Silvia Cherem. Periodista y escritora mexicana especializada en entrevista y crónica. Ha publicado semblanzas de largo aliento con destacadas personalidades del mundo cultural mexicano e internacional, así como reportajes y crónicas. Autora de once libros y numerosos artículos, obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en el año 2005. Expresidenta del International Women’s Forum Capítulo México, Mujer del Año 2022 y Mujer de Retos Femeninos 2026. A partir del barbárico y cruel atentado contra Israel el 7 de octubre de 2023, se convirtió en una de las voces más reconocidas en México en la lucha contra el terrorismo. Su libro ESE INSTANTE fue galardonado por el International Latino Book Awards como el libro más inspirador de 2021.
El pasado mes de noviembre, al cumplirse 87 años de la Kristallnacht —la Noche de los Cristales Rotos—, me invitaron a San José, Costa Rica, a participar como ponente del evento que, como en casi todos los países de América Latina, se organiza cada año para sensibilizar a políticos y líderes nacionales en torno al peligro del antisemitismo.
La situación no era fácil. Costa Rica, que antaño había sido uno de los mayores aliados de Israel, enfrentaba una preocupante oleada de odio antisemita. Pocas semanas antes hubo pintadas en la escuela judía, boicots a negocios judíos, agresiones para impedir la inauguración de la exposición de una artista judía e incitaciones públicas contra miembros de la comunidad.
Cuando me pidieron vincular el 7 de octubre con la Kristallnacht, no tenía idea del alcance ni de la solemnidad del evento. Tampoco de las verdades que iba a encontrar.
El evento, dirigido a cerca de 500 personas, mayoritariamente no judías, había sido cuidadosamente diseñado para impactar: desde el ambiente preparado con velas y mensajes, hasta el riguroso negro de la vestimenta. Lo más sorprendente para mí fue desentrañar los elementos para entender con claridad las voces de alarma: la espeluznante similitud entre el 9 de noviembre de 1938 y el 7 de octubre de 2023. Una inquietante similitud en los mitos fundacionales, en la complicidad, en el silencio y en la manipulación colectiva para generar miedo, falsear la realidad e incentivar el odio.
El silencio de las mayorías
Ni la Noche de los Cristales Rotos, ni la masacre del 7 de octubre sucedieron de manera espontánea. En ambos casos se habló de la ira irreflexiva del pueblo como consecuencia de las “arbitrariedades de los judíos”.
Me bastó escarbar un poco para entender el nivel de maldad y de manipulación colectiva…
A partir de que Hitler llegó al poder en 1933, cada 9 de noviembre el partido organizaba una procesión con antorchas por las calles de Múnich para recordar el inicio del movimiento nazi: un fracaso militar ocurrido una década antes, convertido luego en mito fundacional del partido.
En 1923, Hitler era un desconocido agitador local en Baviera. Buscando imitar a Mussolini que había llegado al poder mediante la Marcha sobre Roma, intentó derrocar a la República de Weimar. Supo que el jefe de gobierno daría un discurso en la cervecería Bürgerbräukeller frente a más de tres mil personas y reunió de manera precipitada a 600 hombres para tomar el poder por la fuerza.
El Putsch de la Cervecería, como se le llama a ese incidente, fue un fracaso militar porque murieron 16 nazis y Hitler y sus hombres fueron condenados a prisión por alta traición. Sin embargo, como una ironía del destino, el juicio fue tan público y mediático que le brindó a Hitler una plataforma política como patriota y salvador de Alemania. Obtuvo tal notoriedad que muchos de los jueces simpatizaron con él y redujeron su sentencia de cinco años a tan solo nueve meses.
Quedó para la historia una lección dolorosa: cuando se subestima o se normaliza el extremismo, se facilita su ascenso.
En la cárcel, Hitler tuvo tiempo para escribir Mein Kampf, para generar una estrategia política y reorganizar su movimiento. Decidió que, en vez de tomar el poder por un golpe violento, lo haría a través del sistema político y electoral. Es decir, aprovecharía las debilidades de la democracia: usaría las elecciones, crearía una maquinaria eficiente de propaganda y movilizaría masas.
