Gastón Brian Gliksztein (Buenos Aires, Argentina)
Sobre el autor
Gastón Brian Gliksztein es actor, cantante, director, dramaturgo, productor y especialista en historia del teatro musical. Ha trabajado con los máximos exponentes del musical argentino. En 2005 estrenó su primer musical de corte bíblico “El Hijo Pródigo” (Opera-Rock). En 2009 escribió la comedia musical “Ieladim Sakranim” (Chicos Curiosos), un musical infantil con fines didácticos para el aprendizaje del idioma hebreo. Se desempeñó como director de la página “Sonidos de Broadway” en Facebook, una fan page sobre musicales en toda Latinoamérica. Condujo el programa “Sonidos de Broadway” por Radio Tu, la radio de Aptra. Creativo, director y autor de espectáculos originales de AMIA Cultura, destacándose el ciclo de historias del Tanaj para niños y la puesta en escena de “Prinsengracht 263 – La casa de atrás” sobre la vida de Ana Frank llevada al circuito comercial de Calle Corrientes. Da clases y cursos relacionados con la historia del teatro judío en instituciones y escuelas nacionales e internacionales. Actualmente tiene en cartel “El Golem de Praga” (Ópera ✡ Klezmer)
Las historias de los nuestros siempre han sido una fuente de interés infinito para mi curiosidad de dramaturgo. Las historias de nuestra comunidad, el cosmos cultural del pueblo judío y el legado transmitido que habita en nuestra sangre ha despertado en mí el deseo y el deber de narrar y poner en el escenario las tradiciones, costumbres, alegrías y tragedias de quienes fuimos, somos y seremos.
El dramaturgo no se limita a contar historias, sino que busca comprender los motivos, las emociones y las experiencias que subyacen en ellas. Al abordar temas universales presentes en las historias personales, se puede establecer una conexión más profunda con el público, ya que todos nos identificamos con las experiencias de los demás. Es por eso que siento la necesidad de traerlos de regreso, escarbar en las arenas de la historia desde los tiempos bíblicos, pasando por las distintas eras de un pueblo tan amado y tan odiado, resiliente y brillante como las estrellas que acompañan nuestro destino.
Buenos Aires actualmente tiene a uno de los nuestros, enarbolando con orgullo y fuerza colosal el espíritu hebraico, un Golem que canta Klezmer, entre las marquesinas de la Calle Corrientes, como símbolo y memoria del regreso del teatro judío universal, como alegato contra el antisemitismo en tiempos turbulentos como los que acontecen.
Recrear un espectáculo con estas características que habla de nuestro sufrir y renacimiento, de nuestra fe con elementos de la poesía idish y la música klezmer ―donde en cada representación se practica el shabat, donde cada noche hay un trágico pogrom, donde en cada función los novios se casan bajo la jupá y todo se envuelve bajo una remembranza de los sabores y aromas de nuestra cocina étnica―, es una ceremonia mística donde lo litúrgico y lo teatral se conjugan más allá del linaje heredado.
Lo más interesante es que muchos al principio vaticinaban que el espectáculo solo interesaría a la gente de la colectividad. Sin embargo, esta historia no solo conmueve a las audiencias de nuestro credo, sino que también ha dejado una huella importante en un público ajeno a nuestro relato; y eso es maravilloso.
En el folclore medieval y la mitología judía del reino de Bohemia, hoy República Checa, nace la historia que contamos bajo el formato de Ópera-Klezmer.
El «Bereishit» (Génesis) de este musical llevó más de tres años de composición ―con pandemia incluida―, donde junto a Matías Linetzky «moldeamos» nuestro espectáculo bajo inspiración divina. No fue desde el barro, sino a través de melodías y líricas.
Continuando en el universo de la dramaturgia judía, había abordado anteriormente ―de la mano de Ana Frank― el mundo de los judíos europeos y la tragedia de la Shoá, lo que me llevó a cuestionarme el origen del antisemitismo en el mundo.
Fue así que logramos entender el origen del odio y la raíz del mal que data desde tiempos medievales ―tras la expulsión de los sefaradíes en España con los libelos de sangre por quienes acusaban a los judíos de realizar rituales sacrificando a niños cristianos en la festividad de Pésaj (La Pascua judía), culpándolos de la muerte de Cristo―. Así atestiguamos el primer pogromo de la historia medieval.
En tiempos donde hoy el mundo vuelve a sufrir brotes de odio y xenofobia, donde la expresión de libelos de sangre se adapta a lo que hoy son las “fake news”, nos parecía interesante y necesario contar esta historia; teniendo en cuenta que Praga durante la segunda guerra mundial ardió y sangró fe, y que la comunidad judía fue prácticamente arrasada por el nazismo.
Sin embargo, Josefov ―el “shtetl”, es decir el pequeño barrio comunitario― se mantiene intacto a pesar de todo lo acontecido. La cultura judía de aquellos habitantes ha quedado inmortalizada en la moderna Praga por la historia del Golem ―hoy convertido en una superestrella del merchandising―, donde está erigida una estatua de su rabino creador. Se atestigua el relato al pasar por el cementerio, al caminar por la ciudad y observar la Sinagoga Vieja-Nueva de los primeros edificios góticos.
