De nuestros lectores

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foto Raquel Markus

José Millet (Holguín, 1949).
Escritor y etnólogo; estudió en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y es fundador de la Casa del Caribe. Autor de más de veinte títulos de libros.

Judíos en Cuba
José Millet (La Habana, Cuba)

En ocasiones, una palabra que nunca apareció en los salones de clases de la educación primaria ni tampoco en la educación básica puede arrojar luz acerca de aquello que se elude oficialmente o que no se quiere traer al plano del conocimiento público, en particular de las jóvenes generaciones de conciudadanos.

Al cabo de tantos años de estas experiencias de ocultamiento y evasión del saber escolar sencillo, puede resultar como una especie de brotar de capullos de nichos largamente encapsulados y que, por cierta paradoja, me habían rodeado en la ciudad venezolana y mariana de Coro, donde viví muchos años y cerca de cuyo casco histórico está enclavado el cementerio judío más antiguo de Latinoamérica. Esa ciudad y su Puerto Real de La Vela de Coro fueron inscritos en 1992 en el registro de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, y tal vez algunos no hayan podido calcular el significado de ambos asentamientos como puntos cruciales de destino de la población judía expulsada de España en 1492 por los Reyes Católicos y que, procedente del Reino Unido de los Países Bajos (Holanda), se estableció en sus colonias, especialmente en Curazao, adonde arriban diariamente embarcaciones cargadas de frutas procedentes del Puerto Real de La Vela de Coro.

Resultó fascinante, casi propio del realismo mágico, cuando avancé en el estudio y la investigación que me permitieron escribir el guion para el microdocumental que produjimos con la cooperativa Visión Manaure —legalizada en Willemstad como una pequeña empresa productora audiovisual—, y con cuyos medios técnicos grabamos las secuencias en escenarios auténticos y las entrevistas a importantes líderes judíos de las comunidades de Coro y de Curazao. Para entonces yo creía hacerlo bajo el dictado de mi cualidad de escritor y de etnólogo, poseedor de experiencias similares con comunidades étnicas, como las procedentes de Haití e instaladas en la Sierra Maestra. Pero nada se mueve fuera de la voluntad de quien nos creó y guía y, en efecto, detrás de mí estaba la mano del Sumo Creador, que me ha conducido a un autorreconocimiento más profundo. Lo comprobé al hacer un repaso de todo aquel proceso.

Poco después de haberme vinculado a la comunidad de hebreos en mi barrio natal, Pueblo Nuevo, de la ciudad de Holguín —ubicado exactamente frente al solar que fue propiedad de mi abuelo francés, quien falleció en la casa que ocupaba con mi abuela Caridad Pérez—, comenté a mis hermanos que yo había vivido en el antiguo gueto judío de Varsovia, justamente en la calle Samenhoffa, creador del lenguaje esperanto, y que había conversado con miembros de algunas familias que sobrevivieron al Holocausto.

Ellos no salían del asombro, y les expliqué que en varias ocasiones había sido invitado por el profesor Dr. Andrés Dembicz, directivo de la Facultad de Geografía y Estudios Regionales de la Universidad de Varsovia, a participar allí en eventos internacionales y luego a dictar conferencias de cultura caribeña con estudiantes universitarios interesados en la temática. Me alojaron en el casco histórico de la ciudad y esa ubicación privilegiada me permitió valerme de los recursos más inimaginables para caminar por diversos sitios sin la asistencia de ningún medio auxiliar y menos de intérprete, porque el alma mater me exigía esa práctica inicial libertaria como parte de sus normas y métodos académicos.

Corremos alto riesgo de ser cofres “radioactivos” cuando se depositan en la niñez y la adolescencia sentimientos de alta carga negativa. He escrito el presente texto motivado por la necesidad de ofrecer el testimonio de una vida transcurrida antes de 1959 en una sociedad capitalista y, luego, en otra sociedad donde fue intervenida la propiedad privada y estatalizado casi todo (“menos el cepillo de dientes y la esposa”, comentó uno de sus iniciales dirigentes), impuesto de la noche a la mañana después de esa fecha transformada en comunista.

Fuimos criados y crecimos rodeados de estereotipos sociales negativos con respecto al judío, como observaremos a continuación, asociado con “lo negro” y la maldad. Recuerdo que, siendo yo un niño, las marchas públicas católicas llamadas procesiones, realizadas con ocasión de la Semana Santa por las calles de mi ciudad natal, evocaban el vía crucis y entre sus figurantes se destacaban encapuchados vestidos completamente de negro, que representaban a quienes habían votado por la muerte mediante crucifixión de nuestro señor Jesucristo. Esta representación del judío como equivalente a la maldad y a la traición me acompañaría desde entonces y hasta el presente, en que he podido comprobar cuánto de manipulación histórica y cultural existe en estas aparentemente ingenuas representaciones escolares.


© José Millet, 19.XI.2025

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