El derrumbe de la bolsa de Nueva York en 1929 fue su oportunidad histórica. La reacción en cadena impactó a Alemania, convirtiéndola en uno de los países más afectados: quebraron numerosas empresas y los bancos colapsaron, causando que más de seis millones de alemanes perdieran su empleo.
Hitler supo capitalizar el descontento y atrajo a millones de votantes. La respuesta fue tal que en tan sólo cuatro años el partido nazi pasó de 2.6% de los votos en 1928, a 37% en 1932. Para el 30 de enero de 1933, Hitler ya era el canciller de Alemania.
Congruente con su narrativa, en 1935 el régimen aprobó las Leyes de Núremberg mediante las cuales expulsó a los judíos de la vida económica, confiscó sus propiedades y promovió boicots, violencia social y humillaciones públicas. Tenía prisa por arrinconar a los judíos, pero la mayoría de la sociedad alemana no los respaldaba. Hitler era venerado por su convicción de sacar adelante la economía de Alemania, pero no por el odio exacerbado a los judíos. Confiaba, sin embargo, en sellar su ideología a fuerza de repetición mediante la propaganda.
Se sabe que Goebbels monitoreaba secretamente la opinión pública. Constataba una y otra vez la incomodidad frente a la violencia, que no había entusiasmo popular frente al antisemitismo extremo, que no era el deseo del pueblo. Muchos pensaban que la obsesión antijudía podía dañar la economía o la imagen internacional de Alemania. Goebbels, sin embargo, no se daba por vencido. Creía firmemente que había que fabricar “el consenso”. Es decir: intensificar la propaganda y las campañas, la manipulación constante para que el pueblo alemán asumiera esa narrativa y se ensañara con los judíos.
Al igual que Hitler, Goebbels buscaba una excusa. Y el detonante llegó… El 7 de noviembre de 1938, Herschel Grynzpan, un judío polaco de 17 años, desesperado porque su familia había sido deportada a Alemania y abandonada en la frontera con Polonia, entró a la embajada alemana en París y le disparó a Ernst vom Rath, secretario de la embajada. Vom Rath murió dos días después, el 9 de noviembre, justamente el día cargado de misticismo para el régimen. Esa jornada correspondía al culto político anual en torno a los mártires del movimiento, en la que se llevaba a cabo una ceremonia sagrada, casi litúrgica, con discursos cargados de mística nacionalista.
Parecía el pretexto perfecto. Esa noche gran parte de la élite nazi estaba congregada en Múnich para la procesión. Göring, Himmler, Heydrich y Goebbels esperaban la reacción del Führer. Se cuenta, sin embargo, que Hitler estaba de mal humor y que no quería hablar públicamente del tema.
Repentinamente, algo le susurró a Joseph Goebbels, ministro del Reich para la Ilustración Pública y la Propaganda, y fue él quien tomó el micrófono para dar la orden. Anunció que las acciones contra los judíos no debían ser contenidas. Insistió en que los judíos debían “sentir la ira del pueblo alemán”. Así, desde la cúpula, dio luz verde a la violencia y ordenó a la policía no intervenir.
Los fanáticos fueron una minoría de vándalos que respondieron con un nivel de crueldad inusitado cuando el poder los incitó, cuando la Gestapo y las SS coordinaron la destrucción con precisión burocrática, sin improvisación. Saquearon, quemaron y asesinaron con la certeza de que ni la policía ni los bomberos intervendrían.
Al día siguiente, y aunque la mayoría de la población no participó, se dijo que el pogromo en ciudades de Alemania y Austria fue “una reacción espontánea del pueblo alemán”. La muerte de vom Rath había sido el pretexto del régimen para saquear las viviendas de judíos, para golpear y humillar con extrema violencia a los miembros de la comunidad.
