El shofar del Cáucaso

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Max (Moty) Lashak es empresario e inversionista del sector inmobiliario, originario de México y residente en Houston. Estudió Administración de Empresas en la Universidad Tecnológica de México y obtuvo una maestría en el IPADE Business School. En su juventud emigró a Israel, donde sirvió como paracaidista en las Fuerzas de Defensa de Israel y participó en la Primera Guerra del Líbano. Asimismo, integró una misión a la Unión Soviética para apoyar a los refuseniks y fue delegado al XXXI Congreso Sionista Mundial. Ha desempeñado un papel destacado en el liderazgo comunitario judío en México, participando en iniciativas de representación, apoyo y fortalecimiento institucional. Como conferencista, comparte relatos de su vida —incluyendo su servicio militar y sus vivencias tras la Cortina de Hierro—, dos de los cuales han recibido menciones honoríficas en certámenes literarios. Actualmente continúa involucrado en proyectos inmobiliarios, empresariales y comunitarios en Estados Unidos, México e Israel, guiado por valores de liderazgo, servicio y compromiso con el pueblo judío. 

Este relato recoge una experiencia vivida en el año 1985, por un joven judío mexicano, y da cuenta de la movilización del pueblo judío en torno a los así llamados “Prisioneros de Sión”. Judíos de la Unión Soviética, que tenían prohibido no solo emigrar a Israel, sino profesar el judaísmo. El joven Max escribió el texto en ese momento.

Este es el relato de una de las cosas que más me han impresionado en mi vida. Fui escogido con otro muchacho para viajar a la Unión Soviética, en el año de 1985, cuando apenas asomaba al mundo la política de la Perestroika, liderada por Mijaíl Gorbachov. Durante muchos años, bajo el régimen bolchevique, la situación de las minorías había sido desastrosa, especialmente para los judíos. Mi tarea consistía en recabar información actualizada sobre algunas familias judías de la zona. Para ello, me entrenaron y prepararon durante un año: debía aprender, entre otras cosas, a detectar si la KGB me seguía, pues lo que estaba a punto de hacer era considerado ilegal por las autoridades soviéticas. Por seguridad, no debía llevar conmigo nada que me identificara como judío. Todo el entrenamiento, realizado por la embajada de Israel en México, se mantuvo en secreto y no podía contarle a nadie lo que sucedería durante el viaje; además, ni yo mismo sabía con certeza qué me esperaba. Mientras el tiempo avanzaba, el temor y la emoción me consumían. Finalmente, busqué apoyo en mi padre y le conté todo. Él era el único que conocía mi secreto; me apoyó y me impulsó durante todo aquel lento y desesperante proceso de entrenamiento y trámites ante la Embajada de la Unión Soviética en México, hasta conseguir la visa especial que me permitiría moverme “libremente” por las ciudades a las que viajaría.

En la URSS vivían tres millones de judíos, cerca de una cuarta parte de la población judía mundial. De ellos, aproximadamente doscientos mil tenían entonces el estatus de refusnikim: judíos a quienes se les había negado la visa para emigrar a Israel. El solo hecho de haberla solicitado bastaba para que fueran expulsados de sus trabajos, quedaran desempleados y fueran señalados por la sociedad soviética como parásitos, casi como delincuentes. Sus hijos también eran expulsados de las escuelas, una marca que los acompañaba durante toda la vida y los convertía en ciudadanos de segunda categoría, especialmente en una sociedad donde sobresalía quien estaba mejor preparado. Allí todos estudiaban; a diferencia de Occidente, donde muchas veces destaca quien posee más bienes materiales. Si un judío refusnik persistía en su aspiración sionista, no faltaban los golpes, los malos tratos por parte de las autoridades e incluso el encarcelamiento en Siberia. Todo ello por el supuesto delito de buscar una identidad propia y por la ofensa de querer abandonar la Madre Patria Rusa.

Consciente de todo esto, veía cómo el día del viaje se acercaba cada vez más. Todo estaba preparado hasta el último detalle.

