Ari Dajczman es doctorando en literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalén, especializado en la obra de Macedonio Fernández e investigador de literatura judía latinoamericana contemporánea. Subdirector del MA Internacional en Educación Judía del Centro Melton y profesor en el IB Boyar Internacional. Director de la revista Figuraciones y autor de Efusiones (Letrame, 2020); colabora en proyectos académicos y comunitarios
Cierro los ojos como los cerraba hace unos días en el mar. Entonces el mar era tan envolvente que no conocía lo que era estar mojado. Había una sola dimensión, un solo fluir, un solo lugar por donde moverse y conocer la realidad. Cualquier salpicadura de aire significaba sentir el medio por contraste. En el agua nadie se queja de estar seco por arrastrar una burbuja de aire en el brazo. En el agua lo extraño es estar seco, mientras que estar mojado es lo común y no tiene ningún sentido afirmarlo.
Cierro los ojos. Se oyen estruendos. Fuegos artificiales, pienso. Debe ser Navidad o Año Nuevo. O alguien celebrando una boda, sí. Tiene más sentido por estas zonas. O, por qué no, el festejo por el triunfo de algún campeonato. Pero no hay música, ni vítores, ni gritos. Nadie está festejando, ni alegrándose. Algo falta.
Cierro los ojos. Trato de concentrarme y decodificar lo que se oye. Una tormenta. Solo los truenos, los rayos discutiendo entre sí, chocando y provocando estruendosas explosiones, no los veo; tengo los ojos cerrados. No llueve, eso seguro. No se oye nada de lluvia cayendo. Uso los sentidos que no puedo apagar para encontrar más pistas. La humedad del ambiente, sudando vapores añejos, lo confirma. Es una tormenta; una tormenta eléctrica. No hay lluvia, todavía. Ya vendrá. De momento, solo se oyen los golpes de las descargas eléctricas. Ya vendrá la lluvia y será una buena noticia; los campos beberán sus tan esperadas raciones de vida y se llenarán de fuerza para colmar de verde el todo. Ya vendrá. Por el momento es solo una esperanza, una ilusión, una mentira de futuro posible, que sirve de motivación para seguir. Los truenos resuenan por todo el cuarto húmedo.
Cierro los ojos. Los truenos callan. Se oye el ruido de un motor sobrevolando el techo; como un avión alzándose por la ciudad, surcando nerviosamente las nubes, buscando algo escondido, algo sospechoso, tal vez; escaneando los cielos, quizá. O tratando de encontrar un buen lugar para aterrizar. Eso. Un avión que puede ser un helicóptero, escaneando la ciudad y buscando un buen lugar para aterrizar. Un helicóptero, o el dron de algún entusiasta filmando videos exóticos, o experimentando las nuevas tecnologías, o realizándose luego de una compra insólita. Seguro que no es ni un auto ni nada del mundo automovilístico. Aunque…
Cierro los ojos. Creo escuchar unos buffers exagerando los bajos de alguna canción que no alcanzo a distinguir. ¿Será que sí había un auto en la calle? Debe estar esperando a alguien, o quizá frenó adrede por las ganas de hacer ruido y llamar la atención. Solo se oyen los graves retumbar. Mantienen un ritmo poco secuencial: un ritmo-arrítmico, diría. Parecen más bien golpes aleatorios de graves. Será algún ritmo moderno, demasiado moderno. Y quien conduce el auto quizá irá camino a encontrarse con amigos, amigas, rumbo a alguna fiesta, tal vez con la ilusión de conocer al amor de su vida.
Cierro los ojos. No son los buffers de un coche. Es el golpe en la membrana de cuero de un bombo, resonando en la caja de madera que la sostiene. El bombo de una murga pasante, de una murga triste, melancólica, que solo tiene bombos. Tal vez alguien esté cantando bajito; tal vez alguien esté silbando disimuladamente. ¿Una murga? ¿En estas zonas? No, imposible. Será un grupito musical, una banda casera, sonando en uno de los departamentos vecinos, o una señora banda bien amplificada, tocando en algún estadio no muy lejano, pero de la que solo se escucha el bombo de la batería. Pero es un bombo que no respeta una secuencia formal de ritmos sonantes. Como con los bajos de los buffers, son golpeteos azarosos.