Esa noche se quemaron más de 1,400 sinagogas y lugares de culto; saquearon 7,500 negocios y destruyeron decenas de escuelas y centros comunitarios. Treinta mil judíos, en su mayoría adinerados, fueron deportados a Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen. Además, se les obligó a pagar una multa colectiva de mil millones de marcos para pagar los daños. La intención fue mostrar la culpabilidad de la víctima; se dijo que los judíos mismos “provocaron” los disturbios. Se les prohibió, además, tener seguros y se confiscaron las indemnizaciones.
En la cúpula nazi, aunque todos tenían el mismo objetivo con respecto a los judíos, no todos estaban de acuerdo con la manera de proceder. Había temor a la reacción internacional. Göring, por ejemplo, creía que el pogromo había sido exagerado y que el mundo no tardaría en cobrarles una factura de repudio y exclusión. Goebbels, por el contrario, confió en “el silencio de las mayorías”.
Hitler respaldó a Goebbels. Confió en la fuerza de la propaganda y no tardó en confirmarse que tenían razón. El mundo no se inmutó. Hubo contadas palabras de condena, mas ningún país sancionó a Alemania ni abrió las puertas a la inmigración de judíos en aquellos tiempos en los que urgían visas para poder salvar vidas.
La Kristallnacht, hoy lo sabemos, fue el primer laboratorio de conducta pública. Fue un acto fundacional del terror estatal moderno, una violencia planificada y ejecutada desde el poder. Marcó el salto del “antisemitismo legal”, al antisemitismo estatal, violento y criminal, y enseñó que el Estado puede desatar la violencia, transformar e institucionalizar la narrativa y que su mejor aliado es el silencio.
Sabemos que la Shoá no comenzó con trenes ni con hornos, sino con la permisividad del mundo, con la normalización de la violencia y con una pedagogía del miedo. El silencio cómplice y la narrativa que culpaba al judío fueron más valiosos que la fuerza de un ejército. Hitler siguió adelante porque entendió que a nadie le importaba, que tenía permiso.
Los cristales morales de Occidente —la libertad, la humanidad, la solidaridad y la moral— se rompieron esa Noche de los Cristales Rotos cuando Occidente quedó entrampado entre el miedo, la indiferencia y el alud de propaganda. Como escribió Darío Teitelbaum, nadie quiso barrer esos cristales que hubieran resonado como advertencia. La indiferencia de sociedades sumisas y silenciosas, la indolencia de los gobernantes que hubieran podido levantar su voz y el miedo multiplicado tendrían como corolario la Solución Final.
Por desgracia, esa misma lección pública se repitió el 7 de octubre. Con el uso de las redes sociales y capitalizando décadas de manipulación ideológica en las universidades occidentales, sumando la propaganda de raíz nazi y el fanatismo islamista, fueron aún más lejos: no solo privó el silencio y el desdén, se hicieron esfuerzos mayúsculos para culpar a la víctima, para deshumanizar al pueblo judío, para insistir que los miembros de los kibutzim y los jóvenes del Festival Nova merecían la crueldad del pogromo que, según se dijo, sucedió “de manera espontánea”.
Cuán empoderados estaban los líderes terroristas que se atrevieron a grabar su nivel de maldad y salvajismo sin el menor pudor, con una crueldad inusitada, sabiendo que el mundo no se conmovería. Los líderes yihadistas sabían perfectamente lo que durante décadas habían sembrado para invertir la brújula moral, para manipular con la narrativa de víctima-victimario, para tatuar en la piel de Occidente la figura del judío como receptáculo de todos los males del mundo.
Un déjà vu colmado de perturbadoras similitudes.
Enumero algunas de las que encuentro entre ambos parteaguas históricos.
- La mano del Estado
A partir del asesinato de vom Rath se dijo que el pueblo alemán espontáneamente llevó a cabo Kristallnacht. Jamás se dijo que el Estado normalizó el extremismo de Hitler y que fue la cúpula nazi quien organizó el pogromo.
En el caso del 7 de octubre se romantizó el terrorismo. Era “el pueblo” quien reaccionaba como un “acto liberador”. Como una respuesta legítima a la supuesta ocupación, al bloqueo, a los agravios históricos. Se ocultó que fue una operación militar y de propaganda orquestada tiempo atrás.
