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La revista NOAJ, expresión escrita de la Asociacción Internacional de Escritores Judíos en Lengua Hispana y Portuguesa, tuvo, desde 1987, un total de diecinueve volúmenes; siendo el último de ellos una edición especial, en 2011. Trató temas como el lenguaje de los escritores judíos, el exilio y la literatura judía, Israel en el imaginario de los escritores ibero-latinoamericanos, memoria judía y escritura, tierras de expulsión y tierras de promisión, los intelectuales y la paz. Bajo la dirección de Leonardo Senkman, y subdirección de Florinda Goldberg, NOAJ contó con consejos internacionales de renombre. Agradecemos especialmente a Leo Senkman por permitirnos la publicación de los textos de NOAJ en Milta y a Ariel Dajczman por seleccionar los textos y preparar esta entrega.
“El extranjero”. NOAJ, no. 9: 40–46
Chejfec, Sergio. 1993.
Al despertar esta mañana sentí angustia cuando no supe qué día era, al recordarlo me tranquilizó ese típico bienestar inminente propio de cuando por fin nos aproximamos a un momento aguardado con ansias. En la sala noté que mi madre, previsiblemente, había apagado las velas; por su mirada anoche había sabido que ella se ocuparía de hacerlo –así como ya muchos días atrás había descubierto en sus pensamientos que fuera de eso pensaba en muy pocas otras cosas. Vi contra el techo las manchas de carbón dibujadas por el humo de las velas, y me pregunté cuántos días pasarían antes de que su aroma se extinguiera. Estuve inmóvil por un rato, mirando hacia arriba, aturdido y queriendo imaginar el día de hoy. Pero con el recuerdo de Ernesto en la cabeza no era sencillo detenerse en nada. Después iría hasta el baño a afeitarme.
Mientras el agua arrasaba los pelos de mi barba de un mes, la hoja de afeitar volvía a adquirir su filo disponible; el contorno eficaz para seguir rasurando. La pileta se tapaba, nuevos pelos comenzaban a flotar, y varias veces debí hundir el índice, revolver el fondo –recordé el dedo de Ernesto indicando los mapas– y observar cómo el agua descendía un poco. La barba era mía, las velas de mi madre. A pesar de que ella no lo hubiese pedido con palabras, yo sabía que su desconsuelo daba por sentado que el hijo que le quedaba llevaría el duelo elemental sin afeitarse. Por eso, porque no me costó percibir –y de algún modo compadecer, a pesar de que lo compartiera– su dolor, hice lo natural, o sea lo que esperaba; lo que ella hubiese esperado de mi padre de haber estado vivo o lo que habría hecho mi hermano si yo hubiera sido el muerto.
Vi flotar mi barba, entonces, y creí despedir los últimos rastros del momento de su muerte, de la mañana –también era una mañana– cuando me enteré de que no vivía. Desde ese día rozar mis mejillas significó recordarlo; apoyar el mentón en el puño implicaba abandonar la distracción –cualquier cosa, en ese momento, se convertía en distracción– y recuperar su ausencia. Una cama vacía, alguien menos a comer, una voz ausente en el universo verbal de la casa podía presuponer un viaje, autorizaba inferir algo provisorio; pero mi barba, que percibía más avanzada cada mañana, significaba su muerte creciendo desde mi piel.
