Fauda: el caos de las palabras

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Darío Cohen (Buenos Aires, Argentina) es estudiante rabínico en Yeshivat Hovevei Torah (Nueva York) y licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Palermo (Buenos Aires). Se desempeña como voluntario de Nuevas Generaciones en el Congreso Judío Latinoamericano, impulsando proyectos de diplomacia pública y diálogo interconfesional. Posee más de una década de trayectoria en el ámbito educativo y la gestión comunitaria judía en América Latina, con especial énfasis en Argentina, Chile y Bolivia. Sus líneas de trabajo abarcan el pensamiento judío, la diplomacia pública, la consultoría institucional y el diálogo intercultural. Actualmente está casado, es padre de Aharón Jaim y se dedica a las consultorías comunitarias y a la formación en judaísmo.

Una reflexión sobre «Los judíos y las palabras»1, la memoria y los dilemas morales que plantea Fauda después del 7 de octubre.

Esta semana terminé la quinta temporada de Fauda («caos», en árabe), una serie israelí que, a mi entender, se encuentra entre las producciones más destacadas de su género en los programas contemporáneos. Esta última temporada es, en muchos sentidos, una obra extraordinaria. Sin entrar demasiado en los detalles de la trama, hay algo que me llamó particularmente la atención: la manera en que los capítulos séptimo y octavo me hicieron revivir, desde la ficción, algunos de los sentimientos que atravesaron los días 7 y 8 de octubre de 2023.

Hace ya algunos años, durante una clase de Pensamiento Judío, mi moré Baruj Zaidenknop me recomendó leer Los judíos y las palabras, de Amos Oz y Fania Oz-Salzberger. No fue una recomendación aislada. Más de una vez volvió a mencionarlo, como quien insiste con un libro porque sabe que, tarde o temprano, encontrará el momento justo para ser leído.

Con el profundo respeto y la admiración que siento por el moré Baruj, suelo guardar esas recomendaciones. No siempre las leo inmediatamente, pero quedan anotadas en una lista que sé que, en algún momento, merecerán mi atención.

Ese momento llegó hace aproximadamente un año. Comencé la lectura de a poco, sin prisa, leyendo cada capítulo. Recién este año terminé el libro y, hace unos meses, imprimí y leí su epílogo en Shabat. Debo confesar que, si alguien me preguntara hoy por qué vale la pena leer esta obra, probablemente le diría que no deje de llegar hasta esas últimas páginas. Allí los autores condensan, con una claridad y una belleza admirables, la idea central que atraviesa todo el libro: El pueblo judío ha sobrevivido gracias a las palabras.

No solamente gracias a los textos sagrados o a la transmisión de conocimientos; también gracias al diálogo, a la discusión, al humor, a la interpretación, a las preguntas y a los relatos que, generación tras generación, fueron dando forma a una identidad colectiva. La historia judía puede entenderse, en gran medida, como una historia de palabras.

Esta idea me recordó inmediatamente a una de las tesis más conocidas de Yuval Noah Harari. Según Harari (2024), una de las grandes revoluciones que permitió al ser humano convertirse en la especie dominante fue su capacidad narrativa. Esta capacidad fundamental ayudó a construir historias compartidas y a crear relatos que permitieran a millones de personas cooperar alrededor de ideas comunes. Las naciones, el dinero, los derechos humanos y las religiones existen también porque hay palabras que les dan sentido y personas dispuestas a compartir esos significados. Salvando las enormes diferencias entre ambos enfoques, encontré una resonancia interesante entre esa mirada y la propuesta de Oz y Oz-Salzberger. También el pueblo judío parece haber construido su extraordinaria continuidad sobre una trama de relatos, interpretaciones y conversaciones que nunca dejaron de renovarse.

Fue entonces cuando me sumergí de lleno en la propuesta del libro. Más que una historia del pueblo judío, encontré una historia de sus conversaciones: una conversación que lleva miles de años y que continúa hasta nuestros días.