Cada año tengo el honor de tocar el shofar en una sinagoga de México. Lo hago porque la liturgia judía me fascina y porque comprendo profundamente lo que significa para un judío acercarse al templo, aunque sea una sola vez al año, para escuchar los sonidos de ese cuerno cargado de simbolismo para nuestro pueblo. Existe la creencia de que, si sus sonidos son claros y fuertes, el año que comienza será bueno y próspero. Por eso, aquel año puse todo mi corazón al tocarlo: sabía que, un día después de Rosh Hashaná, me subiría al avión para iniciar esta maravillosa experiencia.

No describiré aquí cómo comenzó el viaje, pues esa aventura merece un relato aparte. Lo que quiero contarles ahora es la historia de un verdadero héroe del pueblo de Israel. El destino fue el Cáucaso, en las repúblicas fronterizas con Turquía e Irán —Azerbaiyán, Armenia y Georgia—, ubicadas a unas siete horas de vuelo de Moscú. Los refusnikim vivían allí porque, cuanto más lejos estuvieran del aparato burocrático soviético concentrado en Moscú, más llevadera podía ser su existencia; y, en efecto, así era. En cada ciudad debía visitar a cinco o seis familias, siguiendo una jerarquía precisa de contactos. El “número uno” era la persona de mayor confianza y a quien más deseaba encontrar. Si por alguna razón no lograba contactarlo, debía acudir al “número dos”, con quien podía hablar con cierta confianza, aunque con mayor discreción. A partir del “número tres”, solo podía compartir la información estrictamente relacionada con cada familia. Tras pasar la primera noche en Moscú, viajamos a Tbilisi, la primera ciudad de nuestro recorrido. Llegamos alrededor de las dos de la tarde y, apenas aterrizamos, nos recibieron como visitantes distinguidos gracias a la visa especial con la que viajábamos. Nadie podía levantarse de su asiento en el avión de Aeroflot antes que nosotros. Al bajar por la escalinata, ya nos esperaba en la pista un coche negro tipo limusina, con chofer y una traductora que hablaba un castellano perfecto. Ella nos identificó de inmediato por nuestros apellidos y nos dio una bienvenida cordial e impresionante, algo que no esperábamos porque queríamos pasar inadvertidos. También nos dijo que no nos preocupáramos por el equipaje, pues llegaría directamente al hotel. Seguimos sus instrucciones y subimos al automóvil, que en apenas tres minutos nos sacó del aeropuerto y nos condujo por las callejuelas hasta el “mejor” hotel del lugar. Una vez allí nos asignaron una habitación. Como haríamos en cada ciudad que visitáramos, lo primero fue reportarnos con la Embajada de México en Moscú y llamar por teléfono a algunos familiares en México.

Manifestación por la liberación de los “Prisioneros de Sión”. Yeshiva University, USA, 1960 