El mito del precursor de «Frankenstein» atrae a millones de turistas de todo el mundo a Praga, donde la autora Mary Shelley sin duda se inspiró en esta leyenda para construir a su famosa criatura.
Algunos aseguran que el protector judío aún vive en el altillo oculto de la sinagoga, y que cada tanto despierta de su letargo.
Esta historia, mezcla de epopeya y de tragedia real, va mucho más allá de su leyenda fantasiosa. Era perfecta para construir una obra de teatro musical. Género del cual me declaro absolutamente apasionado y que está sumamente ligado a las raíces de los compositores judíos con la historia de Broadway.
Los monstruos de la literatura universal siempre son atrayentes; y las historias sobre comunidades y minorías, sobre pueblos que sufren y renacen de sus cenizas, sobre tradiciones y legados también lo son.
Así fue como empezamos a trabajar a nuestro Golem, con arcilla de letras y barro de melodías.
Proveniente de la palabra Guélem ―גלם― que en hebreo significa “materia’ o “Crudo”, en el Talmud se lo describe como un embrión, una forma incompleta. Como Adán, el Golem habría sido creado por el rabino Loew a partir del barro, insuflándole después una chispa divina que le habría dado la vida.
Nacido en Polonia en 1520 y conocido como el «Maharal de Praga» ―abreviatura de Moreinu HaRav Loeb―, el rabino Loew fue un destacado talmudista, místico judío, filósofo, astrónomo y un profundo conocedor de la Kabalá.
Por supuesto la letra tenía que llevarnos a utilizar el lenguaje de la cultura askenazi, “el Idish”; y la música tenía que remitirnos a la música litúrgica que oímos en las plegarias de nuestros rituales y a la música étnica de los judíos de Europa, el Klezmer. Idish y Klezmer, combinados y mezclados con las fórmulas artísticas del musical actual.
Y si hablamos de herederos, mi coequiper en esta aventura es fruto de un árbol que dio semillas en esto que conocemos como la transmisión de las costumbres y ritos del pueblo judío.
Escribe Matías Linetzky: “En sus últimos años de vida, mi abuelo José Linetzky empezó a transmitirnos a sus nietos melodías que recordaba de su pueblito natal llamado Beltz. Esas melodías constituyeron en mi familia una guía y una profunda inspiración. Componer un musical fue un sueño que siempre tuve, basada en mi profunda admiración por Andrew Lloyd Webber y Verdi, para mí los máximos exponentes en el género del musical y la Ópera. En esta obra logro juntar estos dos faros de mi vida. El amor por la identidad judía y el amor por el teatro musical. Utilizando como base algunas ideas melódicas de mi hermano Bruno realicé la música de este espectáculo sin otro afán que el de homenajear la memoria de mi abuelo, exponer el trabajo y la tesis musical que elaboramos año a año con mis hermanos y también darme el gran gusto de hacer lo que alguna vez hicieron Andrew y Giuseppe”.
Para ambos, llegar a calle Corrientes ―al circuito comercial―, significa un gran retorno del teatro universal judío a las marquesinas de la calle que nunca duerme, hoy con la figura del Golem que protege a Buenos Aires.
El Golem se termina de completar con los artistas, actores, cantantes, bailarines, músicos, el equipo creativo y técnico y la gente del teatro que hizo posible que llegáramos hasta acá.
Desde nuestra primera presentación que comenzó como un workshop, actualmente estrenado en importantes teatros de Buenos Aires: como el Apolo, el Teatro de Devoto y el Auditorio de Belgrano. Esperamos que sigan acompañando a este show para que tenga una hermosa vida teatral y un recorrido internacional.
Debo confesar que tengo la absoluta convicción de que el Golem existe y que siempre protege a nuestro pueblo.
El Gólem es nuestro “monstruo judío” con una voz profunda, porque uno a los monstruos se los imagina así. Uno habla de monstruos, pero en realidad es el héroe y protector de uno de los capítulos más tristes de nuestra historia.
Nos siguen persiguiendo y culpando, nos siguen acusando y señalando.
Tras los eventos ocurridos luego del 7 de octubre en Israel, nuestra historia en el escenario vuelve a cobrar una actualidad rutilante y aterradora. Duele y desgarra aún más. Pero también una expresión artística como esta, en un escenario teatral en Argentina ―que alza su voz cantada―, es una manifestación de la persecución de la justicia y memoria que la Torá nos ordena exigir. Nos une y nos hace más fuertes como comunidad.
De eso se trata también el arte de lo que hacemos; dejamos un legado, el mismo que nos ha sido compartido de padres a hijos, de generación en generación.
El Golem de Praga (Ópera✡Klezmer) con 20 artistas en escena también se puede escuchar en Spotify y ver online en la plataforma Teatrix.
