Un gesto antológico sobre NOAJ

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Ari Dajczman

Es doctorado en literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalén, especializado en la obra de Macedonio Fernández e investigador de literatura judía latinoamericana contemporánea. Subdirector del MA Internacional en Educación Judía del Centro Melton y profesor en el IB Boyar Internacional. Director de la revista Figuraciones y autor de Efusiones (Letrame, 2020); colabora en proyectos académicos y comunitarios.

Un gesto antológico sobre NOAJ
Ari Dajczman (Jerusalem, Israel)

En Translation, Rewriting, and the Manipulation of Literary Fame, Lefevere (1992) examina la reescritura como el mecanismo central que determina la circulación, la recepción y la permanencia de la literatura. El autor afirma que la reescritura, en todas sus formas, ocupa una posición dominante en la evolución literaria (2). Esta posición privilegiada se explica porque el lector común accede a los textos mediante mediaciones previas: más que por los escritos de escritores, accede a la literatura a través de reescritos de reescritores (4).

Lefevere ofrece varios ejemplos que muestran el alcance de estas intervenciones. Durante el nazismo, los compiladores de antologías suprimieron la autoría judía de Heine y presentaron “Loreley” como poema “anónimo” (5). Yeats, al trabajar sobre Blake, “inventó literalmente una ascendencia” para integrarlo en una genealogía celta acorde con su programa estético (7). Gutzkow, al intervenir Dantons Tod, justificó sus modificaciones porque “lo que Büchner había arrojado sobre el papel […] no puede imprimirse hoy” (14). Todos estos casos ilustran la tesis general de Lefevere: “las reescrituras se producen al servicio o bajo las restricciones de corrientes ideológicas o poetológicas” (7).

Genette (1989), por otra parte, sitúa la cuestión en el marco de la hipertextualidad, que define como “toda relación que une un texto B […] a un texto anterior A […] en el que se injerta de una manera que no es la del comentario” (14). Esta relación se organiza a través de operaciones que abarcan tanto la transformación directa, como en el paso de La Odisea a Ulysses, como la imitación, que prolonga o recrea un modelo previo (14). Al describir estas prácticas, Genette ofrece una arquitectura conceptual precisa para pensar la reescritura como un sistema de derivaciones textuales reguladas.

Según este autor, la hipertextualidad siempre implica una derivación estructural: un texto B existe a partir de un texto A mediante una operación concreta (13-14); esta relación excluye el comentario, porque glosa y explicación pertenecen a la metatextualidad (14); y las operaciones que conectan A y B poseen formas clasificables, sean transformaciones directas o imitaciones (14-15). Con esto definido, surge la pregunta por el lugar de la edición y la antología dentro del sistema. Para Genette, estas prácticas no generan un hipertexto en sentido pleno: corrigen, fijan o seleccionan, pero no producen un texto nuevo que se “injerta” en otro por transformación o imitación (13-18).

La literatura está llena de reescrituras. Algunos autores, incluso, acusan que todos los libros son en realidad uno y el mismo. Un caso singular de reescritura llevado al paroxismo es el de Pierre Menard  (Borges 2023). En el relato, el personaje borgeano se dispone a la tarea de reescribir el Quijote sin valerse de la memoria ni de alguna copia. Menard, más que reescribirlo deseaba volver a escribir el Quijote, tal cual lo había hecho Cervantes unos siglos antes. El caso es emblemático, y muestra una de las tantas posibilidades de la reescritura.

Dentro de este marco teórico, la antología y la edición aparecen como formas específicas de reescritura, aunque con un radio de acción más limitado. Para Lefevrere, la antología reescribe mediante la selección, construyendo “una imagen sesgada” que puede influir durante generaciones (8). La edición reescribe al fijar un texto, tal como los eruditos renacentistas que buscaban “publicar una edición más o menos fiable” a partir de manuscritos dispersos (2). Ambas prácticas moldean de manera decisiva lo que se lee y cómo se interpreta, aunque lo hacen dentro de márgenes más acotados que otras modalidades de reescritura, como la traducción, la crítica o la manipulación ideológica explícita. Siguiendo la visión de Genette (1989), puesto que la edición interviene en el nivel material y documental del texto, y como la antología actúa por selección y recontextualización, ambas prácticas reorganizarían la circulación y alterarían la recepción, pero no cumplirían la condición decisiva que exige: la creación de un texto derivado que opere como hipertexto.

Hasta aquí un breviario teórico acerca de la reescritura, cuya intención es hacer las veces de prólogo o base teórica de lo que vendrá a continuación. 