Así fue como recordé esta mañana, frente al espejo, lo siguiente: “¿No es precisamente en el extranjero donde lo propio se le aparece a uno como cierto y determinante?”, una frase que solía repetir mi hermano cuando después de comer se sentaba a fumar en su sillón y aquel humo parecía convertirse en palabras. El siempre quiso tener la oportunidad de viajar, pero nunca la buscó. Dejando de lado unas escasas, breves y cercanas escapadas turísticas, no se movió de la ciudad; solo una vez del país, cuando fue a Montevideo por un corto fin de semana. Nunca tuvo dinero para ir al extranjero; y cuando se podría haber visto obligado, careció de razones políticas para exiliarse. Además estaba mi madre, pero él sabía que yo no la abandonaría. Jamás buscó la oportunidad de viajar, por lo tanto siempre careció de alguna chance real, y sin embargo soñaba todo el tiempo con hacerlo; su vida se desplegaba dentro de un marco prefijado y virtual a la vez, aunque suene ridículo, como atento a la espera de que sucediese algo. Lo que ocurrió fue su muerte, creo que la única cosa con la que él no soñaba. A veces en las comidas mi madre le decía, frente suyo en la mesa, “Ernesto, ¿por qué no trabajás?”, le insistía tranquila con su voz suave. Y él se quedaba ausente con la cara tapada hasta que al rato iba a su sillón, se sentaba, y comenzaba a hablar. Decía: “¿No es precisamente en el extranjero donde lo propio se le aparece a uno como cierto y determinante?”.
El sillón de Ernesto, pienso, poco a poco irá dejando de ser un recuerdo. De la obsesión por viajar derivaba de hecho el fervor con que estudiaba sus mapas: los desplegaba, con parsimonia, y era capaz de estar seis horas seguidas mirándolos y fumando, encorvado sobre la mesa que antes y después lo vería taparse la cara. Aunque mi madre y yo algunas veces tuviéramos que estar fuera de la casa, de regreso podíamos ver la melena pelirroja de Ernesto sobre la mesa con la misma inclinación, tal como lo habíamos dejado, absorto, unas horas antes. Después seguramente permanecería impávido durante un rato, como inhibido ante aquello que había contemplado en los mapas y sobre lo cual luego nos hablaría desde su sillón. La locuacidad de Ernesto era tan profusa que no se moderaba ni cuando dormía, aunque durante el sueño era menos reflexiva que en la vigilia. Sin embargo decía que no soñaba. Comía poco, pero como un desaforado. No tenía dinero, y por lo tanto nos pedía para cigarros sin por eso haber sentido nunca humillación alguna. Se sentaba en su “sofá” –como él lo llamaba– y nos hablaba observándonos, ansioso porque le retribuyéramos la mirada aunque mi madre y yo estuviésemos haciendo nuestras cosas.
Decía que era la herencia judía, la que lo inducía a viajar; y argumentaba que siendo él un extranjero resultaba a todas luces natural que quisiera irse, precisamente, al extranjero. Mi madre y yo lo escuchábamos a lo largo del día y no era necesario observarlo para saber que en ese momento, hundido en su sillón, gesticulaba como un condenado, como si la voz que salía de su garganta y los movimientos con los que violentaba el aire no fueran suficientes para hacerse entender, y quisiera más, más, como aspirando a señalar el conjunto de aquello que quería referir, o sea una totalidad completamente irreal, sólo viva, acaso, en su cabeza, y por eso mismo, mucho más contundente, aunque imposible de abarcar con aquellos brazos largos y flacos. Entonces, aunque no lo miráramos, resultaba evidente que Ernesto quería partir, recurriendo a esas gesticulaciones, como si ellas fueran el recorrido inicial, aunque no la despedida.
