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Carina Sampó Franco es psicopedagoga clínica, terapeuta en psicodrama sistémico y simbólico, mentora y formadora. Creadora del Método Alquimia Grupal®, investiga el potencial de las pedagogías simbólicas y psicoexpresivas aplicadas a la construcción de identidad, el liderazgo femenino y la transmisión vivencial del legado cultural. Cuenta con más de dos décadas de trayectoria en el acompañamiento de procesos de desarrollo personal y grupal. Asimismo, es cofundadora de la red En-Red-Ando, iniciativa orientada a promover el encuentro, la participación comunitaria y el diálogo entre la tradición judía y las búsquedas contemporáneas de las mujeres.
Introducción
Este artículo nace de una búsqueda personal. Primero, como mujer que eligió pertenecer al pueblo judío. Más tarde, como madre de dos hijas y un hijo. Y también como integrante de una pequeña comunidad masortí en Madrid y co-creadora de espacios de encuentro entre mujeres judías.
En todo este recorrido nace una misma pregunta: ¿cómo transmitir hoy la identidad judía de una forma viva, significativa y capaz de dialogar con los desafíos de nuestro tiempo?
Vivimos en una época marcada por la polarización, la aceleración y la fragmentación de los vínculos. En este contexto, muchas mujeres buscan referentes que les permitan integrar tradición y contemporaneidad, pertenencia y libertad, legado e identidad, en diálogo con los desafíos de su propia vida. Fue entonces cuando volví la mirada hacia las heroínas de nuestra tradición.
Sara, Rivká, Rajel, Lea, Miriam, Débora, Rut, Ester y Tamar forman parte de la memoria colectiva del pueblo judío. Su permanencia a lo largo de los siglos no se explica únicamente por su relevancia histórica o religiosa. Estas mujeres continúan hablándonos porque representan dimensiones profundas y universales de la experiencia humana que trascienden el tiempo, la cultura y la geografía: la espera, la esperanza, la pertenencia, el coraje, la resiliencia, la capacidad de liderar, cuidar, elegir y transformar.
La propuesta que aquí presento forma parte de un recorrido de exploración en torno a las pedagogías simbólicas y psicoexpresivas desarrollado durante años en contextos grupales presenciales y online. A lo largo de este tiempo he investigado cómo los relatos, los arquetipos, las imágenes y el lenguaje simbólico pueden favorecer el diálogo entre la memoria colectiva y la propia biografía, facilitando procesos de construcción identitaria.
La experiencia con las heroínas judías nace de ese recorrido previo y de una segunda pregunta: ¿cómo acercar las figuras femeninas de nuestra tradición a las mujeres de hoy, que quizá no se sienten conectadas con el lenguaje bíblico o histórico, de manera que dejen de ser personajes del pasado y se conviertan en presencias capaces de dialogar con sus desafíos, búsquedas y decisiones?
La hipótesis que orienta este trabajo es que las heroínas judías pueden convertirse en mediadoras vivas de identidad cuando son abordadas a través de pedagogías simbólicas que favorecen la identificación personal, el encuentro con el arquetipo, su paso al cuerpo, la actualización de sus enseñanzas para los desafíos del presente y la transmisión del legado.
Las páginas que siguen presentan una propuesta de pedagogía simbólica diseñada para favorecer ese encuentro.
Heroínas judías y arquetipos vivos
¿Qué entendemos por heroínas judías como arquetipos vivos?
La riqueza de figuras femeninas presentes en nuestra tradición hace difícil la tarea de abarcarla en su totalidad. Por ello, esta propuesta se articula en torno a nueve heroínas agrupadas en tres dimensiones simbólicas que recorren distintos aspectos de la construcción de identidad.
- Las que dan raíz e identidad fundacional. Las matriarcas, que permiten que un pueblo exista y se proyecte en el tiempo. Nos conectan con aquello que recibimos: una historia, un origen y una raíz.