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(Figura 1. Portada del libro Los judíos y las palabras por A. Oz y F. Oz-Salzberger, 2015, Siruela)

Quizás una de las intuiciones más originales del libro sea mostrar que la continuidad judía no nació de la uniformidad. Por el contrario, nació también de la convivencia entre opiniones diferentes.

Si observamos el mapa del judaísmo contemporáneo, encontramos una diversidad sorprendente. Hay judíos ultraortodoxos, jasídicos, neojasídicos, ortodoxos modernos, conservadores, reformistas, reconstruccionistas, renovacionistas, humanistas seculares, liberales y muchos otros que incluso escapan a cualquier etiqueta. A ello se suman las diferencias culturales entre los judíos de Israel, América Latina, Europa, Estados Unidos o el norte de África, sin mencionar las particularidades de cada comunidad y de cada familia.

Quizás sería más correcto hablar de «judaísmos» que de un único judaísmo.

Sin embargo, detrás de esa enorme diversidad existe un hilo conductor que atraviesa los siglos: todos participan, de una manera u otra, de una misma conversación. Una conversación que comenzó hace miles de años y que nunca exigió que todos pensaran igual para seguir existiendo. 

Precisamente por eso, uno de los aspectos que más me impactó de Los judíos y las palabras fue descubrir cómo, a lo largo de la historia, posturas aparentemente irreconciliables no solo coexistieron, sino que también terminaron enriqueciendo la tradición. Los autores presentan ejemplos de ideas contrapuestas que encontraron un lugar dentro de un mismo patrimonio cultural judío.

Quisiera detenerme en esa idea y, a partir de ella, sumar una reflexión que surgió recientemente mientras veía Fauda. Ambas experiencias me llevaron a pensar en algo profundamente humano y, a la vez, muy presente en la tradición judía: la dificultad de convivir con las diferencias, especialmente cuando el dolor, la pérdida y el deseo de justicia se convierten en protagonistas.

En Fauda, los capítulos séptimo y octavo de esta temporada tienen una carga emocional particular. El séptimo comienza mostrándonos historias de vida, familias y proyectos que, en circunstancias normales, serían parte de la cotidianeidad israelí. Jóvenes que hacen dedo en la ruta para llegar a una fiesta, como tantas veces sucede en Israel, confiando en la amabilidad de algún desconocido que los acerque a su destino. Hay una vida que transcurre, con sus pequeños planes, sus encuentros y sus expectativas… hasta que irrumpe el horror.

La violencia irrumpe de manera abrupta y transforma por completo el sentido de esas historias. Como espectador, uno pasa de acompañar situaciones cotidianas a encontrarse frente a imágenes de terror, suspenso y desesperación. Es difícil no establecer una conexión con el 7 de octubre de 2023, cuando la vida de tantas familias israelíes quedó atravesada por una violencia que difícilmente pueda describirse con palabras.

El octavo capítulo nos presenta la contraofensiva. Aparecen los héroes, la lucha y la necesidad de responder. Sin embargo, hay algo que ninguna victoria militar puede revertir: el golpe ya fue dado. Las pérdidas son irreparables y el dolor permanece. La respuesta puede ser necesaria desde la perspectiva de quienes la protagonizan, pero no devuelve aquello que se perdió.

Aviso de trama (spoiler): A partir de aquí se revelan detalles del desenlace de la temporada.

En el noveno capítulo, Eli (Yaakov Zada Daniel) es asesinado por Anne (Mélanie Laurent), después de que Eli cobrara venganza a uno de los altos mandos de Hamás que había participado en el ataque a su casa y en el asesinato de su familia el 7 de octubre.

¿Es un acto de venganza, de heroísmo o de desesperación? Quizás sea difícil separar esos sentimientos. Lo cierto es que la muerte de Eli y la historia personal de Doron nos sitúan frente a una pregunta incómoda para el mundo: ¿hasta dónde puede llevarnos el dolor?

En una conversación con Anne, Doron sostiene que lo sucedido fue una decisión personal de su amigo y que no fue su culpa haberlo asesinado; al fin y al cabo, están en una guerra. Es una manera de justificar lo ocurrido, de establecer una diferencia entre las acciones de unos y otros.

