparezca, todo debe colaborar con esta causa sagrada, la política, la educación, el arte y hasta las piedras. Ningún musulmán está eximido de manera individual del deber de matar judíos donde quiera que estos estén (Movimiento de Resistencia Islámica [Hamás], 1988).
El 7 de octubre de 2023 las fuerzas armadas de este Movimiento violan la frontera del Estado de Israel. En un día asesinaron alrededor de 1200 personas y secuestraron a más de 250. Una violación que no corresponde a un pueblo exterminado sin más armas que el no. El 23 de diciembre del mismo año, Sudáfrica acusó de manera formal a Israel como genocida ante la Corte Internacional de Justicia. En otras palabras, la estrategia de la respuesta de Israel no había sido desplegada por completo, en términos militares y mucho menos en términos de negociación. Pero ya se había decidido que respondiera como lo hiciera se trataba de un genocidio. Como si esto no bastara, el 29 de enero del año siguiente, a menos de un mes de la acusación, la Corte Internacional de Justicia declaró que la acusación era “plausible”. Para decirlo sin el recato de la ciencia humana, antes de que Israel respondiera, el relato ya estaba cocinándose. El daño que a los judíos no cesa de causárseles, se suplanta con una “causa noble”, la de un pueblo que solo reclama “Desde el río hasta el mar”, esto es, que no quede ningún judío.
Desde luego, si no se tratara de la supervivencia de un país, produciría una mueca de desprecio el juego maniqueo con un concepto, creado por un judío polaco (Raphael Lemkin), después de la Segunda Guerra Mundial, justo para investigar la destrucción de distintos grupos humanos, no solo de individuos, con el propósito de imponerles una nueva identidad (Feierstein, 2016). No sobra aclarar que el concepto debió operar como una brújula de investigaciones que habrían requerido, por honestidad intelectual, tiempo para desarrollarse. Al día de hoy, al parecer sirve más para la propaganda del mercado de noticias que para administrar justicia. Nietzsche estaría de acuerdo con que las noticias, su falta de valor artístico y, por supuesto, moral, son el alimento del rebaño. Un concepto que solo refuerza la opinión pública, deja de ser un instrumento intelectual para convertirse en un arma para el resentimiento.
Kofman lo plantea de manera elocuente. Más que amor por el conocimiento, la ciencia humana es “(…) un sistema de proyecciones casi paranoicas” (Kofman, ([1976] 2020: 28). Es el pomposo resultado del resentimiento y la envidia, con el que el ser humano justifica su impulso por adueñarse de todo. La ciencia humana prefiere la destrucción de la verdad que dice conocer que renunciar a su dominio. Nietzsche (2012a) lo ha dicho antes, la ciencia humana es una defensa sutil contra la verdad de la vida. Por esto, el arte es mucho más cercano a dicha verdad. No aspira a adueñarse de ella con conceptos, la muestra con figuras. La mujer justa (Az igazi / Judit …és az utóhang) de Sándor Márai ([1949] 2005) sirve de ilustración. Aquí, la sobreexplotada fragilidad femenina, por la que se acusa deudas históricas que no prescriben, un cheque en blanco para el cual todavía no hay una cifra, se presenta como la máquina de guerra con la que las mujeres aplastan a los hombres. Sin embargo, la verdad del texto no recae en la persuasión científica, sino en la satisfacción estética. No es sociología, es literatura. Como puede deducirse, esta verdad no se dice con conceptos que la dominan, solo se muestra con figuras artísticas que la embellecen, aunque sin ocultar la violencia y la verdad. Kofman (1995) lo esclarece al advertir que mientras la ciencia humana oculta la brutalidad de la vida robusta y fuerte prometiendo su dominio, el arte embellece los equívocos del devenir: la muerte, el sufrimiento, el desenfreno y la embriaguez, mostrándolos. El arte convierte en tolerable lo intolerable, no la ciencia.
Peroración
Hace algunos meses coordiné un seminario sobre filosofía y pedagogía en un posgrado que tiene por objeto de investigación la infancia. O las infancias, un plural con el que algunos investigadores presumen superar la reducción de lo múltiple a lo único. Conviene recordar que todo concepto (incluso en su plural), de modo intrínseco, representa lo múltiple al tiempo que lo deshace. Todo concepto es representación y olvido, como dirá Nietzsche (2012b). Nombrados en singular o en plural, los conceptos son representaciones de lo que “ya no es”. Esto se olvida con pasmosa frecuencia, como si se tratara de un procedimiento rutinario. Los conceptos representan lo que “ya no es” con metáforas descoloridas. El concepto es una metáfora que ha perdido su fuerza vital. En este sentido, escribir es el esfuerzo por restituir lo que “ya no es”, insuflarle nueva vida.