2. Deshumanización de la víctima
En el nazismo se redujo al judío a ser impuro, inferior, parásito, subhumano. Era el enemigo culpable de todas las crisis, de la destrucción de Alemania. Se popularizaron los Protocolos de los Sabios de Sión para insistir que los judíos conspiraban para dominar al mundo.
En 2023, Hamás —más bien Irán y sus tentáculos de propaganda yihadista— redujo a los judíos a ser un cáncer, ocupantes, colonizadores, enemigos de la humanidad. Desde su carta fundacional han señalado como principal objetivo la destrucción de Israel y, bajo esa óptica, asesinar al judío se convirtió en un acto de resistencia.
3. Victimización como herramienta
Los judíos fueron el chivo expiatorio. Se les culpó de la debacle de Alemania después del Tratado de Versalles, de las crisis económicas, del hambre de los alemanes. Eran seres inferiores, subhumanos, que habían victimizado al pueblo alemán. Resarcirlo exigía acción.
Hamás también se victimizó. Su narrativa se basó en que los judíos les arrebataron tierras, que les quitaron lo suyo y los condenaron a ser eternos refugiados. La sangre de los suyos —niños, mujeres, enfermos— alimentó la resistencia porque, entre más mártires y victimización, más apoyo internacional. Culparon a Israel de cualquier muerte, aunque ellos los pusieran como escudo humano. Bien lo sabían: cada muerto cuenta.
4. Reescritura de la historia
En ambos casos se habla de “justicia histórica”, de heroísmo, de triunfos morales. En Kristallnacht, los asesinos señalaron que el alemán común respondió a “la ira del pueblo”. El 7 de octubre, Hamás y sus redes en Occidente defendieron la masacre como la victoria de Al Aqsa. Los asesinos fueron enaltecidos como héroes, como combatientes de la libertad.
5. Normalización de la crueldad
En ambos casos se eliminó el límite entre combatiente y civil. El nazismo destruyó escuelas, hogares, hospitales, sinagogas. Asesinó ancianos, mujeres, niños y bebés. Cualquier judío se convirtió en enemigo y subhumano. Aunque hubiera olvidado su origen para integrarse plenamente a la nacionalidad, lo delataba “la sangre judía” porque se escrutaba cualquier vestigio de ella, hasta tres generaciones atrás.
Para Hamás, cualquier judío es “colono blanco”, opresor, colonizador… por ende, culpable. Parte de la ideología woke compró el discurso, sin importar que es totalmente contradictoria y absurda la alianza de mujeres, homosexuales y miembros de la izquierda, con un régimen teocrático que esclaviza a las mujeres, asesina a los homosexuales y liquida la disidencia. El dinero del petróleo engorda el discurso binario de buenos y malos, adoctrina a los enemigos del imperialismo yanqui que se han plegado al mundo de los ayatolas, donde no sobrevivirían ni un día.
6. Inversión moral de los valores
El nazismo culpó a los judíos de su debacle, se dijo que fueron responsables de su destrucción. El 7 de octubre se sustentó en la misma narrativa: “los judíos provocaron lo que les sucedió”. Maestros de la manipulación y la mentira, los yihadistas filtraron el rumor de que Israel mismo organizó el pogromo que asesinó a su gente. Un intento más por mostrar a Israel como Satán, como germen de los males del mundo. Y también, en ambos casos, una forma de evadirse de sus problemas para encontrar un chivo expiatorio.
7. El silencio y la indolencia autorizan al agresor
En 1938 nadie actuó. La pasividad internacional reafirmó al nazismo para que escalara la violencia y se fincara el camino al Holocausto. Se pasó de la discriminación al exterminio.
En 2023, la academia, los gobiernos y los militantes justificaron y celebraron el ataque. La verdad dejó de tener peso. Se satanizó a Israel y a los judíos.