Hacíamos todo esto deliberadamente desde el cuarto del hotel, para que las autoridades supieran que no estábamos solos y que éramos ciudadanos mexicanos; esa era nuestra única protección. No nos atrevíamos a salir a trabajar sin antes cumplir con ese procedimiento. Sabíamos que la habitación tenía micrófonos visibles en el techo, y las llamadas, hasta que lograban establecerse, podían obligarnos a permanecer encerrados entre ocho y diez horas. Aunque perdíamos un tiempo valioso, ese encierro también nos permitía preparar en absoluto silencio nuestro plan de acción y las visitas que haríamos. Esa noche, hacia las 11:00 p.m., ya habíamos hecho dos llamadas y estábamos ansiosos por salir. Dejamos la ropa elegante con la que debíamos viajar y nos vestimos con prendas humildes y oscuras, tal como nos habían indicado, para no llamar la atención al caminar entre la gente. Unos jeans, por ejemplo, nos habrían delatado de inmediato como turistas. Por fin salimos a pie por las calles desiertas, siguiendo de memoria la ruta que habíamos trazado en un mapa, rumbo a la casa de nuestro “número uno”. Se llamaba Shlomo Wainstock, y yo conocía de memoria la historia de su vida. Tras caminar casi una hora y comprobar que nadie nos seguía, llegamos a la dirección indicada. No entramos enseguida: seguimos de largo, rodeamos la manzana y, solo cuando estuvimos seguros de no ser observados, entramos en aquel caserío oscuro y pestilente. Con una linterna de bolsillo iluminamos los buzones hasta encontrar la puerta correcta: la número 13. Hacia allí nos dirigimos con cautela, por un pasillo apenas alumbrado por un foco colgante de luz tenue. El ambiente era siniestro. Sudábamos de miedo y emoción, y el corazón nos latía con tanta fuerza que parecía salirse del pecho. Llegamos a la puerta, apenas un pedazo de cartón que daba a un patio como las demás. Tocamos tres veces. De inmediato apareció una anciana, alarmada. Abrió, nos observó en silencio, entre asombrada y temerosa, y volvió a cerrar. Nos quedamos desconcertados: no entendíamos por qué nos cerraba la puerta cuando creíamos llegar para ayudarla. Insistimos y tocamos de nuevo. Ella abrió otra vez y, con señas, nos indicó que nos fuéramos. Nosotros negamos con la cabeza: queríamos entrar y hablar, convencidos de que aquella era la puerta correcta. Decidimos hablarle en yidish y explicarle que éramos judíos; incluso sacamos las kipot que siempre llevábamos en la bolsa y nos las pusimos para intentar romper el hielo. Nos cerró la puerta una vez más. Estoy seguro de que entendió quiénes éramos, pero aun así se negaba a dejarnos pasar. Tras dudar unos instantes, decidimos intentarlo por última vez: no queríamos rendirnos después de todo el esfuerzo realizado. Volvimos a tocar. Esta vez abrió y comenzó a gritar en ruso. Aunque no entendimos sus palabras, era evidente que nos exigía irnos de inmediato. Estaba muy alterada y, mientras gritaba, las demás puertas de la vecindad empezaron a abrirse y la gente comenzó a asomarse. Asustados, corrimos hacia la calle y nos alejamos varias cuadras. Al llegar a una esquina, nos detuvimos para recuperar el aliento y decidir qué hacer. Como aquel primer intento había fracasado por completo, resolvimos buscar a nuestro “número dos”. 

Tomamos un taxi y, en ruso, le pedimos al conductor que nos llevara a la calle que buscábamos. Para no revelar la dirección exacta, le dimos un número al azar que, según calculamos, nos dejaría a varias cuadras del verdadero destino. No era lo ideal, pero el tiempo jugaba en nuestra contra y no teníamos otra alternativa. El chofer no hizo preguntas: por dos rublos, nos llevó sin vacilar hasta el lugar indicado.

Poster de la época: “Shalaj et amí” – “Deja salir a mi pueblo”

Al bajar del taxi, encontramos la calle desierta; era muy tarde. Caminamos hasta nuestro destino tomando las mismas precauciones de antes. Al llegar, vimos que el lugar se parecía mucho al anterior, pero esta vez estábamos más decididos que nunca. Tocamos la puerta indicada y, tras insistir varias veces sin respuesta, apareció un hombre de mediana estatura, robusto, vestido con gatkes —una especie de pijama—, de barba roja abundante, calvo, con ojos azules como el cielo y una enorme kipá negra. Al vernos, nos ofreció una sonrisa tan amplia y reconfortante que, en un instante, disipó toda nuestra ansiedad. Caminó hacia nosotros, nos abrazó y nos besó en ambas mejillas rompiendo el silencio con un escandaloso “shalom aleijem” (La paz sea con ustedes), ¡a lo cual contestamos emocionados “aleja shalom” (Que contigo esté la paz)! En medio del pasillo comenzamos a hablar apresuradamente en hebreo. Él no se expresaba en el hebreo cotidiano, sino en el hebreo bíblico, antiguo; aun así, nos entendimos bien. No pidió explicaciones: sabía a qué veníamos y, al parecer, ya estaba familiarizado con este tipo de encuentros con viajeros como nosotros.