Nunca confundió sus pretensiones con sus planes, ni sus deseos con sus previsiones; por eso, a pesar de hablar todo el tiempo sobre el exterior, acerca de sus ansias por viajar, jamás nos dijo nunca que pensaba hacerlo. Hubiera sido sencillo que una mañana, después de mirar algunos mapas, fumando en el sillón, nos dijera con su voz sonora: “Bueno, mis queridos, la semana que viene me voy para Portugal”; mi madre y yo no le hubiésemos creído, todo hubiera quedado como antes, lo habríamos tomado como una llana y simple exteriorización de sus ilusiones. Pero sin embargo, Ernesto jamás dijo tal cosa: a lo sumo exclamaba, frente a algún mapa de la zona, “¡Cómo me gustaría ir a Portugal!”. Y precisamente esa reticencia en la manifestación de sus ansias resultaba enigmática: ¿Qué le costaba participarnos de sus planes como si fueran reales?, ¿por qué no podía ser más enfático con sus ilusiones? A pesar de ser tan locuaz, Ernesto practicaba una literalidad concentrada, puntillosa, casi jurídica. Era como si la distancia entre su ambición y lo posible hubiera sido tan extensa y flagrante que pretender disimularla, aunque sea a través de ocurrencias irónicas o comentarios gratuitos, habría implicado desnudar sus obsesiones –aquella otra zona de realidad de algún modo tan real como mi madre y yo– como de concreción incierta. De este modo se veía misteriosamente obligado a ocultar lo irrealizable y evitaba que sus deseos adquirieran la forma de la hipérbole de lo exagerado, preservándolos del entredicho al que se someten cuando se amenaza con su concreción.
Hay personas que asumen para sí la tarea de pretender doblegar su propia naturaleza porque aspiran a alcanzar otra; una que, naturalmente, les resultó vedada. Algunos lo consiguen antes de acabar agotados, otros no. Ernesto fue uno de los que lo consiguieron, aunque ese mismo logro determinó una frustración mayor. Y evidentemente, cuando se trata de estas cosas no hay nada más penoso; porque fue la nueva naturaleza, la adquirida, la conquistada, la que coronaría una secuencia permanente de esfuerzos a veces brutales, siempre tenaces, la que Ernesto primero percibió cómo se revertía contra él, la que intuyó después que no lograría dominar jamás aunque le perteneciera y la que pronto acabó hundiéndolo en ese torpor locuaz y autónomo. De este modo el éxito fue la condición de su fracaso, y el fracaso el precio doblado de su éxito; no fracasó del todo porque precisamente tuvo un fracaso estrepitoso. Esto puede parecer un juego de palabras inútil, y sin embargo es real.
Dedicó toda su vida a prepararse para viajar al extranjero, pero en la medida en que estuvo listo, a su modo, espiritualmente, desde muy temprano, esa misma energía a veces se convirtió en entusiasmo, a veces se revirtió en impaciencia, pero también siempre en delirio. Acaso todo haya sido una cuestión de dinero, aunque no lo creo. Si él decía que era su sangre judía la que lo compelía a viajar, ese tipo de impulsos siempre se concretan, tarde o temprano, a pesar de las dificultades materiales. Y sin embargo no me parece que dejara de decir la verdad cuando repetía, después de hablar acerca de lo propio y lo determinante, que su origen y la herencia que él representaba lo inducían a seguir viajando, a retornar a ese extranjero global de donde había venido. Fue natural por lo tanto que siempre terminara agotado con la lectura minuciosa de los mapas, porque era tanta la tensión que volcaba en esos continentes o países de hule que ocupaban cada uno gran parte de la mesa, que se convertían en verdaderos viajes cerebrales, retraídos y comunicativos a un tiempo, pero de los que Ernesto regresaba siempre absorto como si hubiera acabado de conocer alguna divinidad. Jamás estudiaba mapas de la Argentina, país que carecía de interés simplemente porque no integraba el extranjero, y también culpable, de algún modo –pienso, según Ernesto– de ocupar el mismo territorio que él de manera de estar impidiéndole vivir donde soñaba.
Ayer le dije a mi madre que hoy iríamos al cementerio. Ella por supuesto lo sabía, pero sin decirlo agradeció que me hiciera cargo de su idea fija. Desde que murió Ernesto todo el tiempo su pensamiento fue una mezcla de dolor mortuorio y compromiso sentimental. El dolor lo llevaba cotidianamente a lo largo de cada momento, el compromiso estaba desde un principio pautado por la cita, como habrá de estarlo ya mientras ella viva: el mes, el año, y cada año sucesivo. El pensamiento de retornar al cementerio fue una obsesión que la trabajó desde el momento en el que terminamos, el mes pasado, de enterrar el cuerpo de Ernesto.