- Las que sostienen y guían: pertenencia e identidad colectiva. Heroínas que acompañan, orientan y mantienen viva la esperanza colectiva en momentos de travesía e incertidumbre. Nos conectan con aquello que sostenemos para mantener viva la vida colectiva: una historia común, la esperanza compartida y la responsabilidad de acompañarnos unas a otras en la travesía.
- Las que arriesgan y transforman: responsabilidad con la historia y su legado. Heroínas que se atreven a actuar cuando las circunstancias lo exigen, abren caminos y posibilitan cambios que trascienden su propia historia. Nos confrontan con la pregunta: qué hacemos con aquello que hemos recibido y cómo participamos en su transmisión.
Más allá de sus relatos particulares, sus historias siguen vivas porque continúan dialogando con preguntas que permanecen vigentes e interpelándonos sobre cómo habitamos, construimos, atravesamos y transformamos nuestra realidad.
2.1. Las que dan raíz e identidad fundacional:
Sara nos habla de la espera, de lo invisible y de la capacidad de seguir creyendo cuando lo que se anhela tarda en manifestarse. Nos recuerda que la confianza no nace siempre de la evidencia, sino también de la capacidad de sostener una promesa cuando la realidad parece negarla.
Como arquetipo vivo, sigue invitándonos, también hoy y en tiempos marcados por la incertidumbre, la pérdida, el dolor o la amenaza, a perseverar sin renunciar a la esperanza.
No es certeza. No es evidencia. Es creer antes de ver.
Rivká nos conecta con la necesidad de discernir y elegir un camino aun cuando no existen garantías. Percibe con claridad lo que no resulta evidente para los demás, reconoce una dirección posible y actúa en consecuencia.
Como arquetipo vivo, nos recuerda que hay momentos en los que permanecer inmóviles también es una decisión y que asumir nuestro propio rumbo implica escuchar aquello que sabemos en lo profundo de nosotras mismas, la valentía de tomar posición, sostener riesgos y tensiones, y las responsabilidades que ello conlleva.
No es neutralidad. Es discernimiento. Es decisión. Es compromiso con el camino elegido.
Rajel nos pone de frente con aquello que anhelamos profundamente y con la capacidad de permanecer fieles a ese deseo incluso cuando tarda en llegar, sin que la espera se convierta en resignación, amargura o desesperanza.
Como arquetipo vivo, nos confronta con la tensión entre lo que es y lo que todavía no ha llegado y la frustración que acompaña a esa espera. No podemos acelerar los tiempos de la vida, pero sí elegir cómo habitarlos, sin renunciar al deseo ni endurecer el corazón.
No es resignación. El deseo también es camino. Es esperar sin que se endurezca el corazón.
Lea nos confronta con el dolor de no ser la elegida y, aun así, continuar dando vida. Su historia habla de quienes construyen, sostienen y nutren sin recibir siempre el reconocimiento que esperan.
Como arquetipo vivo, representa la fecundidad silenciosa y nos confronta con una pregunta esencial: ¿cómo reconocer nuestro propio valor cuando la validación externa no llega? Nos recuerda que existe una abundancia que nace de dentro y que lo valioso no siempre es visible ni ocupa el centro de la escena.
No todo lo que da fruto es lo más visible. A veces el verdadero legado crece en silencio.
(Figura 1: Marc Chagall, en colaboración con Lanfranco Lisarelli, Mujeres de la Biblia: Rajel y Lea, 1969-1970)
2.2. Las que sostienen y guían: pertenencia e identidad colectiva:
Miriam representa la fuerza de la voz que sostiene a la comunidad en tiempos de travesía. Su liderazgo actúa como canal: escucha lo que necesita el pueblo y lo transforma en canto, capaz de nombrar aquello que aún no encuentra palabras y de convertir el miedo en esperanza compartida.
Como arquetipo vivo, nos recuerda que la expresión auténtica puede reunir, sostener y orientar a una comunidad. Nos invita a confiar en que nuestras palabras pueden hacer visible aquello que permanece oculto en lo colectivo.
