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En la tradición judía, la palabra —Milta en arameo— no es sólo un vehículo de comunicación, sino una fuerza creadora y moral. La realidad comienza con el Verbo, y esa concepción inaugura una ética profunda: hablar es actuar. Cada frase pronunciada modela vínculos, altera percepciones y deja huellas en el tejido social. Por eso, la libertad de expresión no puede ser entendida únicamente como un derecho individual, sino como una forma de poder que exige conciencia, responsabilidad y disciplina.
Ya en el Talmud aprendimos de Hilel y Shamai[1] que una disputa en aras de la búsqueda de la verdad es legítima, mientras que aquella que busca tan solo disentir para provocar o desvalorizar no tiene justificación.
Esta tradición que celebra el derecho a hablar también exige la capacidad de escuchar. En Pirké Avot 4:1, Ben Zoma formula una definición que desafía los modelos contemporáneos de sabiduría: “¿Quién es sabio? El que aprende de todos”.
La libertad de expresión no se agota en la protección de la palabra, sino que incluye la apertura a la complejidad, la disposición a recibir lo que el otro aporta y la humildad para reconocer que ninguna voz agota la verdad. Una sociedad que protege el derecho a hablar pero desprecia el deber de escuchar no es verdaderamente libre.
Aunque parezca sencillo, esto exige detenerse y respirar hondo para aceptar que quien piensa distinto también lo hace desde su compromiso sincero con la verdad y la honestidad intelectual.
Ese ejercicio es el que nos habla de la vitalidad del judaísmo y de que existen entre nosotros muchos preocupados y ocupados con el pasado, el presente y el futuro de nuestro pueblo. Frente a una era digital que nos empuja a la exposición total, reivindicamos esa distancia ética que preserva la dignidad del otro. No buscamos respuestas cerradas, sino ofrecer un espacio donde la relación se constituye en el encuentro.
En este proyecto, cada autor es responsable de su opinión, y cada lector es invitado a ejercer responsablemente la escucha activa que la tradición considera indispensable para la sabiduría.
La libertad de expresión, desde el prisma judío, no es un permiso para decir cualquier cosa, sino una invitación a hablar —y escuchar— de manera que el mundo sea un poco más luminoso que antes de hacerlo.
En cada edición volvemos a descubrir que la apuesta por la cultura, el conocimiento y el intercambio de ideas es acertada.
Continuamos transitando el camino “porque pensamos en los asuntos judíos y concebimos que lo judío debe vivirse en el encuentro con el otro, por medio de la palabra”, tal como lo dijimos en nuestra primera aparición.
Mishná, Pirkei Avot 5:17 «Toda disputa que es en aras del Cielo (sobre la búsqueda de la verdad) al final perdurará; pero la que no es en aras del Cielo, al final no perdurará. ¿Cuál es una disputa en aras del Cielo? La disputa de Hilel y Shamai…»