A partir del presente número Milta reproducirá textos que han salido a la luz en la recordada revista NOAJ (1987-2011). Voz de una época, NOAJ[1] fue el espacio de diálogo entre intelectuales, escritores y lectores por más de una década. Utilizando la imagen que evoca su nombre, no sería injusto clasificarla de refugio en las tempestades y peligros de las distancias: un arca con semillas de arte y conocimiento; el encargado de llevar consigo lo que habrá de realizar y realizarse. 

La revista NOAJ, expresión escrita de la Asociacción Internacional de Escritores Judíos en Lengua Hispana y Portuguesa, tuvo, desde 1987, un total de diecinueve volúmenes; siendo el último de ellos una edición especial, en 2011. Trató temas como el lenguaje de los escritores judíos, el exilio y la literatura judía, Israel en el imaginario de los escritores ibero-latinoamericanos, memoria judía y escritura, tierras de expulsión y tierras de promisión, los intelectuales y la paz. 

Bajo la dirección de Leonardo Senkman, y subdirección de Florinda Goldberg, NOAJ contó con consejos internacionales de redacción integrados por personas de renombre como Manuela Fingueret, Santiago Kovadloff, Eliahu Toker, Moacyr Scliar, Saúl Sosnowski, Arnoldo Liberman, Mario Goloboff, Joseph Hodara, Esther Seligson, Teresa Porzecanski, Isaac Chocrón, María Gabriela Mizraje, Berta Waldman, Mario Satz, Luisa Futoransky, Angelina Muñiz-Huberman, entre otros, y contaba con el apoyo del Fondo Familia Goler.

Las publicaciones tomaban forma de dossiers, ensayos, narraciones literarias, poesías, testimonios, crónicas, reseñas, homenajes, discusiones, indagaciones, anuncios de premios, apostillas. Publicó escritos de parte de los antemencionados y de personalidades como Margo Glanz, Marcos Aguinis, Emond Jabés, Bernardo Kordon, Abraham B. Ieoshúa, Edna Aizenberg, Myrna Solotorevsky, Ricardo Feierstein, Gustavo Perednik, y un largo etcétera. 

En una época donde la internet era todavía un experimento, NOAJ, con sede de redacción en Jerusalén, cruzaba mares y océanos, y llegaba a América Latina, Estados Unidos, y Europa. Desde Milta estamos convencidos que varias copias aún se conservan en  estanterías de casas, en anaqueles de bibliotecas, como la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Biblioteca Nacional de Israel, y también en otros lugares del mundo, que dan cuenta de su amplia difusión y relevancia.  

Luego de quince años, NOAJ está aún por digitalizarse. El proyecto recién comienza a discutirse y se perfila como prometedor. A fin de cuentas será un valioso aporte al acervo cultural y un recurso pedagógico de enorme provecho.

Al publicar textos de NOAJ estaremos asumiendo el riesgo de estar actuando de manera sesgada. Creamos una imagen parcial, apenas un reflejo de algo que fue mucho más. El sesgo que, no obstante, conscientemente enmarca nuestro accionar, está motivado por una ferviente ideología de transmisión y continuidad. Nuestra aventura será, quizá, menos quijotesca que la de Pierre Menard, pero habremos de confesarlo: hemos resuelto reescribir textos ya publicados con el deseo de que tales sigan influyendo en las presentes generaciones. 

La nuestra será una reescritura antológica. Será una especie de volver a dar a luz textos que, creemos, tienen mucho por seguir iluminando. Intervendremos en los numerosos volúmenes que han sido publicados, saquearemos ciertos textos y los expondremos en algunos de nuestros volúmenes. Nunca intervendremos los textos, nunca nos adjudicaremos la autoría. Confiamos en que de esta manera abrimos nuevos diálogos, generamos nuevas preguntas y facilitamos nuevas oportunidades de placer literario. Pero, al traerlos nuevamente al centro de la escena, también estamos haciendo un acto de justicia. 

La literatura nos encuentra en espacios de intimidad. La literatura judía, en especial, nos reencuentra en espacios de intimidades compartidas. Es gracias a los textos que resuenan en nuestras identidades que surgen preguntas acerca de si lo que leemos es un símbolo de la realidad o, por el contrario, es una manera de plegar hacia la realidad otros o nuevos símbolos. La cuestión del ser, de quiénes somos, está en estrecho vínculo con la capacidad de verse reflejado en el otro y la literatura tiene un lugar central en este gesto. 

