Malka González Bayo
Psicóloga analista de International Association for Analytical Psychology (IAAP, Zürich). Fundadora del Instituto Carl Gustav Jung de Barcelona. Profesora en el máster de Psicología Analítica en colaboración con la Universidad Autónoma (UAB) de Barcelona. Co-fundadora de la Red Tarbut Sefarad de difusión de la cultura judía. Autora de Los apellidos judeoespañoles, Ed. Obelisco, 2008.
Comienzo a escribir este artículo en plena contienda de la guerra con Irán por parte de Israel y EE. UU. Cada día, nos asomamos a un abismo del cual no sabemos cómo vamos a salir.
Los noticieros abren la información de este conflicto contando los días de duración como una cuenta siniestra, como si el tiempo mismo quedase atrapado en la repetición obsesiva de la violencia. Es el tiempo de Ares.
Paralelamente, en el mundo judío comienza otra cuenta que mira hacia el futuro: los cincuenta días del Ómer hasta la Pascua de Shavuot (Pentecostés para los cristianos), sincrónicamente una cuenta invertida a la anterior, una cuenta de vida, de camino y transformación para llegar a la fiesta de la entrega de la Torá. Tenemos que transformarnos cada año para recorrer día a día el camino de la ética. No es algo acabado, no es algo aprendido. Es un proceso constante de resignificación de la vida, y con ella hay que caminar hacia el futuro. Con sus dudas, con sus dificultades para llevarla a la voluntad. “Naasé ve nishmá” ーharemos y escucharemosー que no al revés. El acto es el que prefigura la ética, no la doctrina.
La humanidad, aunque sea de forma inconsciente, camina entre dos tiempos superpuestos. Uno que mide la destrucción, el proceso del tánatos o muerte, el tiempo de Cronos devorador de la materia. Y otro que mide el camino de sentido y de lo trascendente. Hace unos días hemos podido percibir esa tensión ante la declaración criminal de Trump avisando de destruir toda una civilización, poniendo en marcha un cronómetro funesto. Llegan los titanes amenazando con arrasarlo todo, como esas imágenes del reino devastado de las leyendas.
En medio de una insostenible e insolente guerra psicológica entre narcisistas con sus egos grandiosos acorazados y noticias incesantes, contradictorias, e interesadas, me pregunto cómo ha de ser este año nuestra cuenta del Ómer a través de esta permanente invocación a la guerra y la destrucción. ¿Cómo abrirnos camino en el alma con un mínimo equilibrio? Del mismo modo que en esta situación, no ha sido fácil vivir la alegría de la festividad de Pésaj, que celebra nuestra libertad y salida de Egipto, mientras Israel, apresado también en la hybris[1] de un nuevo faraón, está inmerso en intervenciones bélicas de alto nivel en distintas zonas: Irán, Líbano, Judea, Samaria, y sin olvidarnos de Gaza.
En medio de todas las tóxicas imágenes que inundan nuestro día a día a través de los medios de información, emergen preguntas mientras mi mente avanza y retrocede, se debate, cuestiona y trata de encontrar un asidero en medio de esta tempestad de la sin razón.
Pero la “sin razón”, no se trata tan solo de la no-razón, sino de la razón deshilvanada que fracasa ante la realidad y esta se vuelve incomprensible y des-conocible, porque ha perdido sus contornos y los perfiles de memoria que la condujeron hasta el presente. De tal manera que, llegada a este punto, no encuentro ni la una ni la otra y ya no sé ni lo que puedo preguntarme.
Quizás tiene que ver con el intento de explicarme el cómo y el por qué hemos llegado hasta aquí. Formulo la pregunta en plural, primera persona. Nosotros. Ya seamos los judíos, los israelíes no judíos, los sionistas, los judíos no sionistas o los judíos no israelíes y no sionistas y cómo no, el resto del mundo. Ojalá el acto de preguntar nos fuera un acto humano cotidiano, el más humano de los actos poniendo en común la palabra para tratar de buscar juntos aquello que aún no sabemos en medio de una realidad tan cruel y fragmentada.