No es protagonismo. Es presencia. Es una voz que sostiene a muchos.
Débora encarna el momento en que la visión se convierte en dirección. Nos enseña que no toda claridad conduce a la acción y que su fuerza consiste en señalar un camino posible cuando reina la confusión.
Como arquetipo vivo, representa la autoridad que nace de la claridad interior y nos invita a confiar en nuestra propia mirada y asumir la responsabilidad que acompaña a toda visión auténtica.
Cuando la visión es clara y justa, es posible abrir camino para otros.
2.3. Las que arriesgan y transforman: responsabilidad con la historia y su legado:
Rut nos recuerda que la pertenencia sigue siendo una de las grandes preguntas humanas. Su historia habla de quienes se atreven a dejar atrás lo conocido para responder a una llamada más profunda que el origen o la costumbre.
Como arquetipo vivo, representa la experiencia de elegir pertenecer. Nos muestra que la identidad no es solo herencia; se construye también en vínculos, en compromisos elegidos libremente y sostenidos en el tiempo.
Lo ajeno puede volverse hogar. La pertenencia también es elección del alma.
Ester encarna el desafío de mostrarse cuando sería más seguro permanecer oculta. Su historia nos recuerda que revelar quiénes somos no siempre es sencillo, especialmente cuando hacerlo implica riesgos que trascienden lo individual: «Si perezco, que perezca».
Como arquetipo vivo, representa el coraje estratégico: la capacidad de observar, esperar y actuar en el momento oportuno. Su enseñanza no radica en rechazar el silencio, sino en discernir cuándo es necesario transformarlo en voz y acción. Su fuerza no está solo en exponerse, sino en hacerlo cuando más importa.
Hay momentos en los que la historia nos pide ocupar nuestro lugar. Y permanecer oculta también es una elección.
Tamar nos confronta con una realidad incómoda: no siempre los sistemas, las normas o las estructuras cumplen la función para la que fueron creados y la justicia no ofrece garantías.
Como arquetipo vivo, representa la determinación de actuar frente a la injusticia cuando las vías convencionales ya no ofrecen respuesta. Nos confronta con una pregunta profundamente humana: ¿qué hacemos cuando el orden establecido deja de ser justo y deja de responder a aquello que es necesario para preservar la vida, la dignidad y el legado? Nos recuerda que discernir también implica reconocer cuándo un límite protege y cuándo un límite necesita ser atravesado.
Hay límites que protegen… y otros que aprisionan. No siempre lo justo cabe dentro de la norma. A veces, cruzar el límite es lo que devuelve el orden.
3. Del relato al encuentro: un dispositivo pedagógico simbólico
El objetivo de esta propuesta no era transmitir información sobre las heroínas judías ni profundizar en el estudio de sus relatos. La pregunta era otra: ¿cómo favorecer un encuentro personal, profundo y significativo entre mujeres contemporáneas y estas figuras de nuestra tradición para que dejaran de ser personajes del pasado y se convirtieran en referentes vivos de identidad?
Con este propósito diseñé un dispositivo pedagógico simbólico compuesto por varias etapas sucesivas. Más que una secuencia lineal de actividades, la propuesta se desarrolló como un recorrido en espiral de profundización progresiva.
El proceso invitaba a recorrer un camino que iba del símbolo al encuentro con la heroína, del encuentro a la identificación personal, de la identificación al cuerpo mediante la escultura viva y del cuerpo a la transmisión del legado.
Cada etapa prepara para la siguiente, favoreciendo un encuentro cada vez más profundo con el arquetipo y con aspectos significativos de la propia experiencia e identidad.
3.1. El vino como puerta de entrada simbólica
La experiencia comenzó con un elemento profundamente arraigado en la tradición judía: el vino, presente en los momentos sagrados, las transiciones y las celebraciones comunitarias.