Leer es viajar, conocer, conectar, sentir, recordar, imaginar, aprender, cuestionar, repensarse, vivir en simultáneo en varios mundos posibles. Esperamos que los lectores y las lectoras encuentren disfrute en estos textos. Tal vez, solo tal vez, eso nos justifique. 

Ari Dajczman
Diciembre 2025

  1.  En un comienzo “Noaḥ”.

Referencias

Borges, Jorge Luis. 2023. Pierre Menard, autor del Quijote. Vol. 1, de Obras completas, de Jorge Luis Borges, 737-744. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Sudamericana.

Genette, Gérard. 1989. Palimpestos. La literatura en segundo grado. Madrid: Taurus.

Lefevere, André. 1992. Translation, Rewriting, and The Manipulation of Literary Fame. London: Routledge.

Un especial agradecimiento a Leo Senkman por permitirnos la publicación de los textos de NOAJ en Milta. Lejaim por esto, y deseamos que sea el comienzo de más proyectos exitosos juntos. 

Seligson, Esther. 1988. “Sueño de un recuerdo”. NOAJ 1, no. 2: 12–14

Sueño de un recuerdo
Esther Seligson*

“… pues no hay hombre que no tenga su hora ni hay cosa que no encuentre su sitio.” Pirké Avot

a Leonel

El recuerdo había caído en el olvido. Escapó del laberinto que lo aprisionaba, cansado de su ir y venir hacia adelante y hacia atrás en el pensamiento de que ya no recordaba más quién, cansado de repetirse en los estrechos corredores a merced de la voluntad de la memoria que no le dejaba un punto de reposo, rehilete, caleidoscopio, espejo de mil caras, hasta que, un buen día, y sin saber muy bien cómo, cedió un muro y se halló con el horizonte pleno, libre, alado, velero en aguas de inmensidad azul, gaviota saturada de aire, mariposa entre las flores, horro de luz multicolor incidiendo en los ángulos de todos los prismas. El principio que una embriaguez, vapor de perfumes, oscilación de soles, espirales de sonidos y de ecos repercutiéndose al infinito. Era la sensación de estar ocupando el espacio entero, de estar transcurriendo sin variación ni mengua, de fluir creciendo.

De pronto, un diminuto escollo en la continuidad, un pequeñísimo bache en la línea recta. Después, un pico de montaña en el confín de una cumbre y otra más, veletas distorsionando el rumbo, confundiéndolo –¿hacia dónde? ¿hacia dónde y qué sendero tomar?–, celaje tras celaje en el azul, jaspe sobre las aguas, pantallas sobre la luz: rojo, violeta, negro. Silencio. Nada… ¿De dónde provengo? ¿de dónde?… El recuerdo había perdido la memoria. Entonces empezó su verdadera historia, la búsqueda de su trayecto a través de los Tiempos hacia la oscuridad de las edades, para encontrarse con la imagen de sí mismo, con el pensamiento que lo albergó, con la existencia que le perteneció, con la vida que le diera vida. Empezó su recorrido por los recovecos de la remembranza. Corretear, girar, remolinear, errar y dar tumbos, piedra que se pule hasta transformarse en canto rodado a fuerza de ser llevada por las corrientes en un viaje sin riveras, adentro, más adentro, remontando cuestas, retumbando en simas, recuperando la forma originaria, acercándose al umbral de los umbrales, condensándose, gota que se destila lenta, lenta, y cae, cae por fin.