Hemos pasado Pésaj aún con la memoria de los cánticos a la libertad. Y hemos de atravesar la paradoja de un nuevo relato que varias veces al día, desde los medios de comunicación, se nos narra con persistente insistencia a través de voces “expertas” (ninguna israelí por cierto) de que Israel es un estado criminal tirano y genocida. En una palabra, es el nuevo faraón del mundo que ejerce su brutal y despiadada opresión contra un pueblo indefenso al tiempo que, paralelamente en el mundo judío tanto en Israel como en la diáspora, resurgen temores profundos a futuros y nuevos exterminios.
¿Cómo podemos convivir con estas imágenes tan contradictorias y sombrías?
¿Solucionará esta guerra la difícil posición de Israel en el mundo, o la agravará aún más? ¿Nos dará más seguridad o todo lo contrario? Y, de ser así, ¿qué se hace? ¿Cómo se afronta una situación de conflicto permanente?
Tiempo de guerra.
Hemos de pensar la guerra. La guerra como presagio funesto de nuestra propia destrucción, como espectáculo obsceno, pero a la vez fascinador que nos intoxica la mente y el alma. De ello habló el postjunguiano James Hillman en su obra “Un terrible amor por la guerra”[2]. La guerra tiene un trasfondo arquetipal y mítico, de hecho, sabemos que en Grecia tenía su propio culto representado en su propia deidad. La idolatría a Ares. James Hillman plantea que la guerra persiste porque responde a una dimensión arquetípica que no sólo destruye, sino que también fascina, moviliza intensidades profundas, rompe la monotonía de lo cotidiano y atrae incluso a quienes la rechazan.
Hemos de pensar la guerra. Pero no para colocarnos en una polaridad reductiva y excluyente entre la defensa a ultranza del belicismo frente al enemigo como única respuesta, o en su extremo, un simplificado y reductivo “No a la guerra” porque un simple “no a la guerra” no significa que haya paz. Lo sabemos en nuestras relaciones y vínculos, el “no a la guerra” sin más análisis también niega el conflicto y lo camufla, lo esconde. Y lo que es peor, le da cobertura al mal que se oculta.
Sin dudarlo, la humanidad viene resolviendo sus conflictos poniendo el cuerpo y la vida en el empeño, porque al poner la vida en riesgo aquello por lo que se lucha adquiere un valor supremo.
A lo largo de la historia, todos los cambios y revoluciones de todas las tendencias se han realizado mediante la violencia de algún tipo a través de luchas armadas de diferente signo ya sea por cuestiones ideológicas, patrióticas, económicas o religiosas. ¿Quién no daría la vida por una idea después de la adecuada concienciación ideológica? ¿O por una patria después de la permanente exaltación militar? ¿Y cómo no darla por Dios después del constante adoctrinamiento y manipulación de las almas? Pero no así los señores de la guerra por motivos económicos, que son los que sacrifican centenares de miles y millones de vidas para el culto diario de su propio becerro de oro. Ellos son los que ganan siempre y no mueren nunca en los conflictos bélicos.
Y, sin embargo, parece que todo cambio lleva la marca de la guerra. Ya lo dijo Heráclito hace 2500 años: “La guerra es el padre de todas las cosas.”
Nos guste o no, la realidad nace del choque y la oposición. Nada existe sin la tensión de opuestos. Ni la vida misma, con su muerte a cuestas, para poder ser vida.
En Kohelet, el Eclesiastés, se plantea una realidad dinámica en la que la guerra también forma parte. Hay un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz. ¿Nos quiere decir entonces el sabio que la guerra es inevitable?
La guerra no es solo política. Es la exteriorización de la pulsión misma a la violencia, que late en nosotros, y que muchas veces va de la mano de lo sagrado. Quizás por eso se mantiene desde que existimos como humanidad.
La mayor parte de las guerras no se sustentan únicamente en una idea económica. Esa lógica pertenece a las élites idólatras del dinero y el poder. Pero lo que moviliza a las masas es otra cosa. Entonces ¿qué imágenes actúan sobre la psique colectiva con tal entrega acrítica? La historia nos muestra que estas imágenes no surgen de forma espontánea ni inocente. Se sedimentan. Se transmiten. Se heredan.