Más allá de su valor ritual y lúdico, el vino funcionó como un objeto simbólico intermediario que facilitó el encuentro, la comunicación íntima y una disposición emocional necesaria para el posterior encuentro con la heroína.
Cada participante recibió una tarjeta asociada a un tipo de vino y a una descripción de su carácter. Sin conocer todavía la heroína que se encontraba oculta detrás del vino, las mujeres fueron invitadas a reconocerse en las cualidades evocadas por esa descripción y a compartir sus resonancias con otra participante.
La propuesta comenzaba así desde una identificación indirecta y lúdica. Antes de encontrarse con la heroína, cada mujer se encontraba consigo misma y con el reflejo que le devolvía su compañera.
3.2. El encuentro con la heroína
Solo después de esta primera fase se producía la revelación de la heroína correspondiente.
La sorpresa tenía una función pedagógica concreta. Las participantes no eran invitadas a elegir conscientemente un personaje con el que se sintieran identificadas. El encuentro se producía después de haber establecido una primera conexión simbólica con determinadas cualidades, experiencias y resonancias personales.
Cuando las heroínas son abordadas desde una pedagogía simbólica, dejan de ser personajes del pasado para convertirse en interlocutoras entre el relato colectivo y la historia individual, entre el pasado y el presente.
El oráculo de las nueve heroínas judías funcionaba como una puerta de entrada visual y narrativa al arquetipo. A través de imágenes, palabras clave y mensajes esenciales, cada heroína condensaba una experiencia humana universal capaz de resonar con situaciones, desafíos y fortalezas presentes en la vida de las participantes.
En este sentido, no era la heroína quien ofrecía una respuesta. Era cada mujer quien, a través de ella, encontraba nuevas formas de mirar su propia historia y reconocerse como parte de una historia más amplia.
De este modo, la heroína dejaba de ser únicamente un personaje histórico para convertirse en un espejo simbólico desde el cual mirar la propia vida.
3.3. Del símbolo al cuerpo: la escultura viva
La fase central del dispositivo consistió en la creación de esculturas vivas. Para ello se recurrió a una técnica procedente del modelo psicodramático que permite expresar corporalmente percepciones, emociones y significados difíciles de comunicar mediante la palabra.
Las participantes fueron invitadas a construir una escultura o cuadro viviente utilizando los cuerpos de sus compañeras como materia prima. Más que representar un episodio bíblico, la propuesta consistía en crear una escena simbólica capaz de expresar aquello que la heroína evocaba en ellas: desafíos, conflictos, deseos, fortalezas o enseñanzas.
De este modo, podían hacerse visibles experiencias y emociones difíciles de nombrar, como la espera, la pérdida, el silencio, el miedo, la traición o la esperanza.
El paso al cuerpo constituía un momento decisivo del proceso. Aquello que había sido leído, pensado y compartido encontraba ahora una expresión visible y encarnada. La imagen precedía a la explicación, permitiendo que emergieran significados que difícilmente habrían aparecido únicamente a través del lenguaje verbal.
Al ocupar corporalmente los distintos lugares de la escultura, las participantes podían aproximarse de forma experiencial a las cualidades, tensiones y desafíos representados.
El cuerpo se convertía así en una vía de conocimiento y en un espacio vivo de encuentro con el arquetipo. La heroína dejaba de ser un símbolo en una carta para adquirir presencia en el espacio compartido del grupo.
3.4. De la identidad al legado
La experiencia concluía con una invitación a mirar más allá de la propia historia. Después del encuentro con la heroína, de la reflexión personal y de su paso al cuerpo, las participantes eran llamadas a preguntarse qué mensaje merecía ser transmitido.
Cada pareja formulaba entonces un mensaje dirigido a las generaciones futuras en nombre de la heroína que hoy las había visitado. La secuencia completa adquiría así su sentido: recibir una historia, reconocerse en ella, darle cuerpo y finalmente convertirla en legado. Aquello que había comenzado como una experiencia personal encontraba su culminación en un gesto de transmisión colectiva.