En los comienzos recordaba haber sido una Voz. Una Voz cuya presencia se extendía como un llamado, ardiendo sin consumirse, entre los pastores de las llanuras y collados, entre las caravanas cruzando los desiertos, una bendición para los campos, una alabanza en las ciudades que empezaban a construirse. Voz que se mudó en grito, son de trompeta, choque de hierros, carne que cede entre rojos borbotones de tibieza –se le nubla en la garganta el Tiempo–, paloma en busca de una hoja de olivo que tomar en el pico, peregrino al encuentro de un Templo donde le aguardan ruinas desoladas, oquedades, osarios tendiéndole un rostro, una mirada, voz de Casandra invocando el desastre, palabra en labios que se niegan a hablar. Palabra antigua y cercana que expresó una mañana cantos de boda –“al salir de tu casa para la iglesia, acuérdate que sales como una estrella”–, corona de mirtos, címbalos y adufes. Bajo el palio recuerda haber sido el más hermoso tocado de novia, un borbotón de alegría que se le pierde y oscurece mezclado a cantos que fueron endechas. Se le hiela en el pecho un susurro de muerte, estertor que se acompaña de una danza macabra, larga fila que encabezó siendo un Rabí (¿en cuál de las hogueras quedó su sabiduría calcinada? Le sube a la boca una frase y le quema la lengua: ¿santo? ¿apóstata?), larga herencia depositada en un Libro, en una espalda encorvada sobre unas letras, en la letanía desgranada por un niño, niño de flacas piernas sucias y juegos y rondas y asombrados mirares hacia un mundo de asombro, de tantas preguntas. Y recuerda en efecto haber sido una pregunta, un cúmulo de imágenes indagando (–Si no descompones el Cuerpo, y si no corporizas lo incorpóreo, el resultado esperado será nulo… Sondear los misterios de la naturaleza con el ímpetu del espíritu, como penetrar amorosamente en el seno de la mujer…) de lo visible a lo invisible, naufragando en un mar de enigmas, de fuegos y emanaciones, descifrando signos y fórmulas en espera, nostalgia del instante que no transcurre, de la duración no rota por espacio alguno, momento robado a la fugacidad, antaño, gota de alambique, perfecta, pura, mirada del amante en los ojos de la amada, fusión, recobrar ese abrazo, rescatar esa respuesta, estallar y reintegrarse ¿Cómo?, ¿dónde? ¿qué camino seguir? Vagabundo andador de ferias y carpas, juglar o rábula, consolador y profeta de desgracias ajenas, ¿quién te dirá la buenaventura? ¿quién te señalará la vía correcta y te devolverá a la memoria, reconocido, reconciliado? Vaho de amanecer, una canción de cuna se mece en algún escondrijo del vasto mundo que se despierta y le aguarda limpio de guerras, pues recuerda haber sido una pausa de paz, una espiga preñada, una hogaza caliente, un emplomado de luces, majestuosa leyenda enclavada en sólidos arcos, una historia que se narró de siglo en siglo, relato de hombres y de ángeles, de rebeliones y castigos, ciudades que las aguas engulleron, cataclismos guardados en la memoria de los días para memoria futura, olvido de estudiante que dormita sobre sus cuadernos a la luz de una vela y cabecea queriendo capturar un recuerdo, fijarlo, retenerlo, y embarcarse en él, nave de reminiscencias azotada por vientos de huracán y pesadilla, relámpagos que en su repentina luz dibujan una certeza, la playa que se vislumbra, el sueño de una tierra prometida, el hogar que acoge del exilio al caminante: un erial (¿y aquel sitio donde manaban la leche y la miel?), unas piedras seculares, unas palmas milenarias, un azadón y un arado. Una esperanza que el retorno no saciará, ¿por qué? ¿por qué se quiebra en pedazos la espera y no coinciden deseo y alcance? Añoranza sin fin: eso siente haber sido el recuerdo, una elegía de melancólicos acentos, textura de un rezo cuya espiral cimbra las puertas del cielo, de un puño que se levanta y amenaza con abandonarlo todo sabiendo a conciencia que está prisionero. Aspiración de infinito, aleteo de mariposa alrededor de la flama, murmullo de bosques que han echado raíces en lo continuo, flores nocturnas que danzan provocando lluvias, hombres sedientos de absoluto grabando en la roca su hambre y su sed. Un trazo, un trazo único cruzando el espacio, eso cree haber sido el recuerdo, un suspiro que escapa, ¿de gozo? ¿de pena? (“¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada”!), un fuego que arde entre carbones extintos, olor de almizcle subiendo como burbujas de cristal sonoro hasta el borde mismo de los Tiempos, ¿quién te llamará por tu nombre? ¿quién te despertará de tu sueño de olvido y te reintegrará a la memoria?

–Vé hacia el niño, hacia el más silencioso, hacia aquel que pensativo vive remedando en su jugar el primer acto creador, repetición de repeticiones, soplo, imagen de imágenes, espejo, y cíñete a su voluntad, rehilete, prisma de mil caras en la superficie del sueño, del sueño de un soñador despierto…

*Esther Seligson (1941–2010) fue una destacada escritora, poeta, ensayista y traductora mexicana, considerada una de las voces más singulares y místicas de la literatura de su país. Su obra se caracteriza por una profunda búsqueda espiritual y un estilo que ella misma definía como «escritura en espiral», donde convergen la filosofía, la mitología y la memoria.

Obras destacadas:

  • Otros son los sueños (1973), novela con la que obtuvo el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia.
  • La morada en el tiempo (1981).
  • Sed de mar (1987).
  • Simiente (2004).

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