No pertenecen únicamente a una generación, sino que atraviesan siglos como estructuras latentes en el inconsciente colectivo.
Para centrarnos en el tema de las guerras que libra Israel y sin negar las críticas que puedan hacerse a su política y sus decisiones, hay que profundizar en las causas de fondo que a lo largo de los siglos han atravesado la memoria judía. No se trata de justificar, se trata de entender. El antisemitismo europeo no fue un fenómeno puntual ni circunstancial. Se trató de una guerra cultural y espiritual implacable que duró casi dos milenios y que fue configurando una imagen del judío como un “otro sombrío y radical” y esa misma imagen vuelve a aflorar en nuestros días.
Desde los primeros siglos del cristianismo, la figura del “pueblo deicida” fue internalizándose en el imaginario colectivo obligando al pueblo judío a conversiones forzadas, inquisiciones, decretos conciliares, autos de fe, expulsiones y pogromos, culminando en la herida irreparable de la Shoá. Todo ello fue dando forma a una memoria fragmentada pero persistente. No es solo una secuencia de hechos. Es una inscripción, una hendidura, una herida, un hueco grabado en la psique colectiva. Una marca en la continuidad, y esa marca no puede ser neutra.
Cuando el trauma se repite en cada generación, la memoria deja de ser solo recuerdo y se convierte en estructura. Y en ese punto de tensión que la propia memoria ejerce, algo puede quebrarse al tiempo que no se olvida, porque sabemos que el acto de recordar es un mandato bíblico (zajor), es una urdimbre que estructura la identidad y la espiritualidad judía, al mismo tiempo que la memoria tampoco puede integrarse plenamente. Son fragmentos, restos mnémicos. La memoria ha quedado mutilada y a la vez, esta memoria no borra el pasado; lo fija, lo absolutiza. Al hacerlo, transforma el tiempo en una repetición latente. Lo que fue, amenaza con ser de nuevo en cualquier momento. Desde esta posición, el mundo aparece como un espacio potencialmente hostil y el “otro” como portador de una amenaza arcaica. Es la ansiedad y la angustia ante el peligro existencial.
Y volvió a pasar. Tras el 7 de octubre, aun a pesar del trauma al que estaba sometida la población israelí, profesores universitarios norteamericanos llegaron a celebrar la matanza de Hamás como una experiencia “excitante” como si de un aquelarre se tratase, al tiempo que colectivos de universitarios, artistas, intelectuales y tertulianos de izquierda trataban de “contextualizar” la terrible violencia como parte de la resistencia palestina contra la criminal ocupación israelí ejercida desde 1948, desde su origen como estado.
En la misma semana en que Israel inicia la guerra contra Hamás para recuperar a los rehenes, la acusación de genocidio fue inmediata y la reactivación de las viejas imágenes se despertaron de nuevo como una inervación de los antiguos complejos colectivos antisemitas. Israel dejaba de ser un estado democrático y legítimo con derecho a defenderse, para convertirse en el estado judío “mata niños”. No se trata pues de una guerra como cualquier otra en la que, de forma siempre terrible y cruel, mueren inocentes. Volvíamos a los viejos libelos de sangre medievales que daban cobertura a las persecuciones, a los linchamientos y a los juicios inquisitoriales en el pasado.
“Ellos que han sido las víctimas están haciendo lo mismo que los nazis hicieron con ellos”.
Los mismos que repiten esta consigna no intentarán sin embargo contextualizar la violencia bélica de Israel como lo hacen con la guerra terrorista de Hamás o Hezbolá a la que se le conceden todos los atenuantes históricos.
Pensar la guerra es tratar de ponerla en contexto desde todos los lados, aspectos y rostros. Justo lo que no hacemos, porque solo miramos la realidad con un ojo solo. El de “nuestro” lado. Somos analistas tuertos. Todos.
El mundo rechaza la posición de víctima de Israel al tiempo que no conoce la historia del pueblo judío ni le interesa, por tanto, la respuesta es de corto alcance ante el estímulo inmediato. Sin duda, es difícil sustraerse a las emociones que generan las terribles imágenes que se reciben día tras día y a todas horas con un relato muy difícil de equilibrar. Los medios de comunicación no solo informan. Construyen realidad. Seleccionan fragmentos, los amplifican, los repiten, los cargan emocionalmente. El problema no es únicamente la mentira. El problema es la verdad recortada.