            El “número dos” era Alexander Feiguin, a quien sus amigos llamaban Sasha y los judíos del lugar conocían como el jajam, el sabio. Precisamente sobre él trata este relato: el hombre más impresionante que he conocido en mi vida. Nos pidió reunirnos al día siguiente a la salida de una estación del metro. Así lo hicimos. Caminamos hasta un jardín y conversamos con él durante cuatro horas en una banca. Le contamos lo ocurrido con el “número uno”, y entonces nos explicó que habíamos llegado a la dirección correcta, pero que él ya no vivía allí desde hacía más de un año. Aquella era la casa de sus padres. Había desaparecido para no involucrarlos en el hostigamiento que la KGB ejercía contra él. Se mudó a un departamento en las afueras de la ciudad, se casó con una joven judía, tuvo un hijo y cambió de nombre. Sus padres no sabían nada de él. Lo hizo para protegerlos y evitar que las autoridades los molestaran.

            Sasha también nos habló de su vida y de cómo había cambiado desde que decidió emigrar a Israel. Perdió su trabajo como ingeniero en computación y, para ganar algunos kopeks y alimentar a su esposa ciega y a su hija de ocho meses, trabajaba de noche como cargador en la estación del tren. Nos contó cómo se acercó a la religión y por qué la gente lo llamaba el jajam: era el judío que más Torá sabía en toda la zona. No tenía el título de rabino porque en Rusia no habían existido yeshivot durante más de cincuenta años, y no había nadie que pudiera examinarlo ni otorgarle ese grado. Sin embargo, algo era evidente: él era el líder espiritual de la comunidad, un auténtico autodidacta.

            Conseguía en el mercado negro antiguos libros religiosos —guemarot y mishnayot— y los memorizaba por completo. Aprendió a realizar el brit milá, la circuncisión ritual, para que los varones judíos recién nacidos pudieran ser consagrados conforme al pacto sagrado entre el pueblo de Israel y D–s, como lo había hecho Moisés en el desierto. También aprendió a hacer la shejitá, el sacrificio ritual de animales, para que quienes desearan comer carne kosher, aunque fuera una vez al año, pudieran hacerlo. Llevaba a cabo esa tarea en una bodega abandonada, de noche y arriesgando la vida siempre que era posible. Además, se puso de acuerdo con un tendero ruso para guardar esa carne en un refrigerador de su tienda. Así, los judíos del lugar sabían en secreto que, de vez en cuando, podían encontrar allí aquella carne tan valiosa. No había duda: aquel hombre era un verdadero héroe contemporáneo del pueblo de Israel. Además, era el líder de todos los refusnikim del lugar, quienes estaban bien organizados bajo su mando. A escondidas se daban clases de religión, hebreo y sionismo en las noches en casas de algunos de ellos. ¡Era algo increíble!

Desde el primer momento surgió una química instantánea con él, como si nos conociéramos de toda la vida. Nos ayudó a concertar las citas con las demás familias de esta ciudad y él nos acompañó a cada una de ellas. Cada una fue una experiencia inolvidable, pero el personaje era él. Todo esto lo hicimos en dos días, ya que a la tercera noche era la víspera de Yom Kipur, el día más importante para los judíos en el año. Habíamos quedado de vernos con él en la Sinagoga ashkenazi, y si tomamos en cuenta que solo en la ciudad de México hay más sinagogas que en toda la Unión Soviética, el hecho de que en este pequeño lugar de tan sólo 30.000 habitantes existiesen dos era algo insólito. Teníamos instrucciones de que, en caso de no poder contactar a ninguna de las familias, por lo menos hiciéramos el intento de ir a la sinagoga del lugar y platicar con la gente, no sobre nuestra misión, sino sobre el hecho de que éramos dos turistas judíos de México y que les traíamos un mensaje de paz y prosperidad para el año nuevo. La noche de Kol Nidrei, mi compañero y yo por equivocación llegamos a la sinagoga Haleví, nos impresionamos bastante ya que vimos mucha gente reunida en el lugar, todos con kipá blanca en la cabeza, no lo podíamos creer, ya que esperábamos encontrarla vacía. Nos acercamos, nos pusimos nuestras kipot y entramos al rezo.

