El difícil arte de rescatar la historia de las comunidades de Argentina

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Walter Adrián Duer es periodista y escritor. Ha colaborado con los principales medios gráficos de la Argentina (Clarín, La Nación, El Cronista) y con numerosos diarios y revistas de Chile, Colombia, México, Ecuador, España, Italia y Estados Unidos. Es autor, entre otros libros, de Manual del buen judío (Penguin Random House), Boca, el libro del Xentenario (Planeta) y Marcados por el destino (Asunto Impreso). Durante los últimos quince años ha publicado—en la mayoría de los casos junto a la investigadora María Cherro de Azar—diez libros dedicados a la historia de las comunidades judías de la Argentina y biografías de grandes sabios, rabinos y benefactores. Actualmente trabaja en tres nuevos proyectos editoriales con esa misma orientación.

En los últimos años, tuve el zejut, el privilegio, de escribir, acompañado a lo largo de buena parte de esta tarea por la licenciada María Cherro de Azar, numerosos libros que cuentan la historia de instituciones judías de la Argentina, muchas de ellas ya centenarias, así como las biografías de notables rabinos, benefactores y jajamim. Una operación de rescate tan titánica como necesaria. A lo largo de lo que ya son varios miles de páginas, sumando todos los volúmenes publicados más los que están en etapa de producción, contamos historias, describimos personajes y relatamos hechos que, de otra forma, se hubieran evaporado por el paso del tiempo.

Sin excepción, todos esos trabajos fueron exponiendo puntos en común que conectan a todas las comunidades, en especial a las sefaradíes, que parecen haber desarrollado de una forma diríamos genética cualidades que se repiten en unas y otras, independientemente del origen de los fundadores, del estrato social al que pertenecen sus asociados o al estilo dirigencial de sus comisiones directivas.

Una de ellas es la paradoja de contratar investigadores y escritores que exploren sus historias y, en simultáneo, resistirse a ser investigadas y escritas. Se combinan, para que se produzca esa tensión, varios factores. 

El primero, tal vez el más difundido, es el desdén cultural por proteger el patrimonio. Una de las primeras cosas que hago cuando inicio un nuevo trabajo es consultar por la documentación disponible, en particular, los libros de actas donde las comisiones reflejan su accionar semana a semana, la correspondencia antigua, las ketubot —certificados matrimoniales— , memorias y balances y fotografías de todas las épocas. A lo largo de estos ya quince años de investigaciones, me he topado infinidad de veces con expresiones que van desde el más coloquial “no tenemos nada” hasta el más elaborado “hemos perdido todo en la última inundación” (el equivalente al “el perro me ha comido la tarea” que solía usarse en la escuela).

Salvo un exótico y excepcional caso, que tenía todo el material ordenado en un armario (y que, pensándolo a la distancia, tal vez haya sido el más productivo, pero también el más aburrido), cuando los documentos aparecen, lo hacen en el lugar más exótico. 

Imagen generada con asistencia de IA (#GeminiAI)

En una comunidad, luego de que me aseguraron durante casi un año de trabajo que no habían quedado rastros de ni un solo libro de actas, aparecieron todos apilados en un armario que exhibía elaboradas telarañas, producto de la enorme cantidad de tiempo que llevaba sin abrirse. En otra, estaban en un subsuelo de una propiedad que nadie usaba acumulando polvo y humedad.

Pero los casos más llamativos fueron aquellos que me obligaron a trastocar mi aspiración adolescente de convertirme algún día en un escritor como Jorge Luis Borges y me llevaron a un sueño más infantil, el de ser como el arqueólogo aventurero Indiana Jones. Este hecho sucede cuando la institución tiene un único cuarto al que va a parar todo lo que no cabe en los muebles donde se guardan las cosas que se usan en el día a día: juegos infantiles en desuso, libros litúrgicos que se compraron en demasía, viejas impresoras de matriz de puntos, las cajas enormes en las que venían cuando fueron compradas, talonarios de recibos, boletas de electricidad, gas y agua antediluvianas, presupuestos que nunca se aprobaron, candelabros, talits que sus dueños tal vez sigan buscando, kipot de suvenir de bodas o algún bar mitzvá y una lista variopinta, e interminable, de etcéteras.

Ese cuarto puede estar, según me dicta la experiencia y a modo de ejemplo, en el último piso de una escuela, en una habitación de una sede social que nadie recuerda con qué objeto fue construida o en el espacio inerme que dejan en su lado invisible las escalinatas bajo el palco de mujeres en el templo. En al menos dos ocasiones me encontré literalmente escalando montañas de papeles para, desde la cima, empezar a diferenciar la paja del trigo y poner en una pila la memoria y balance de 1988 y, en la otra, una demanda realizada por un empleado díscolo. Allí, a lo alto, aprovechaba los momentos de descanso para reírme de todos los médicos que me habían advertido que mi trabajo era demasiado sedentario.

El segundo elemento que dificulta la investigación de las comunidades judías en la Argentina (por lo que pude explorar, es una cualidad común a muchas entidades de la diáspora) es la pasión que se ejerce en nuestras instituciones por el “secreto”. Aún cuando aparecen los libros de actas, siempre hay alguno que falta. Incluso cuando hay carpetas en las que se guarda toda la correspondencia, aparecen blackouts de fechas. 