Una mentira puede ser desmontada. Pero una verdad parcial es mucho más difícil de cuestionar, porque contiene en sí misma un núcleo de realidad. Y es precisamente en ese núcleo donde se inserta la manipulación.
La repetición constante de imágenes de destrucción —especialmente en el conflicto Israel-Palestina— ha generado una saturación emocional que sustituye la comprensión por el impacto. No hay tiempo para pensar. Solo para reaccionar.
Aquí emerge con claridad la figura del puer[3]: una conciencia que no tolera la complejidad, que necesita posicionarse rápidamente, que se adhiere a lo emocional como criterio de verdad. Pero esta infantilización no produce pasividad. Produce lo contrario: hiperacción emocional. Indignación inmediata.
Juicio moral sin matices. Identificación rápida con un bando. En este estado, la conciencia no elabora: reacciona. Y esa reacción es fácilmente orientable. La guerra de intoxicación no busca convencer. Busca saturar. Porque una psique saturada no piensa.
Dicho esto, reconozcamos no obstante la dificultad para asimilar cognitivamente que aquel que tiene el equipo bélico más sofisticado y poderoso pueda sentirse víctima ante un pueblo oprimido. ¿Es acaso posible que el que destruye edificios y ciudades con alta precisión como si fuera un coloso pueda sentirse víctima?
Como si no pudiera existir una relación entre víctima y poder. ¿Pero quién se puede plantear esta relación ante la intoxicación de los impactos visuales?
La relación entre víctima y poder no es lineal ni simple y toda víctima puede reaccionar de formas muy distintas ante el trauma. Puede quedar fijada en una posición de indefensión aprendida paralizada ante el terror vivido como fue la respuesta del pueblo judío a lo largo del tiempo, o por el contrario identificándose con sus agresores, puede reaccionar de forma hipertrofiada desarrollando una respuesta sobredimensionada frente a la nueva amenaza.
Dicha respuesta puede ser en función de la duración de la persecución y la imagen que se perpetúa ante los horrores sufridos. Esta es la situación de la memoria judía después de la Shoá y la fundación del Estado de Israel. De la sumisión ante el horror de Auschwitz, a los F-35 y a la defensa bélica por encima de todo. Nunca Más.
Desde mi punto de vista, Israel se enfrenta a este problema en la psique colectiva y nos afecta a la diáspora. Israel como estado es el garante de lo que nunca más volverá a ocurrir, pero al mismo tiempo se nos exige poco a poco la hipoteca de nuestro pensamiento. Parte de la diáspora, ha ido quedando cautiva de cualquier acto que haga Israel como garantía de nuestra seguridad y de forma totalmente acrítica, se siente “obligada” a no cuestionar nada del estado para no ponerse del lado de los que quieren atacarlo. Es la defensa por negación.
ーTenemos el ejército más moral del mundoー Titanismo[4] moral, inflación[5] del bien. En estos momentos indefendibles cuando la distinción entre defensa y destrucción total se vuelve cada vez más difícil de sostener. Tampoco nosotros estamos exentos de caer en el mismo simplismo y reduccionismo de la necedad que criticamos.
Una víctima puede convertirse en representante del poder, aunque el trauma no desaparece con el poder, porque la memoria traumática del exterminio ha hipertrofiado su defensa en una vigilancia permanente. El trauma configura y estructura la narrativa de la vida e incluso esta puede intensificarse. No solo hiere, organiza la percepción del mundo.
Una víctima que ha atravesado el horror no vuelve a mirar la realidad del mismo modo. El peligro no es una posibilidad abstracta, es una certeza anticipada y esa anticipación puede generar una forma de existencia basada en la vigilancia y en una hiperreacción permanente: No puede volver a pasar.