Poster de la época: “Let my people go” – “Deja salir a mi pueblo”

Nadie se acercó a saludarnos ni a preguntarnos de dónde veníamos, el rezo lo dirigía un cantor de memoria, ya que no había majzorim, y si había dos o tres a lo sumo, lo compartían entre quince o veinte personas cada uno. Hay que tomar en cuenta que los rusos quemaron todos los objetos religiosos desde la guerra mundial, y un libro de estos era de un valor incalculable. Desde el lugar en que estábamos parados vimos que la gente se secreteaba sobre nosotros y nos observaba, pero nadie se atrevió a acercarse a nosotros, lo que nos extrañó mucho, porque es costumbre judía acoger a los viajeros correligionarios de otros países. Decidimos salir al patio y tratar de hacer contacto con la gente, teníamos unas ganas tremendas de platicar con ellos, salimos, nos paramos en medio de la gente esperando que la curiosidad moviera a algunos de ellos hacia nosotros. Cosa también interesante era que solamente eran hombres, de edad madura; no había jóvenes, ni mujeres, ni niños. La gente en lugar de acercarse se separaba de nosotros, estábamos a punto de darnos por vencidos e irnos al hotel, cuando me dije a mí mismo, no me puedo ir de aquí sin hablar con ellos, así que me puse a preguntar en voz alta para que me escucharan alrededor, si alguien hablaba hebreo. Nos voltearon a ver, dejaron de platicar, y nos veían como si estuviéramos locos. Subí el tono de voz y grité: quién de aquí habla hebreo. Aproximadamente ciento cincuenta personas que había ahí empezaron a vernos asustados, como si hubiéramos cometido un sacrilegio, nos rodearon dejándonos solos en el centro, se creó un silencio aterrador, y volví a gritar: quién de aquí habla hebreo (en hebreo). Una voz de entre la multitud, que no pude ver, nos contestó en hebreo: nos está prohibido hablar en el idioma santo, y muy pocos lo sabemos; se había roto el hielo. Todos nos veían con las caras interrogantes, preguntamos si alguien hablaba inglés, dos hombres levantaron la mano e inmediatamente se acercaron al centro, nos abrazamos y les pedimos que empezaran a traducir a todos en ruso lo que les queríamos decir. Primero que les deseábamos un buen año, luego, que todos en el mundo saben que los judíos en Rusia sufren y que traemos un mensaje para reconfortarlos. Luego les contamos que en México hay escuelas donde los niños pueden recibir una completa educación judía. No lo podían creer, todo el mundo en silencio esperaba las traducciones ansiosamente. 

Sasha y Max Lashak en Tbilisi. Yamim Noraim, 1986.

Veíamos sonrisas en los rostros, empezaron a bombardear a nuestros traductores con preguntas que tratábamos de contestar ordenadamente, como: si habíamos estado alguna vez en Israel; si habíamos tocado el milenario Muro de los lamentos en Jerusalem; si es cierto, que la gente camina por las calles sin avergonzarse de ser judíos; y muchas más que ya no recuerdo. Las lágrimas se nos salían de la impresión, la gente se alocó de la emoción y se hizo un desorden total, todos impresionados nos querían tocar al grado de jalonearse entre ellos y ver si de verdad éramos de carne y hueso. Nos ponían las manos sobre la cabeza para bendecirnos, y la situación comenzó a tornarse tan intensa que tuvimos que escapar de allí. Ya en el hotel, lloré durante horas por la emoción de lo vivido esa noche. No vimos a Sasha, pero la semilla de esperanza que sembramos en aquellos corazones valió la pena: esa sola experiencia bastó para hacer fructífero nuestro viaje.