No hay mejor manera de explicar este fenómeno que con un nuevo ejemplo. Un askán apasionado por la historia nos acompañó a lo largo de toda la investigación para el libro de “su” comunidad (la palabra “su” está entre comillas con un propósito que explicaré en breve, cuando me detenga en el tercer gran obstáculo). Desarrollamos una relación afectiva. Luego de decenas de meses de trabajo, se nos acerca un día y nos dice que se acababa de dar cuenta de que en su oficina había muchos documentos que no habíamos visto. Lo acompañé y abrió delante de mis ojos un armario que tenía dos pilas de papeles, una junto a la otra, de aproximadamente setenta centímetros de alto cada una.

– Esto es una maravilla -le dije-. Ya mismo me llevo todo.

– No, mejor no, es mucho peso -me disuadió-. En un ratito mando a llamar a uno de los muchachos que nos ayudan para que te alcance todo.

El ratito se convirtió en semanas. Cuando lo volví a ver, le recordé que teníamos pendiente la recepción de ese tesoro oculto. 

– Me olvidé -se disculpó-. Para no perder más tiempo, te diría que vengas a buscarlo ahora y te lo doy.

Volvimos a su oficina, abrió el mismo armario, pero esta vez, con los mismos ojos, vi dos pilas de papeles que no superaban, ninguna de ellas, los diez centímetros de altura.

Un tercer factor que convierte la escritura del libro en una odisea se produce cuando el askán principal de la comunidad completó el viaje de “sentido de pertenencia” a “sentido de propiedad”. Muchas veces, se trata de personas que llevan toda una vida entre las paredes de la institución. Conocen cada ladrillo, cada asociado, cada pliegue del parójet… Esta dimensión no está aislada de la anterior. Es común que los askanim sean depositarios de secretos institucionales o de información de circulación limitada. Por eso, muchas veces experimentan la sensación de que quien está investigando (y tarde o temprano se llega a la gran mayoría de los datos), de alguna forma, está inmiscuyéndose en sus asuntos personales o, peor aún, robándole algo que le pertenece.

Imagen generada con asistencia de IA (#GeminiAI)

Los entrevistados reticentes son una fauna particular que está presente en todas las comunidades. Personajes que cumplieron o no alguna función en el templo a lo largo de la historia y que por razones de las más diversas se niegan a hablar. Algunos aducen que su importancia es nimia y que, por consiguiente, no corresponde dar testimonio. Otros son víctimas de su propia timidez. Otros más temen que lo que tienen para decir no sea interesante. Y el ejército de los procrastinadores se limita a decir “llamame la semana que viene” hasta dos años después de terminado el proyecto. Todos estos subgrupos se convierten en uno solo cuando el libro está publicado: en ese momento, se aúnan para quejarse por no haber aparecido.

Por último, aparece una barrera que, para ser sorteada con cierto éxito, requiere de una gran capacidad de negociación: las omisiones. En general, a diferencia de lo que ocurre con un libro editorial, en el que el autor dice lo que le viene en gana, en un libro institucional la voz es, como su nombre lo indica, de la institución: sus líderes tendrán la última palabra respecto de qué se publica y qué no. 

En líneas generales, las controversias se concentran en tres o cuatro puntos: las comunidades centenarias que tuvieron saltos ideológicos en materia religiosa y que prefieren sepultar su pasado, personajes que en una época fueron relevantes para el crecimiento y el desarrollo de la kehilá y que luego cayeron en desgracia, actos dolorosos o indecorosos cometidos entre los asociados o pujas por el poder que, en algunos casos, terminan en verdaderos “golpes de Estado”.

La palabra clave para salir de este atolladero es “equilibrio”. Encontrar la forma de no faltar a la verdad y, al mismo tiempo, de cumplir con las reglas halájicas. Apelar a los elementos narrativos que nos permitan describir la lógica histórica sin mancillar el buen nombre ni el honor de nadie. A veces toma más trabajo pulir estos pequeños puntos de divergencia, en especial cuando la omisión afecta el proceso histórico de manera directa, que escribir el resto de las cuatrocientas o quinientas páginas que vaya a tener el libro.

Hay un dolor de cabeza adicional, íntimo del autor. Sin importar cuántas horas de cuántos días de cuántos años dedique a la investigación, las entrevistas, la lectura de documentos, el recorrido de bibliotecas o la navegación web, exactamente el día en que el libro esté impreso descubrirá, en el lugar menos esperado (una revista de otra institución con la que la investigada no guarda en apariencia ningún vínculo, la casa de una tía, la sala de espera de un dentista), un documento perdido que guarda un dato hermoso o fundamental que el texto no incluye.

El peso de estos eventuales inconvenientes, que se presentan casi de forma indefectible en cada nuevo proyecto de libro comunitario, tiende a cero cuando la obra está publicada. Porque estos pioneros, colaboradores e inmigrantes, en muchos casos casi sin recursos, casi siempre en una geografía hostil, lograron erigir templos, escuelas y cementerios para la colectividad judía que, en número cada vez mayor, se están convirtiendo en entidades centenarias. Cada página escrita, por lo tanto, es un punto ganado en una lucha cuerpo a cuerpo entre la trascendencia y el olvido.

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