Editorial – Revista N° 10

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Sostener un territorio donde las voces puedan expresarse no es un desafío nuevo, pero cada época lo presenta con diferentes matices y terminología. 

Frente a un mundo que sigue consagrando la idea de pluralismo y diversidad, va emergiendo una uniformidad y homogeneidad preocupante. De manera paradójica, en la era de la individualidad exacerbada la uniformidad y la fusión predominan, asfixiando al individuo que intenta una voz particular. 

Pensar es una tarea arduamente difícil, y hacerlo de manera autónoma aún más. 

«Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento. (…) Trabajemos, pues, en pensar bien: he aquí el principio de la moral», escribía Pascal y nos refiere directamente al pensamiento de Maimónides según el cual la semejanza del hombre con Dios está en su capacidad de raciocinio. Solo la razón distingue al hombre del resto de los seres vivos, y es a través de ella que, según Maimónides, podemos conocer a Dios y por lo tanto al camino moral.[1] Ambos pensadores orientan la brújula hacia la misma certeza: la moralidad no nace de la repetición automática ni de la mera adhesión a una idea, sino del esfuerzo de pensar, discernir y elegir. 

¿Podría haber moralidad sin pensamiento? 

Desde Milta, reconocemos que hay diferencias, que no todos pensamos lo mismo, y lo hacemos desde una postura de pluralismo en la que las diferencias son legítimas y valiosas cuando se desarrollan siempre dentro de una comunidad o un «nosotros».  Entendemos el pluralismo como la riqueza interna de un colectivo —un nosotros— que busca florecer y convivir. 

Si esto es así, sostener un espacio para voces diversas no es solamente una apuesta por la libertad de expresión o por el pluralismo entendido como consigna, ni un mero ejercicio intelectual. Es, antes que nada, una apuesta por la condición humana misma. En Milta aspiramos a ser un territorio para esas voces; un espacio que reconoce que no todos pensamos igual, pero que entiende que las diferencias no son una amenaza para el nosotros sino la manera en que ese nosotros puede constituirse, vivir y florecer. 

No se trata de continuidad judía, se trata de vida judía con sentido para cada uno de los individuos que integran la comunidad y al mismo tiempo para todos como conjunto.

  1.  Blaise Pascal, Pensamientos (Pensées), frag. Lafuma 200 / Brunschvicg 347. Sobre la relación entre intelecto e imagen divina en Maimónides, véase Guía de los perplejos, I, 1.

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