En este seminario propuse por lectura, entre otros, el texto de Sarah Kofman ([1994] 2003b), Calle Ordener, calle Labat. El texto es un experimento rebosante con palabras justas, formas gramaticales perfectas e imágenes inasibles de una vida desgarrada. Quiero proponer que una vida tal no deja de ser por necesidad una vida robusta y fuerte. El texto inicia con una declaración de Kofman: de su padre solo conservó una pluma estilográfica que robó del bolso materno. La conservó en un lugar visible que le recordara escribir ¡Cómo si una fuerza superior la obligara a hacerlo! Asimismo, también declara que tal vez sus muchos libros fueron formas transversales para hablar sobre <<ello>>. En un primer momento, ese <<ello>> permanece sin revelarse. De qué quiso hablar Kofman ¿de su padre?, ¿de la pluma que robó del bolso materno?, ¿de la escritura?, ¿O de lo que rodeaba con palabras sin conseguir decirlo?
“Calle Ordener, calle Labat”, Sarah Kofman (Cuatro Ediciones, 2003)
En los momentos que siguen, Kofman describe su infancia durante la ocupación Nazi, al lado de dos “madres”, una judía y otra cristiana, dos calles distintas, por decirlo de manera figurada. De la madre judía muestra la impotencia y la cobardía que ocluye su capacidad de protegerla; de la “madre” cristiana la actitud seductora y mezquina y su velado desprecio por los judíos, a pesar de esconder en su casa a un par de judías, madre e hija. En el núcleo de un texto que inicia con la alusión a un hombre, el padre, de manera mortificante se ilumina a una niña que no alcanza a digerir lo que soporta al lado de sus “madres”, dos mujeres. Este dato se constata con la carne de cerdo que la “madre” cristiana le invita a comer, invitación que Sarah acepta y parece disfrutar, para después casi ahogarse en el vómito. La imagen de la niña judía que tras comer carne de cerdo vomita es aterradora, muestra el rechazo fallido de la niña por lo que se le hace. En la medida que el lector se adentra en la escritura del texto, va descubriendo las capas que revelan un abuso. Palabra que la madre judía arañó para describir lo que la “madre” cristiana hacía a su hija. Palabra que usó para nombrar las noches que su hija pasó en la cama de la “madre” cristiana, la desnudez que apenas esta se esforzaba por disimular y el descarado intento por suplantarla. El final no es conmovedor, por lo menos no de manera predecible. Es frío, incluso podría decirse que desencantado. Sarah ya es mayor, se percibe la distancia con respecto a sus dos “madres”. Por un lado, la madre judía ni se menciona, lo que apunta a la persistencia de una relación rota; por el otro, la “madre” cristiana ha fallecido, el sacerdote que ofició la misa en su memoria, se aseguró de recordar que durante la ocupación Nazi salvó a una niña judía.
Una de las propuestas del seminario consistía en que cada semana los estudiantes presentaran la lectura de un texto seleccionado con anterioridad. En su momento correspondió presentar el de Kofman. No se ofrecieron claves de lectura para este texto ni para ningún otro, puesto que el propósito siempre fue el que cada uno de los textos pudiera descubrirse por sí mismo. El día de la presentación, una estudiante ofreció su interpretación sofisticada que cruzaba con la lectura de otras referencias, incluyendo algunas que provenían de la pintura. Luego se procedió a hablar del texto entre todos los partícipes del seminario, los estudiantes y el docente. El texto era descrito con preciosismo y ternura. Se hacía mención de la importancia de la escritura, casi reduciéndola a su efecto terapéutico. Ninguna voz pronunció la palabra “abuso”. Hasta se planteó la belleza del mundo alegre que la “madre” cristiana le ofrecía a la niña Sarah, contrapuesta al mundo triste que venía de la madre judía. Podría verse en todo esto la defensa paranoica con la que se pretende alejar la perturbación, el arañazo.
En un posgrado que tiene a la infancia por objeto de investigación, no se pronunció la palabra “abuso” que el mismo texto gritaba. Aquí caben muchas interpretaciones: el odio por lo judío se expresa con el menosprecio al daño que se les causa a los judíos con inaudita frecuencia, el abuso de una mujer en contra de una niña es irrepresentable, el abuso solo es real si puede acusar a un hombre. Podría ser más simple, en general, toda lectura es insulsa y para disimularlo se suplanta el texto con un texto otro que se espera brille más. O tal vez, todas estas interpretaciones son la verdad de un problema más grande: en los textos se alcanza a ver solo lo que la cobardía le permite al lector.