Aquella mañana la claridad, lo calmo del día, los árboles, los escasos caminantes desperdigados y la silenciosa labor de los cuidadores constituían el contraste pacífico de una brutalidad –para nosotros– previa e individual: el fallecimiento de Ernesto en tanto separación definitiva. Caminamos sin hablar, no podía quitarme de la cabeza la imagen de su cuerpo baldado en el cajón por toda la eternidad, es decir, mientras yo pudiera reconocer su sillón, apoyar cosas en su cama, y contemplar de vez en cuando sus mapas. Estrechaba los hombros de mi madre, quien suspiraba de cuando en cuando con una exhalación que parecía provenir de la profundidad de su estómago. No es el corazón, pensé, aun cuando sería lo indicado; tampoco eran los pulmones, y presentí que sólo del estómago podía revelarse semejante hondura. La pequeñez y aparente fragilidad de su cuerpo contrastaba con la amplitud de mi brazo, que alcanzaba con holgura su costado derecho; y precisamente era con mi abrazo que yo registraba la palpitación profunda y hermética de su dolor. Después de haber caminado durante media hora casi en silencio nos aproximamos a la entrada. Había un grupo de personas que partía: muchos tenían los ojos rojos y se despedían mediante largos y fuertes abrazos, durante los cuales se murmuraban alguna cosa al oído y se palmeaban las mejillas entre sí; a veces, después de haberse despedido, algunos volvían a dialogar, urgidos, porque evidentemente habían olvidado de convenir algo; mientras tanto otros, en grupos de a cuatro o cinco, charlaban y se tocaban.
El calor había aumentado, y seguramente el ver aquella escena familiar nos hizo comprender que llegaba el momento de retornar a nuestra inimaginable actividad habitual. ¿Cómo no sentir culpa por continuar vivo? Apenas terminé de percibirlo estuve seguro de que habíamos sido los dos –mi madre y yo– quienes lo pensamos al mismo tiempo; así, muchas veces nos decimos cosas sin decirlas, tal como sucedía con Ernesto y ella. Uno no podía sentir alivio, y sin embargo cierta placidez se prefiguraba como compensación frente el dolor y el sueño acumulados, de tal modo que alcanzar la entrada del cementerio resultaba una especie de consideración de la realidad hacia nosotros. En un espacio de sombra, a pocos metros de esa edificación alta y casi monumental, había un banco. Y le dije a mi madre: “Qué tranquilo lugar, ¿por qué no nos sentamos un poco?”. Ella obedeció sin responder; comprendía que era una manera de retrasar la partida, y me lo agradeció sin decirlo. Tampoco necesitábamos aludir a que durante el mes inmediato no podríamos retornar.
Bien; ese mismo agradecimiento percibí que me dirigía con su respiración cuando ayer le mencioné que hoy iríamos al cementerio, de donde hace unas horas que volvimos. Una vez finalizado el ritual frente a la tumba de Ernesto anduvimos de la misma manera por esos senderos, yo percibí las mismas exhalaciones saliendo de su interior, y nos terminamos sentando, después de caminar media hora, en el mismo banco luego de mi mismo comentario. Así comienzan las costumbres, le dije a mi madre que contemplaba, como yo, a un chofer apoyado sobre la puerta de su auto aparentemente a la espera de que volviera quien lo había contratado, refiriéndome por supuesto a nuestro mismo recorrido dentro del cementerio. Toda vez que vengamos, antes de irnos, nos sentaremos aquí, le dije a ella con otras palabras. Y así es como se humanizan los comportamientos, acoté: demorar las partidas, dilatar los preparativos, crear etapas artificiales en los viajes, frecuentar los mismos recorridos.