Cierro los ojos. Los estruendos frenan. Los fuegos artificiales dejan de ser fuegos artificiales, los truenos, truenos. Escucho con los ojos cerrados tratando de comprender lo que sucede. Los bajos, los bombos, como los fuegos artificiales, como los truenos, se desvanecen. El ruido del motor deslizándose en el aire brilla por su ausencia. De afuera no se escucha ni medio ruido; gurnisht.
Cierro los ojos. Súbitamente, una sirena toma el lugar protagónico. No es la sirena de una ambulancia, ni de una de las patrullas de la policía, ni de un camión de bomberos. Es una sirena que, acá, dura un minuto y medio. Bastante curiosa es esta sirena; es tan fuerte que parece escucharse dentro de la cabeza y hasta en los mismísimos huesos. Parece que está hecha para activar el cuerpo humano, para hacer que se mueva de donde está, y que se dirija a algún lugar, a otro lugar, a un lugar cubierto. ¿Cubierto de qué?
Cierro los ojos. Voces de preocupación, susurros, preguntas que muestran vulnerabilidad, completa indefensión. Rugidos de temerosos perros, preocupados por sus dueños y por sí mismos. Acá no hay bebés, pero puedo imaginar en otros sitios, furiosos llantos reclamando que los han sacado de las cunas y exigiendo sus horas de sueño. ¿De dónde están tirando? Nadie sabe qué está pasando. Ni siquiera en las noticias, que nunca saben qué está pasando pero necesitan vender una realidad. Necesitan vender y que el negocio no se les acabe. Decir la verdad no paga bien.
Abro los ojos. Miro a mi alrededor. Estamos en un refugio en Tel Aviv. La noche está bien entrada. Es una hora que no existe porque nadie la percibe, porque en un mundo normal todos duermen a esa hora. Estamos sentados. Formamos parte de la ronda que convoca a todos los vecinos de un edificio que no es el nuestro. Hace un mes que estas son las personas que más veo. La mayoría están concentrados en su teléfono celular; buscan novedades, se distraen en las redes sociales, les escriben a sus seres queridos para informar y para chequear cómo están; una nena lee su libro electrónico. En las paredes húmedas todavía resuenan respiraciones nerviosas por la corrida precipitada y por la completa incertidumbre que envuelven. Cada uno de los que están en el refugio tienen mucho de iguales. Las sirenas dejaron de sonar. Afuera se oyen las estruendosas explosiones de los misiles interceptados en el aire o las de los que airosos lograron esquivar las defensas y alcanzar su destino destructivo. Por momentos se oyen explosiones aisladas, como truenos, como fuegos artificiales. Otras explosiones, distintas, parecen respetar cierto ritmo, producto de alguna batería de una banda, o del bombo de una murga triste, o de los buffers de un auto estacionado en la calle. Un ritmo-arrítmico, como el de algún estilo musical moderno. Pero no, no hay auto, ni bombo, ni banda, ni fuegos artificiales, ni tormenta. No hay boda, no hay fiestas. Solo explosiones de misiles siendo interceptados, cayendo en zonas abiertas, golpeando edificios. Destruyendo vidas.
Cierro los ojos. Todavía se oyen las estruendosas explosiones de los misiles. Entre detonación y detonación, sin embargo, se oye otro estallido, de otro tipo, mucho más sutil. De hecho, son varias detonaciones. No son del todo rítmicas tampoco, pero son continuas, más regulares que los misiles, forman un hilo de pequeñas explosiones. Cumplen una lógica distinta de la de los misiles. Creo que nadie más lo oye, solo yo. Escucho, le presto más atención, son pequeños golpes que vienen desde dentro y que van marcando el pulso de lo que siento con cada latido. A pesar del estruendo de los misiles reventando contra la vida, los sutiles golpes que nacen del centro de mi pecho siguen allí, conmigo; continúan acompañándome como lo vienen haciendo desde que tengo memoria. Es un latido que siento, que no imagino. Me conecta con mis recuerdos; con lo mucho que disfruto de mis felicidades, con lo mucho que sufro mis tristezas; con lo intensamente que siento mis nervios e incomodidades. Me conectan con las personas que están sentadas en la ronda. Me conectan con las personas que no tengo cerca, por las que estoy preocupado y por las que están preocupadas por mí. Me conectan con la construcción del pasado y la ilusión de mi futuro. Me conectan con el presente presente, con lo que siento y vivo en este momento.
Abro los ojos. Sonrío tímidamente.
Tel Aviv
25 de marzo de 2026.