De este modo, las heroínas judías dejaban de ser únicamente figuras del pasado para convertirse en mediadoras vivas de identidad, pertenencia y transmisión.
4. La experiencia vivida: observaciones y resonancias
Se presentan algunos ejemplos representativos de lo que vivieron, sintieron y descubrieron las participantes en su encuentro con la heroína.
4.1. La pertenencia elegida: Rut
(Figura 2: Ruth y Boaz, reproducción de la obra de Henri Frédéric Schopin, Colección de Postales de la Biblioteca Nacional de Israel)
La figura de Rut activó una de las resonancias más significativas de la experiencia, quizá por ese fenómeno que Jung denominó sincronicidad: cuando acontecimientos aparentemente independientes parecen organizarse de un modo cargado de sentido.
Dos mujeres del grupo que no se conocían fueron emparejadas al azar. Frente a ellas había un sobre cerrado. Al abrirlo, Rut se presentó. Lo sorprendente fue descubrir que ambas eran conversas.
La emoción fue inmediata. La historia de una mujer que elige incorporarse al pueblo de Israel pareció encontrarlas en un punto muy profundo de sus propias biografías. De algún modo, Rut volvía a pronunciar ante ellas aquellas palabras que atraviesan generaciones: «Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios».
Durante el trabajo escultórico representaron una jupá, como símbolo de alianza, unión y compromiso con la identidad judía. Fue una forma de sellar, una vez más, su propia elección de pertenencia.
Más allá de la sincronicidad, la escena mostró cómo una figura bíblica puede dejar de ser un personaje del pasado para convertirse en un espejo vivo del presente. En Rut, la identidad aparece no solo como herencia, sino también como elección consciente, camino recorrido y pertenencia asumida. La heroína se convirtió así en una mediadora capaz de resignificar la propia historia y recordar el sentido profundo del destino elegido.
4.2. Los desiertos que atravesamos: Sara
Durante el trabajo escultórico, un grupo representó a una mujer atravesando su propio desierto mientras, a su lado, tres generaciones se transmitían un mensaje de unas a otras. La imagen mostró dos dimensiones de significado: el tiempo de la transmisión —las promesas, los valores y las enseñanzas que pasan de generación en generación— y el tiempo del desierto, ese espacio donde cada mujer se encuentra con sus propios desafíos.
La resonancia esencial fue el reconocimiento de que todas atravesamos nuestros propios desiertos: etapas marcadas por la incertidumbre y la espera de aquello que anhelamos. Y aunque muchas veces no entendamos por qué ciertas cosas tardan en llegar o por qué algunos momentos resultan tan difíciles, es precisamente en esos recorridos donde se construyen nuestros aprendizajes más profundos.
La historia de Sara les recordó que confiar no significa tener respuestas, sino continuar caminando aun en la incertidumbre y cuando todavía no es posible ver el resultado.
Su mensaje a las futuras generaciones fue abrazar cada experiencia, incluso las más dolorosas, porque son ellas las que nos transforman en mejores personas. Y es precisamente desde esa transformación personal desde donde podremos transmitir, desde el sentimiento, nuestro legado a quienes vienen después de nosotras.
4.3. Responsabilidad, integridad y esperanza: Débora
Débora fue recibida con sorpresa y alegría. Su figura evocó a una mujer capaz de liderar, aconsejar y tomar decisiones con sabiduría y sentido de justicia en un tiempo en el que pocas mujeres ocupaban ese lugar, y en el que aún hoy sigue siendo un desafío ocuparlo.
La pregunta que surgió a continuación fue: ¿Qué hay de Débora en mí? ¿Qué viene hoy a decirme?