8. La violencia legitimada adquiere vida propia
Ambos eventos muestran que, cuando se normaliza el ascenso de líderes crueles y se les concede espacio para actuar, cuando el Estado se vuelve indiferente frente a la violencia, cuando el mundo guarda silencio y permite la manipulación, llega un punto en que resulta extremadamente difícil dar marcha atrás. Lo mismo ocurrió en el nazismo que en las décadas en que Irán fue preparando el ambiente para que Gaza y los palestinos se convirtieran en un símbolo —las víctimas por excelencia— y los judíos en figuras deshumanizadas y satánicas. El dinero fluyó de forma cínica y permisiva, abriendo las puertas de par en par a un antisemitismo despiadado en el siglo XXI.
No hay duda: lo que hoy enfrentamos rima con el ayer.
El mundo es otro desde el 7 de octubre por la explosión del antisemitismo que en nombre de los derechos humanos se atreve a perseguir judíos, satanizar a Israel, propagar mentiras (limpieza étnica, genocidio y un largo etcétera) y guardar un silencio sospechoso frente a la crueldad de los ayatolas.
¿Qué hacemos? ¿Cómo generamos estrategias a mediano y largo plazo para sobrevivir? Algunos, como Bret Stephens, argumentan que el antisemitismo “no se puede curar”, señala que durante décadas hemos invertido enormes recursos en campañas educativas, diálogo, memoriales del Holocausto y defensa pública y que eso no ha reducido el antisemitismo. En un discurso el 1 de febrero de 2026[1] en Nueva York, señaló que el odio a los judíos no surge por falta de información, sino por resentimiento y envidia, y sugirió dejar de reaccionar frente a cada acto antisemita. Abandonar el modelo defensivo para no vivir definidos por el odio. Su propuesta es que es mejor invertir en escuelas judías, fortalecer instituciones culturales, apoyar el liderazgo religioso e intelectual y reforzar la identidad en las comunidades. No gastar energía en convencer a quien no nos quiere y mejor construir una vida judía sólida, dejando de reaccionar frente al odio.
Melanie Phillips respondió con una crítica frontal a esta tesis pasiva, argumentando que Bret Stephens está equivocado.[2] En un artículo expresamente escrito para responderle, señaló que los judíos no podemos por ningún motivo ignorar el antisemitismo.
Yo estoy de acuerdo con ella: nuestra obligación moral es enfrentarlo. Generar prosperidad interna comunitaria no basta si no enfrentamos el odio externo. Es nuestra obligación insistir en la legitimidad del sionismo y rebatir el discurso que lo sataniza: levantar la voz cada vez que se presenta a Israel como criminal, cada vez que se convierte a las víctimas en culpables borrando de un plumazo la historia judía. El silencio, como argumenta Melanie Phillips, no nos protege. El silencio normaliza y avala la narrativa propagandística. Eso ya sucedió antes. El silencio fue una condena.
Más aún, hay que seguir la ruta del dinero y denunciarla como lo ha hecho Charles Asher Small, del Institute for the Study of Global Antisemitism, quien ha demostrado con números cómo ha funcionado la compra de conciencias en las universidades norteamericanas.[3]
Al Jazeera, fundado por Catar, una red de medios globales que llega a más de 430 millones de personas en más de 150 países —brazo activo de la manipulación—, lleva décadas sembrando mentiras frente a nuestra indiferencia y falta de respuesta. Bien haríamos en invertir en crear una sólida agencia de información que permee en el mundo y que, con creatividad y recursos, pudiera defender la verdad y exponer a los extremistas islámicos que no solo han sembrado ideologías, también han sido el foco del terrorismo mundial.
El silencio hoy no es alternativa. Tras la debacle del 7 de octubre, Israel ha hecho su parte transformando el Medio Oriente, haciéndolo más seguro. Nos toca a la diáspora enfrentar la guerra del odio y contrarrestarla. Es una cuestión de supervivencia. También de destino común.
- https://www.timesofisrael.com/in-92ny-talk-bret-stephens-urges-dismantling-adl-investing-more-in-jewish-identity/
- https://melaniephillips.substack.com/p/why-bret-stephens-is-wrong
- https://isgap.org/book/volume-ii-examining-undocumented-foreign-funding-of-american-universities-implications-for-education-and-rising-antisemitism/