Sin embargo, en el último capítulo, la conversación entre ambos adquiere otro significado. Doron le confiesa a Anne que sintió pena por ella, porque sabe lo difícil que es perder a la familia y cómo ese dolor puede llevar a cometer actos terribles.

Anne le pregunta si se refiere al asesinato y a la venganza. Doron asiente. Entonces ella le responde que también debería sentir pena por él. Doron intenta establecer una diferencia: «No es lo mismo». Pero Anne concluye: «Lo es».

Es una conversación breve, pero deja abiertas preguntas difíciles: ¿En qué momento el dolor se convierte en justificación? ¿Hasta qué punto podemos comprender las decisiones de alguien que ha perdido a su familia sin necesariamente compartirlas? ¿Existe una diferencia moral entre la venganza y la justicia cuando ambas nacen del sufrimiento?

No creo que una serie de televisión pueda resolver estas preguntas, ni que deba hacerlo. Pero sí puede ponernos frente a ellas. Y eso es precisamente lo que encontré en estos capítulos: una invitación a reflexionar sobre la delgada línea que separa el dolor de la venganza, la justicia de la represalia y la comprensión de la justificación.

(Figura 2: Fotograma de la quinta temporada de la serie Fauda, con la conversación entre Anne [Mélanie Laurent] y Doron [Lior Raz], 2026)

Volví entonces a pensar en Los judíos y las palabras. Si algo me dejó su lectura es la convicción de que nuestra historia no se construyó únicamente a partir de respuestas, sino también de preguntas que nunca dejaron de formularse. La tradición judía ha sabido conservar discusiones que, en otros contextos, quizás habrían sido silenciadas. El Talmud es un ejemplo extraordinario de ello: encontramos censura, pero también opiniones enfrentadas, argumentos que se contradicen y voces que siguen dialogando siglos después.

Pero ¿qué sucede cuando el diálogo se interrumpe? ¿Qué sucede cuando las palabras dejan de ser un puente y se convierten en una herramienta para justificar el odio, la violencia o la venganza?

El 7 de octubre nos recordó, de la manera más dolorosa, que hay acontecimientos para los que las palabras parecen insuficientes. Sin embargo, también nos mostró cuán necesarias son. Necesitamos palabras para recordar a quienes ya no están, para contar las historias de las familias que perdieron a sus seres queridos y para transmitir a las nuevas generaciones lo que sucedió. Necesitamos palabras para expresar el dolor, pero también para discutir qué hacer con él.

Quizás ahí radique una de las grandes enseñanzas que encuentro al poner en diálogo el libro de Amos Oz y Fania Oz-Salzberger con Fauda. Si las palabras han sido una de las principales herramientas de la continuidad judía, también son una responsabilidad. No basta con transmitirlas; debemos preguntarnos qué hacemos con ellas, qué historias contamos y qué valores transmitimos a través de esas historias.

El caos de Fauda no es solamente el de la guerra; es también el de las emociones humanas, el de las certezas que se desmoronan y el de las palabras que, en ocasiones, ya no alcanzan para explicar nuestras decisiones. Frente a ese caos, quizás la tarea más difícil sea seguir preguntando, incluso cuando creemos tener todas las respuestas.

Al terminar la serie y cerrar el libro, me quedó una misma inquietud: ¿seremos capaces de sostener una conversación incluso cuando el dolor nos invita a abandonarla? La historia judía nos demuestra que las diferencias pueden convivir y que el debate puede ser una forma de continuidad. Pero Fauda nos recuerda que, cuando la violencia irrumpe, esa convivencia se vuelve mucho más difícil.

Tal vez la verdadera responsabilidad de quienes heredamos esta larga conversación sea no dejar que el dolor nos quite la capacidad de pensar, de cuestionarnos y, sobre todo, de seguir hablando.

  1.  Ensayo escrito por Amos Oz y su hija Fania Oz-Salzberger publicado en el 2012.

Bibliografía

Harari, Y. N. (2024). Nexus: A Brief History of Information Networks from the Stone Age to AI. W. W. Norton & Company.

Oz, A., & Oz-Salzberger, F. (2012). Jews and Words. Yale University Press.

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