Pero esa vigilancia constante tiene un coste; puede transformar la defensa hipertrofiada en un sistema normalizado que atraviesa la vida y la acoraza. En ese punto, lo trágico es que la víctima no deja de serlo en su memoria, aunque aparezca como portadora de un poder devastador. ¿Una víctima piloteando un F-35? Aquí está la contradicción que produce una especie de disonancia cognitiva. La memoria del exterminio entra en tensión con la realidad política, y se transforma en la imposibilidad de bajar la guardia, en una permanente y obsesiva anticipación del peligro.
Pero es precisamente aquí donde el riesgo de la hybris se vuelve más sutil y peligroso, cuando la defensa, nacida de un trauma real, comienza a expandirse sin límite y a justificarse a sí misma en nombre de ese mismo pasado. La víctima ha aprendido a ejercer el poder y la herida colectiva justificará su propio titán sobre compensador.
Y el mundo no lo perdonará.
Israel ahora se nos presenta como la desmesura de la hybris titánica que arrasa, y el antisemitismo aumenta.
El titanismo es sobre todo una pérdida de escala psíquica porque el sujeto ya sea individual o colectivo, deja de percibirse como limitado y comienza a identificarse con una fuerza que lo excede. Es la inflación, la omnipotencia. Ya no actúa. Es actuado.
En ese punto, la guerra deja de ser una herramienta y se convierte en un campo autónomo. Por eso es peligrosa, porque nunca se sabe cómo y cuándo acaba. No busca resolución. Busca continuidad. Y en esa continuidad se alimenta a sí misma. Por eso, los titanes no necesitan tener razón. Necesitan seguir mientras despiertan a otros titanes. Entre ellos se reconocen, se miden, se permiten. Hay un goce mutuo en esa potencia compartida. La hybris, el exceso, no pertenece a uno solo. Es un campo muy potente de energía psíquica colectiva. Con ella tenemos que aprender a lidiar siempre y cuando nos atrevamos a reconocerla en nuestro propio lado.
No se trata simplemente de una hipertrofia del poder. El mundo mismo es el lugar de esas fuerzas y estas ya estaban aquí mucho antes de que el pueblo judío considerase ni remotamente tener un estado propio. Sabemos que no todos aplaudieron esta idea. Los titanes ya habían generado dos guerras mundiales antes de su nacimiento, aunque ahora según encuestas se piense mayoritariamente que el país más peligroso del mundo es precisamente Israel. No puede haber mayor hipocresía y necedad. También la necedad puede ser titánica en cuanto a lo sobredimensionado; la proyección colectiva hacia el pueblo judío está claro que también tiene rasgos míticos.
Si la hybris nombra la desmesura y el exceso propio de los titanes que puede habitar al individuo o al grupo cuando se identifica con una verdad absoluta, el titanismo nos sitúa en otro nivel aún más inquietante; aquel en el que las fuerzas en juego ya no pertenecen del todo a los sujetos que las encarnan porque traspasan a la conciencia, son fuerzas psíquicas sin límite.
No es simplemente el exceso, sino la irrupción de dinámicas impersonales, de una escala tal que desbordan la voluntad y la conciencia de quienes participan en ellas. Como en los antiguos mitos, los titanes no actúan movidos por deliberación moral, sino por una necesidad que los atraviesa.
En este sentido, la guerra no puede entenderse únicamente como el resultado de decisiones humanas, ni siquiera como la suma de intereses económicos o estratégicos. Hay en ella una dimensión en la que los pueblos, los estados, e incluso los individuos, parecen quedar tomados por una fuerza que los excede y que los lleva a identificarse con ese poder imaginario. No hay más que ver los nombres grandiosos que les ponen a cada operación bélica como si estuvieran lidiando una batalla mítica.
La hybris es en cierto modo, la puerta de entrada a ese estado; cuando el sujeto —individual o colectivo— se infla, se absolutiza, se identifica con una misión o con un destino incuestionable, se vuelve disponible para ser portador de esas fuerzas titánicas.
Y entonces algo cambia de cualidad. Ya no se trata solo de defenderse, ni siquiera de imponerse. Se trata de exigir continuidad, escalada, respuesta, contra-respuesta. Una lógica que se alimenta de sí misma. Lo ilimitado ha tomado el lugar de la razón. La inflación psíquica ha tomado el lugar central y no solo en los aspectos psíquicos, sino también a nivel material y económico como reflejo.