Mi madre observaba al chofer, que no dejaba de contemplar los árboles y el cielo con ambas manos sobre el auto, a cada lado del cuerpo, y yo también. En ese momento podía pensarse que Ernesto estaba ausente de nuestros pensamientos, y sin embargo era todo lo contrario. Esa misma laxitud que nos invade cuando lo visitamos restaura para nosotros su vida cotidiana de disponibilidad sin atributos y de obsesión sin riesgo; aquella misma dispersión de la atmósfera en el cementerio, haciendo de la luz el conjunto de planos superpuestos al fondo de los cuales la chatura de las tumbas se recuesta, impregna su recuerdo de la misma repetición con que se articulaban sus días.
Tanto yo como mi madre no le temimos a la distracción, por eso pudimos estar sentados conversando de a ratos, mirando los dos las mismas cosas, y pensando en Ernesto sin decirlo. Por fortuna en el cementerio no circulan las flores, lo cual permite que el espacio sea para los ojos menos desordenado y cruento.
Rato después, al levantarnos del banco, ella me dijo, elevando el brazo para acariciarme el cuello con la palma de su mano, “Las costumbres no comienzan, se perpetúan como los viajes”; y de algún modo sin palabras le di a entender que la comprendía. La herencia que a Ernesto lo compelía a viajar era la fuerza que a mi madre y a mí nos empujaba a trazar con nuestros pasos, en el cementerio, una especie de diseño de su recuerdo: deteniéndonos de cuando en cuando a contemplar alguna cosa, dialogando con frases sueltas mientras la entrada se aproxima inadvertidamente, descansando en un banco cuyo granito color tiza reivindica su familiaridad con las tumbas, demorando la partida. Uno no puede dejar de imaginarse cómo se habrían ordenado los hechos y las personas de haber sido yo quien se hubiera muerto, y pienso que habría sido igual: Ernesto acompañando a mi madre por el cementerio, un tanto ansioso por volver a la mesa y seguir mirando los mapas –y por lo mismo entonces menos interesado en describir algún tipo de recorrido en particular, o en todo caso en ser consciente de él.
Así como sería impropio hablar del comienzo de una costumbre, según mi madre, tengo la impresión de que resulta equivocado denominar recuerdos a los rastros de Ernesto que permanecen en la casa. Cada tanto, durante este primer mes, tomaba sus mapas, los sopesaba, enrollados, imaginando su contenido y me quedaba un rato pensando en él de una manera vaga, como si ocupara mi pensamiento sin suscitar ningún tipo de reflexión; rato después desplegaba alguno sobre la mesa y me inclinaba a mirarlo. No puedo dejar de admitir que mi hermano, a fuerza de repetición, de visitante asiduo de su costumbre, logró un efecto de realidad alrededor de algo en absoluto ilusorio: esas pocas veces que me incliné frente a un mapa suyo creí estar frecuentando un recorrido familiar; pensé que repetía un viaje que ya Ernesto había fatigado en demasía. Encontrarme con el río Danubio era recuperar ciertas resonancias de sus comentarios de viaje pero también cierta esfera de realidad arcaica y propia; visitar la isla de Madagascar era retornar a una geografía frecuentada y esquiva a la vez.
Recordaba la voz de Ernesto exclamando frente a ellos, con emoción y entusiasmo, “Desde acá en los días claros se ve Odessa” o “Aquí nace el río Sinha G’og” mientras su índice apretaba el mapa con una fuerza brutal, como si con la presión pretendiera exprimir aquel hule y así tornar concreta la materialidad de la geografía que estaba visitando. Muchas veces nos mentía, de manera de establecer algún tipo de preeminencia que lo preservara del lugar subalterno que él creía ocupar dentro de la familia; así, algunos días nos mencionaba lugares o accidentes que no existían, o a los que sí existían les daba un nombre ilusorio que no era más que un chiste o un juego de palabras. Pero generalmente en estos casos levantaba su cara y, mientras seguía apretando con el dedo, sonriendo nos dirigía una mirada con la que confesaba sin palabras que aquello sólo era una broma inocente. Mi madre no necesitaba observarlo para saber cuándo inventaba y cuándo obedecía las indicaciones de los mapas, sin embargo yo siempre carecí de su agudeza en relación con Ernesto; ella decía que se daba cuenta por el “tono de voz” cuando a veces mi hermano le preguntaba entre acucioso y halagado –por ser objeto de su atención– cómo había descubierto que estaba mintiendo.