            Al día siguiente, mientras ayunábamos por Yom Kipur, decidimos ir a la otra sinagoga, donde estaban Sasha y muchas de las personas que habíamos visitado. Llegamos tarde y el rezo se interrumpió: todos habían oído hablar de nosotros y querían saludarnos. También querían concedernos varios honores durante la oración, pero no los aceptamos para no ponernos en riesgo, pues sabíamos que en el lugar había gente de la KGB. Nos dimos cuenta porque la gente nos lo dijo. El día transcurrió muy rápido, en parte porque no sabían llevar el rezo y se saltaban muchos versículos, y también porque todos querían hablar con nosotros. Sasha se veía radiante, como todo un rabino, vestido de negro con levita y sombrero. En mis pláticas con él los días anteriores se dio cuenta de que yo sabía mucho de religión y sobre todo sobre liturgia judía y en especial, le comenté que lo que más me gustaba era tocar el Shofar. Como es sabido, el ayuno del Yom Kipur concluye con el sonido del Shofar. Al final del día Sasha lo iba a tocar cuando, de repente, se frenó, volteó a verme y les dijo a todos en la sinagoga, que me pidieran que yo lo hiciera. Me cayó de sorpresa, la gente empezó a repetir mi nombre y a insistir en que aceptara este gran honor. Me negué, no por falta de ganas, sino por la misma razón por la que mi compañero y yo habíamos rechazado todos los honores durante el día: sabíamos que muchas de las personas reunidas allí habían viajado durante varios días para llegar a ese templo y que estábamos bajo la vigilancia de la KGB. Aceptar un honor así podía interpretarse como un desafío y quizá provocar incluso la clausura de la sinagoga. Por eso, finalmente fue Sasha quien tocó el Shofar. Cuando terminó, la gente comenzó a despedirse para regresar a sus hogares. Entonces ocurrió algo que nunca podré olvidar: Sasha se acercó a mí y me pidió que aceptara el shofar como regalo. Le dije que no podía aceptar un presente semejante, pues seguramente no tendría otro. Él me respondió que no me preocupara; entre muchas otras cosas, también sabía fabricar shofarot con los cuernos de los animales que sacrificaba para obtener carne kosher. Insistió en que debía aceptarlo porque no era un shofar cualquiera: tenía una historia de más de trescientos años y había pasado de generación en generación dentro de su familia. Cada vez que había sido tocado, lo habían escuchado judíos en sufrimiento: en campos de trabajo forzado, en algún shtetl azotado por el antisemitismo y ahora en Tbilisi, donde había judíos que querían vivir libremente su identidad y no podían hacerlo. Si de verdad yo tocaba el shofar en México, me dijo, debía comprender el significado bíblico de sus sonidos: la libertad del pueblo hebreo y su alianza con D–s a lo largo de la historia.

            Por eso, sentí que mi deber era sacar ese shofar de la Unión Soviética y mostrarlo a los judíos libres del mundo como un testimonio verdadero de lo que vivían nuestros hermanos en Rusia. No se trataba de historias lejanas, sino de una realidad concreta. Sasha me pidió que, si algún día tenía la oportunidad de tocarlo fuera de la URSS, lo hiciera, porque había llegado el momento de que ese shofar también fuera libre. Conmovido y con lágrimas en los ojos, lo acepté de todo corazón. Lo saqué de la Unión Soviética y cumplí su petición. Más tarde intenté donarlo a algún museo en el Estado de Israel, pero me respondieron que yo sabría valorarlo mejor. Por eso, hasta el día de hoy, lo conservo como mi bien más preciado.

            Tres años después viajé a Israel y encontré a Sasha viviendo en Jerusalén, donde era rabino de una pequeña comunidad junto con muchas de las familias que había visitado. Gracias a D–s.

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