En ese punto, la guerra deja de ser un medio y se convierte en un campo en el que operan fuerzas que no buscan resolución, sino perpetuación hacia ningún lugar.
Lo verdaderamente inquietante del titanismo es que no necesita convicción moral para desplegarse. Puede utilizarla, instrumentalizarla, pero no depende de ella. Por eso, cada bando puede sentirse legítimo, incluso justo, mientras participa en una dinámica que lo arrastra más allá de sus propias intenciones.
Esa legitimidad se sustenta en una mitificación del mal en el otro que adopta signos místicos incluidos los apocalípticos y escatológicos, por ello para los bandos en contienda el otro puede representar lo demoníaco. Para Irán, Israel y EE. UU. son el Satán, (ni más ni menos) por lo cual su causa está obligada a una guerra santa y esto lo convierte simbólicamente para Israel en el enemigo absoluto; encarna lo que no puede integrarse porque desafía la identidad del propio estado al que ni siquiera nombra, sino que lo convierte en una entidad, un ente fantasmal: la entidad sionista. Una forma de deshumanizar y por tanto deslegitimar el proyecto colectivo del estado para justificar su destrucción. Basados en este nuevo arquetipo del mal absoluto, el antisionismo es un nuevo paradigma de la justicia que también cobra aspectos sobredimensionados. Erradicarlo se vuelve necesario y el antisemitismo encontrará un nuevo disfraz.
El titán se alza en este caso con la invocación a Dios de su lado. Y a partir de aquí, la guerra está más allá de lo humano. Si observamos los motivos simbólicos detrás de la mayor parte de las guerras, podría decirse que son delirantes porque a todas las dirige Dios mismo. Pero no son simples guerras de religión, sino por una determinada percepción de la realidad; y no olvidemos que esta también es simbólica.
Al respecto, esta guerra nos está dejando imágenes imborrables. Un presidente de los EE. UU. en el despacho oval rodeado y bendecido por todos los líderes cristianos evangelistas, miembros del gobierno israelí rezando a los gritos frente a la cúpula de la Roca en donde según ellos se alzará el futuro Templo y por supuesto la amenaza escatológica de Irán. Para todos, estamos en los tiempos finales. Para los judíos es el tiempo del Mashiaj, para los ayatolas el tiempo del Madi, y para los cristianos el tiempo de la segunda venida de Cristo en donde se funden en un símbolo común de redención; mientras que cada uno es la representación del mal para el otro, porque el mal siempre está proyectado aunque a todos tristemente los asista el mismo Dios.
Frente a toda esta complejidad titánica y desmedida, aparece la necedad; no como ignorancia, sino como simplificación extrema. Tzvetan Todorov lo sugiere con lucidez en su libro sobre “Memoria del mal, tentación del bien”. También el bien, cuando se absolutiza, puede volverse ciego.
Es cuando el bien se expresa con consignas como si fueran una valla publicitaria sin más.
El No a la guerra ー¿a cuál de ellas? “Hay que estar del lado correcto de la historia” ー¿de cuál de sus partes? Como declaración de intenciones requiere ir más allá, porque la historia no es lineal ni simple; es un mosaico caleidoscópico que se mueve entre múltiples aspectos y reducirla es una forma de infantilización. Es el sueño del puer en una realidad mágica en la que su palabra como supuesto inocente y buen pensador del bien crea la realidad ajustada a su fantasía por el acto de nombrarla. No a la guerra y punto. Cero complejidad. Hemos salvado el mundo.
Y al final será Paz.
Y, sin embargo, es importante recordar que el judaísmo nunca enalteció la guerra por sí misma. Los mismos Salmos y nuestros profetas nos lo recuerdan y nuestros textos señalan que el rey David no pudo construir el Templo porque sus manos habían derramado sangre; por eso lo construyó su hijo Salomón cuyo nombre no significa simplemente “paz” sino shalom[6] como armonía de fuerzas opuestas. No es la paz ingenua como negación del conflicto, sino como superación de este, como integración de lo conquistado. El Templo como lugar de la Presencia no puede surgir de la guerra sino de su resolución, porque no toda victoria nos permite construir lo sagrado. Aunque muchos crean que Dios los acompaña en su guerra particular.