Sin embargo, a pesar de las apariencias, nunca lo tratamos como a un niño. Esto puede parecer una aclaración ridícula, y también inconveniente, pero fue así; de manera fundamental debido a que siempre Ernesto se comportó como un adulto. Por ejemplo, cuando hablaba durante horas sin establecer diálogo alguno, él en definitiva no buscaba nuestra atención; era un soliloquio laxo, irregular, que depositaba en la duración una aptitud hipotética para ser escuchado por aquella misma geografía extranjera a la cual Ernesto soñaba con dirigirse y permanecer. De ahí la repetición de sus palabras, semejante a la repetición y combinación de sus mapas, todo el tiempo aspirando sin saberlo a construir una monotonía consistente que pudiera adquirir visos de realidad. Sin embargo, la sonoridad de su voz estaba sin duda relacionada con la amplitud y diversidad del destino –del universo– al cual él creía dirigirse: los mapas constituían algo puntual, un croquis elaborado con el objeto de representar; y al contrario la luz, el aire, el espacio de difusión de los sonidos que salían de su garganta resultaban el ámbito más inmediato de convivencia con la totalidad: era el extranjero mismo, lo extranjero en estado de suspensión, una especie de Extranjero Puro rodeando la piel. De ahí aquella leve impostación que percibíamos cuando nos hablaba como si le estuviera hablando al mundo; de allí ese leve tono de presunción inocente y enfática al mismo tiempo al referirse a la herencia judía que lo compelía a viajar; y por supuesto de allí también la amplitud de movimientos de Ernesto al gesticular, el gran arco que dibujaban sus brazos escuálidos como si quisieran testimoniar para ese extranjero distante y remoto que era incapaz de oír.
Estoy seguro de que a pesar de su entusiasmo había algo en el extranjero que a Ernesto lo desconsolaba –y que acaso en última instancia era el hecho que lo inducía a abandonar cualquier idea seria de visitarlo alguna vez: su limitación. Aunque parezca trivial, Ernesto tuvo la experiencia de lo acotado, limitado y estrecho del mundo merced a sus travesías servido de los mapas. Seguramente, de haber realmente viajado, la tierra le hubiera parecido en muchos aspectos inabarcable, pero así, con los mapas, que aunque numerosos siempre acababan indicando las mismas geografías, las cosas evidentemente resultaban más previsibles. No hará mucho tiempo que un día empezó a observarlos de vez en cuando con espejos, de manera de encontrar lo novedoso y la variación en una misma superficie invertida. Recuerdo las carcajadas que lanzaba al descubrir en ese cristal que estaba levantando sobre la mesa un orden a primera vista sorpresivo; me decía, con la voz exultante de entusiasmo y de alegría, mientras seguía inclinado sosteniendo el espejo y daba vuelta la cara hacia donde yo estaba, me decía “Bernardo, ¡pero mirá para qué lado está el Océano Índico!” e inmediatamente retornaba a su carcajada contagiosa que a mi madre y a mí nos hacía levantar la vista, observarlo y soltar la risa entrecruzando nuestras miradas junto con Ernesto. En esos momentos él era dichoso, tanto como pueden serlo quienes encuentran motivos de risa en las circunstancias sorprendentes.