La respuesta apareció como un recordatorio de la confianza en Hashem, de la importancia de actuar con integridad, mantener la esperanza y no caer en el desaliento, reconociendo las oportunidades que se presentan para hacer el bien y contribuir, desde el propio lugar, a mejorar la realidad que nos rodea. También evocó una forma de liderazgo que integra visión, justicia y corazón. Como expresó una de las participantes: «Las mujeres tenemos esa gran habilidad: poner el corazón en cada cosa que hacemos, y deberíamos estar orgullosas de tener ese valioso don.»
4.4. Seguir adelante sin endurecer el corazón: Rajel
En tiempos marcados por la violencia y las fracturas que atravesamos, el arquetipo de Rajel nos habló de la delicada tarea de atravesar el dolor sin permitir que el miedo, la rabia o la impotencia nos endurezcan el corazón.
Rajel nos recordó que también hoy es posible sostener el dolor sin renunciar a la sensibilidad y a la compasión. No se trata de negar la realidad que duele, sino de seguir cuidando lo que nos hace profundamente humanos frente a aquello que amenaza con quebrarlo o endurecerlo.
Surgió entonces una decisión compartida: no permitir que la maldad nos robe también la capacidad de amar, de confiar, de dar y de cuidar.
5. Reflexiones finales y aprendizajes emergentes
La experiencia realizada mostró que las heroínas judías siguen siendo relevantes como modelos de identificación para las mujeres de hoy. Nos interpelan desde la adversidad, el dolor, los sueños, la esperanza, los desafíos y las decisiones que siguen atravesando la vida contemporánea. Nos invitan a mirarnos en el espejo de otras mujeres judías, de antes y de hoy, acercándonos a ellas o dejándonos alcanzar por ellas en un diálogo fértil, a veces incómodo y otras profundamente restaurador.
La aplicación de este dispositivo pedagógico simbólico permitió observar cómo la resonancia emocional precede con frecuencia a la comprensión del relato histórico. El paso al cuerpo resultó especialmente significativo en este proceso, al transformar la comprensión intelectual en experiencia vivida.
Cuando una mujer puede encontrarse con una heroína, reconocerse en ella, llevarla al cuerpo y actualizar su mensaje en el presente —“ponerse en sus zapatos hoy”—, la tradición deja de ser únicamente algo que se estudia, se lee o se narra para convertirse en algo que se experimenta desde la emoción y la conexión con la propia historia personal. Así, se teje un puente entre la experiencia cotidiana y la identidad judía, haciendo que una historia colectiva encuentre un lugar vivo en la propia biografía.
De este modo, la heroína deja de ser un personaje leído para convertirse en una presencia habitada, capaz de abrir nuevas comprensiones sobre la propia vida, la pertenencia y el legado recibido.
Las pedagogías simbólicas facilitan que la tradición dialogue con la experiencia contemporánea y vuelva a ser habitable. La experiencia confirma que la identidad se transmite con mayor profundidad cuando puede ser vivida y encarnada en el diálogo entre la mujer de hoy y la heroína de ayer. Como resultado de ese proceso, una historia colectiva deja de sentirse ajena y encuentra un lugar donde hacer hogar en la vida de quien la recibe.
Marco de referencia
La propuesta presentada se fundamenta principalmente en la práctica profesional de la autora y en su experiencia en el diseño y facilitación de dispositivos pedagógicos simbólicos y psicoexpresivos. Su desarrollo integra aportes del psicodrama, el psicodrama pedagógico, el psicodrama simbólico, el trabajo con esculturas, los relatos simbólicos, los arquetipos y la educación en valores y emociones, aplicados a la construcción de identidad y a la transmisión vivencial del legado.
Referencias bíblicas utilizadas
Las heroínas abordadas en este trabajo corresponden a los siguientes textos de la Biblia Hebrea (Tanaj): Sara (Génesis 11–23), Rivká (Génesis 24–27), Rajel y Lea (Génesis 29–35), Miriam (Éxodo 2–15), Débora (Jueces 4–5), Rut (Libro de Rut), Ester (Libro de Ester) y Tamar (Génesis 38).
Bibliografía
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