Kohelet lo expresa con sobriedad, como reconocimiento de los opuestos que atraviesan la vida, sin falsas idealizaciones. Nombrar la guerra como parte de la existencia humana es realista, pero después del tiempo de guerra, hay un tiempo para la paz. Es un tiempo necesario, un axioma rotundo, pero no es normativo. No idealiza la paz y tampoco demoniza la guerra. Si hay un tiempo para la guerra también hay un tiempo para la paz. Un tiempo ineludible. Si la guerra es, la paz también será. Kohelet no consuela, no habla de armonía permanente, sino que nos sitúa en el cruce de los opuestos. En el centro de la tensión. Hemos de tener la capacidad de reconocer hacía qué tiempo nos queremos construir. Toda una propuesta pedagógica.
Isaías sin embargo nos abre otra posibilidad: Los opuestos se integran, es un tiempo de futuro; no es negación de conflicto sino su transformación. El lobo habitará con el cordero sin perder cada uno su esencia. No se trata de que el lobo haga teshuvá para ser otro cordero. No es ser “el otro” para integrar al otro, se trata de integrar las diferencias opuestas. No es identificarme con el otro para hacer la paz con él, simplemente es conocerlo conviviendo con su cualidad. No hay que transformarse en quien no se es. El lobo no deja de ser lobo, el cordero no deja de ser cordero, pero ya no están poseídos por la lógica de la destrucción.
Entre Kohelet e Isaías se abre un espacio de novedad para el futuro; es el reconocimiento de lo trágico en Kohelet y su posibilidad de transformación en Isaías. Kohelet no promete redención pero Isaías propone la transfiguración de la realidad.
La historia no ha logrado eliminar la guerra, pero podemos tratar de no quedar atrapados en su campo. No ser portadores inconscientes de los titanes. No refugiarnos en la necedad intelectual que simplifica la realidad haciéndonos creer que somos los correctos portadores del bien, al tiempo de no entregarnos a la fascinación que idolatra la violencia.
Se trata de sostener con dificultad una conciencia capaz de no traicionar la complejidad. Porque solo desde ahí —desde ese lugar incómodo, inestable, no resuelto— puede abrirse la posibilidad de otra forma de habitar el conflicto.
Una forma que no niega la oscuridad, pero tampoco renuncia a que, en algún momento, el lobo y el cordero puedan compartir el mismo mundo.
Sin destruirse.
Malka González Bayo
Barcelona, 5786. 12 días de la cuenta del Ómer
[N. de la E.] La hybris (del griego húbris) es un concepto helénico que significa «desmesura», refiriéndose a un orgullo excesivo, soberbia o arrogancia extrema. En la antigua Grecia, implicaba transgredir los límites humanos y desafiar a los dioses, lo que inevitablemente provocaba la ruina del individuo a través de un castigo divino conocido como némesis.
- Hillman, James. 2010. Un terrible amor por la guerra. Traducido por Juan Luis de la Mora. Ciudad de México: Sexto Piso.
- [N. de la E.] En psicología junguiana, puer aeternus = “el niño eterno”, un arquetipo que describe a la persona que no quiere crecer, asumir responsabilidades o anclarse en la realidad.
- [N. de la E.] Titanismo puede definirse como una actitud, impulso o postura vital que busca ir más allá de los límites humanos, desafiando lo establecido, lo posible y, a veces, incluso lo moral. La palabra proviene de los Titanes de la mitología griega: seres primordiales, gigantescos, rebeldes, que se enfrentaron a los dioses olímpicos.
- [N. de la E.] La inflación psíquica, concepto introducido por Carl Jung, ocurre cuando una persona se apropia inconscientemente de atributos, cualidades o contenidos simbólicos externos, generando una sensación de superioridad o una expansión exagerada del yo sobre la realidad. Implica una desconexión con los límites personales y una inflación del ego.
- [N. de la E.] De la palabra Shalem – totalidad, completud.