También en esos momentos el sufrimiento resultaba una experiencia inverosímil, y sin embargo faltaban pocas horas para la pregunta fatídica de mi madre. Era claro que ella quería que Ernesto trabajase en primer lugar debido al rigor de nuestro presupuesto familiar, y en segunda instancia porque le parecía hasta cierto punto natural que una persona adulta tuviera un empleo. De todos modos aquí estoy esbozando una interpretación acaso temeraria: jamás se habló de esto, más allá de la comunicación que consistía en la pregunta de mi madre y la respuesta de Ernesto al cubrirse la cara con las manos. En este momento, aunque haya pasado sólo un mes, veo claro de qué manera resulta sencillo tender a evaluar las conductas de quienes no están; y en este sentido, si advirtiera que al morir mi hermano tenía 21 años, todo esto quedaría como una historia levemente extravagante y un tanto desdichada, pero si confesara que ya había cumplido los 52 su imagen se teñiría de patetismo y sordidez. Por lo tanto, me parece sensato ocultar su edad.
Hablando del tiempo, recuerdo un comentario que me hizo mi madre cuando en el cementerio, esta mañana, le pregunté cuánto pensaba que pasaría antes que encontrarnos con los mapas de Ernesto dejara de significar pensar en él, o sea recordarlo. Íbamos caminando, y en ese momento a nuestra izquierda, a varios metros más adelante, una mujer de edad ponía un poco de orden en una tumba: apartaba ramas y pastos secos de las pocas piedras que estaban sobre el mármol, limpiaba con su pañuelo el retrato oval de un anciano. Por un momento, cuando durante un instante apoyó su brazo y su cara a la par de la foto, sobre la lápida, pensé que lloraría. Pero se quedó inmóvil una fracción de segundo, como si reflexionara, y se retiró. Sus gestos no revelaban dolor, pero sí una solicitud que hablaba, pensé en silencio cuando la vi, de un sentimiento de devoción. Ella ahora avanzaba delante nuestro y yo veía su vestido negro, sus zapatos negros, su bolso negro y ese andar cansado y titubeante de las personas de mayor edad.
Bien; mi madre me respondió, bajando el tono y alzando un poco la barbilla para indicarme a la anciana que iba delante, que el recuerdo de Ernesto existía como esa mujer: alejándose y anticipando nuestro recorrido, guía y olvido a la vez; y que en ese sentido pensar en el tiempo resultaba una cuestión menor; y que del mismo modo como nosotros recién habíamos percibido que su actitud estaba despojada de dolor y poseída de algún modo por una forma de devoción, efectivamente así habríamos de continuar la costumbre de reflexionar acerca de Ernesto. Y cuando digo reflexionar –acotó ella– quiero decir recordar, imaginar, adorar. Por eso no era capaz de suponer cuánto tiempo pasaría antes de que dejáramos de descubrir en los mapas prendas inesperadas de su hijo; porque si el tiempo se había desplegado hasta un mes antes de manera tan natural, evasiva y fatal a la vez que habría sido imposible predecir en qué momento mi hermano dejaría de estudiar los mapas, del mismo modo ahora los dos –ella y yo, según ella– estábamos enfrentados a una tiranía que venía de los objetos y a un encadenamiento que nos llegaba de nuestro interior.
Después estaríamos un rato largo sin hablar, hasta que dejamos de andar y nos sentamos en el banco próximo a la entrada, desde donde miramos al chofer que esperaba sin impaciencia.
Sergio Chejfec (1956–2022) fue un destacado escritor y docente argentino, cuya obra es considerada una de las propuestas narrativas más sutiles y singulares de la literatura latinoamericana contemporánea. Su estilo se caracteriza por una prosa de ritmo pausado y reflexivo que entrelaza tramas mínimas con la indagación teórica, explorando de manera recurrente la memoria, el desarraigo, la violencia política y la identidad judeo-argentina. Obras destacadas:
- Lenta biografía (1990).
- El aire (1992).
- Los planetas (1999).
- Boca de lobo (2000).