Al final advertí que el tiempo para decir lo que leyendo no pudieron ver o habiéndolo leído callaron, pasó. Como el psicoanalista que percibe al analizante esperando hasta el último momento de la sesión analítica para decir la palabra que no quiere decir, indiqué que lo dicho ya estaba dicho o que lo que no se dijo ya no podría ser dicho. Procedí a leer los pasajes donde Sarah Kofman gritaba abuso: la seducción evidente, lo que su cuerpo vomitaba y la frialdad frente a la muerte de esa “madre” cristiana que (no) salvó a una niña judía. Con más molestia que honestidad, a la semana siguiente los partícipes del seminario levantaron un tribunal, se quejaron de no poder hablar, de las formas de intervención (las famosas formas), del psicoanálisis, de lo que sea. El tribunal no es atribuible a una deliberada voluntad de engaño por parte de los estudiantes, pero sí a la defensa paranoica con la que previenen el no llegar a ser víctimas de una censurable violencia educativa. El criterio pedagógico, que no puede fallar, solo cuenta cuando no perturba. Ha de someterse a la perfecta higienización del aula universitaria, en la que se espera que ocurran muchas cosas, cuando en realidad ocurre lo mismo: nada.
La valoración del desarrollo del seminario quedó reducido a una sesión, a la que con más claridad mostraba la suplantación de un texto por un texto otro. No extraña que la culpa por la lectura hecha por los mismos estudiantes, la hayan disipado hacia cualquier cosa que no confronte la suplantación del texto. Al final de cuentas, trataban de argumentar, no se les dijo qué aspectos leer o cómo leerlos. Además, era solo un texto. Aunque no se dijo, el texto de una judía. Desde luego, si se tratara de la “vida real”, sí sabrían leer cuando ocurre un abuso, añaden. La “vida real” aparece como toda verdad, el texto es solo texto, aunque este sea el testimonio de una vida desgarrada en la infancia. La “vida real” suplanta la verdad del texto negándola. Por esto no hay antilogía moral en inventar un texto otro que exime de la responsabilidad por la desgracia que se calla o ignora. A riesgo de perturbar, la “vida real” es la máscara con la que los estudiantes ocultan su saber escolar. No se trata de una mera inmadurez intelectual, como tampoco este trabajo es una queja. Mejor aún, se trata de la honestidad intelectual que falta. Una que no claudica al impulso de suplantar la violencia y la verdad del texto. Otra vez, como dirá Benjamin parafraseando a Kafka: ¡Esperanza, haberla, no es para nosotros!
Referencias bibliográficas
Benjamin, W. (2010). Franz Kafka. En el décimo aniversario de su muerte. En Obras: Libro IV, vol. 2 (R. Tiedemann y H. Schweppenhäuser, Eds.; J. Navarro Pérez, Trad., pp. 247-276). Abada Editores.
Benjamin, W. (2016). El libro de los pasajes (R. Tiedemann, Ed.; L. Fernández Castañeda, Trad.). Akal.
Derrida, J. (2005). Cada vez única, el fin del mundo (A. G. Ruiz, Trad.). Pre-Textos.
Espinoza Lolas, R., Pellegrini, F., y Ruiz de Gauna de Lacalle, P. (2026). Sarah Kofman y su íntimo Ecce homo. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 43, 11-16.
Feierstein, D. (2016). Introducción a los estudios sobre genocidio. Fondo de Cultura Económica.
Kofman, S. (1995). La melancolía del arte. Trilce.
Kofman, S. (2003a). El desprecio de los judíos. Nietzsche, los judíos, el antisemitismo. (I. Herrera, Trad.). Arena.
Kofman, S. (2003b). Calle Ordener, calle Labat (L. A. González, Trad.). Cuatro.
Kofman, S. (2020). Autobioarañazos del gato Murr (P. Gómez Moreno, Trad). Ginger Ape Books & Films.
Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás). «Carta del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás).» 18 de agosto de 1988. Consultado el 27 de junio de 2026. https://avalon.law.yale.edu/20th_century/hamas.asp
Nietzsche, F. (2012b). El nacimiento de la tragedia. O Grecia y el pesimismo (A. Sánchez Pascual, T.). Alianza.
Nietzsche, F. (2012b). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (J. Conill, Ed. y Trad.). Tecnos.
