Salomón Hachuel Abecasis. Periodista sefardí y comunicador nacido en Ceuta en 1963. Inició su carrera en Radio Ceuta de la Cadena SER en 1981 y desde 1994 trabaja en Radio Sevilla, donde conduce el programa Hoy por Hoy Sevilla. Se ha destacado por su estilo cercano y participativo, así como por su compromiso con iniciativas solidarias y su labor en la construcción de una radio de servicio público y proximidad, siendo reconocido con la Medalla de la Ciudad de Sevilla por su trayectoria profesional.
He estado semanas reflexionando desde la perspectiva de un judío sefardí que sigue haciéndose preguntas cada día. Tal vez no sean consideraciones valiosas ni tengan importancia para nadie, pero encuentro este momento para escribir impulsado por una profunda admiración hacia la tradición y el cuestionamiento constante.
Preguntas que me hago como un judío más: ¿Quién soy para juzgar todas las decisiones que se han adoptado tras el fatídico 7 de octubre, fecha marcada a fuego ya para siempre en nuestra conciencia colectiva? ¿Y la guerra por la supervivencia que está librando Israel ante su declarado enemigo Irán que solo busca su desaparición? ¿Vivo allí sintiendo las andanadas de cohetes que siguen cayendo a diario y matando gente, para juzgar no sé a quién? ¿Piso suelo israelí cada día para conocer lo que significa vivir sin saber si vas a volver a casa con los tuyos? Si se trata de juzgar, debemos empezar por ser justos. O por lo menos intentarlo.
En mi caso, y dicho con total humildad, tengo en cuenta varias consideraciones que paso a exponer, fruto de mi experiencia vital en la diáspora.
El judío ama la vida. No todo el mundo piensa de la misma manera. Y aunque haya quien no lo crea, nos duele ver morir a gente, sobre todo cuando se trata de mujeres y niños. Por los terroristas, mi desprecio absoluto, por no emplear palabras más gruesas. Cuando nadie sabía de nada hace miles de años, nuestros textos sagrados nos llamaban la atención sobre las viudas y los huérfanos, por ejemplo, y el cuidado que merecían por nuestra parte. No nos hemos olvidado de esa filosofía. Muy al contrario, nos lo recuerdan en muchas Parashot. De pronto, no nos hemos convertido en almas sin piedad, aunque haya quienes así lo piensan y divulgan. En Irán, los objetivos son militares. Sin embargo, en suelo israelí caen las bombas sin ningún destino en concreto. Se trata de matar al máximo número de judíos posible. El no reconocer tales hechos por parte de ciertos sectores del mundo occidental es fruto de la pereza intelectual. O de una intencionalidad política ya nada disfrazada.
Siempre estuvimos solos. Cierto es que a veces a lo largo de la historia hemos tenido grandes compañeros de viaje. Pero a la postre, solos.
Nuestra supervivencia depende de nosotros mismos. Hay quienes nos quieren desaparecidos no solo de un pequeño país, sino de la faz de la tierra. Grandes civilizaciones pasaron, nosotros permanecemos. No hace falta buscar a Hashem. Él siempre ha estado y estará, aunque a veces no nos demos cuenta.
Nos fue entregada la Torá. Un código de conducta, a fin de cuentas. Antes había caos. Tras conocer los diez mandamientos, se estableció un orden, alimentado por una serie de elementos morales y éticos que nos alejaban del reino animal irracional, tal y como se establece en la Torá. No es milagroso que el libro más antiguo de la historia siga vigente en nuestros días en cuanto al orden de la humanidad. Fue dictado para tal misión.
Molesta que nos consideremos el pueblo elegido. No me considero elegido. Simplemente, alguien con unas profundas convicciones religiosas que tiene una raíz judía muy fuerte. Y me gusta lo mío porque procura el bien de los demás y la creencia en un solo D’os. El único.
Y por último, me parece inconcebible que siendo los que somos, tan pocos, haya sujetos que se sientan libres del compromiso de defender lo nuestro, estar en las Fuerzas de Defensa de Israel. A la Torá me remito. Hombres de entre 20 y 50 años, al ejército. ¿No han leído en sus Yeshivot ese epígrafe? Sí lo han hecho, pero no les interesa su mensaje.
Culmino. En un desayuno con directores de medios de comunicación me interpeló un pastor de la iglesia para preguntarme sobre la tolerancia entre confesiones. Mi crianza fue en un aula con cristianos, judíos, hindúes y árabes. Jamás existió una sola desavenencia por esa mezcolanza. De ahí que mi respuesta fuera: ¿quién soy yo para ser tolerante con nadie, y qué derecho tengo a serlo? No había oído hablar de la “tolerancia” en mi vida. Tampoco me hacía falta. Seguiré sin hablar de ese concepto, porque no somos más ni tampoco menos que nadie.
Mi único anhelo hoy es que nuestros hermanos sientan en estos difíciles tiempos el calor de quienes no estamos allí, por mucha que sea la distancia que nos separa. Y mi gran convicción es que soy lo que soy y siento como lo que soy.
